La Divina Comedia

EL INFIERNO es más que el tren y el metro atestados; más que la pornografía de cómic y las calles saturadas de anuncios de burdeles; más que las lujuriosas minifaldas de las chicas que no miran a nadie cara a cara, haciéndose las inocentes avecillas, aunque vayan vestidas como para incendiar el barrio entero; más que las escolares de calcetas blancas que se venden en cuerpo y alma a ansiosos proxenetas dados de baja, por medio de estudiados clubes de "comunicación". Esa es la clave: la comunicación. Las novatas comienzan con uno de esos pocket bells (buscapersonas). Luego vienen el teléfono celular y el coche de ventanillas cenizas, que no sólo comunica sino que transporta. Se nota que en el infierno sobran líneas telefónicas y vidrios ahumados, don Dante. Quizá Lucifer sea accionista de la NTT.

El asunto es que todo lo anterior no es el infierno. Ni siquiera el purgatorio. La Divina Comedia son esos programas de la tele bien publicitados cuyos directores saben que para subir la sintonía tienen que insertarles, cada cinco minutos, o antes de irse a comerciales, un plano fascinador de una chica en cueros, proyecto de modelo o presentadora de programas que se inició como actriz de vídeos porno, poniendo cara de chica kawai (bonita). Así productores, directores y otros monstruos de la industria cultural nipona, se aseguran de dejar lo mejor, lo más granado para futuras oportunidades.

En Osaka, el broche de oro es un programa seguido religiosamente. Su presentador viste como el Sumo Pontífice. Incluso lleva una tiara papal. A su lado, dos sacerdotes ofician como asistentes. Uno de ellos es medio franciscano: lleva coronilla. Como telón de fondo, rodeado de místicas vidrieras, un cuadro medieval de María, amamantando un niño que no es otro que la figura del presentador. Las invitadas siempre son mozas que nunca han quebrado un huevo aunque de nuevo visten faldas y petos incendiarios. Son interrogadas en temas pudibundos por el Papa y los sacerdotes y finalmente condenadas a jugar al chankempon, el popular juego de las tijeras, el papel y la piedra, usado para dirimir. Si pierden, el Papa y sus secuaces pintan sus rostros como el de los payasos. Si ganan, pueden coger un puñado de monedas de una alcancía que reposa sobre un piso de espejos, donde los camarógrafos capturan los reflejos más libidinosos.

Comunicación y comunión. Los medios de comunicación de masas japoneses en general, y la televisión, en particular, usan y abusan de sus posibilidades, degradando todo tema. Así lo culto encuentra su gueto en el canal educacional de la NHK, visto por nadie. Programas de exquisita factura, como Apreciación del teatro de marionetas japonesas o su homólogo pero destinado al estudio del teatro Noh, van a las cuatro de la tarde, cuando medio Japón está en la oficina. Y cuando el resto de las estaciones productoras de vulgaridades deciden tratar un tema interesante, prefieren mostrar el documental segmentado con incrustaciones de jocosas preguntas de concurso a "personalidades" de la tele que todas juntas, no llegan al cociente intelectual del simio de quien se ríen. Cuidado, que la televisión tiene licencia para ridiculizar. ¡Viva la Divina Comedia! Si Dante despertase.

Osaka, 1996