Crímenes de cuello y corbata

MIENTRAS AÚN haya para el tazón diario de arroz, este país no va a cambiar. Quizá a nadie le interese que cambie, aparte de los americanos de la Kodak que vociferan contra los de la Fuji, los padres de los suicidados de siempre en las escuelas y los desempleados que comienzan a sumarse a un espectro amargo de la población que siempre ha aceptado que todo está mal desde un principio.

Tendrá que reventar la olla a presión de aluminio radioctivo de Monju, porque no basta que la empresa operadora de la cafetera haya tijereteado los vídeos que servían de evidencia o haya informado, ocho horas después de lo previsto, el malfuncionamiento del sistema refrigerante del horno microondas, para que la turbamulta salga a las calles, como en el extranjero. Deberá ser violada otra menor para que alcaldes y gobernadores representen al pueblo como lo hace el de Okinawa. Tendrá cada ciudadano que contribuir ya no con un 10% de I.V.A., sino con un 50%, al fondo que representantes de los ciudadanos, como el siempre gentil y fronterizo Ozawa (del Partido Nueva Frontera), desean crear para que más tarde, políticos expertos paguen las deudas hipotecarias de los morosos, de cuyo total de selectos miembros, un 20% está afiliado a la yakuza (mafia japonesa).

Habrá que seguir bajando el moño mientras que los estudiantes universitarios aprenden a deletrear libros de cuentos de hadas en sus tesinas de graduación y a asumir menos responsabilidad; hacer genuflexiones al tiempo que Yokoyama, el ex abogado de Asahara, viola el secreto de sumario y se excusa, profesionalmente, diciendo que servía como portavoz a su cliente al dar informacio'n confidencial a una revista de segunda línea, convirtiéndose en uno de los primeros abogados japoneses que entra en el negocio de agente de espectáculos.

Lo peor: habrá que continuar con las rótulas pegadas al suelo mientras cada bebé que es dado a luz en este país, nazca con una deuda de dos millones de yenes y el gobierno responda a las crisis emitiendo bonos del tesoro o aprobando presupuestos de juegos de salón como Monopolio o Estrategia.

Por mucho tiempo los medios de comunicación japoneses trataron de convencernos vehementemente, a través de reportajes sobre la violencia de ciudades como São Paulo, Los Angeles o Nueva York, de que los crímenes que ocurrían en Japón eran importados. Hicieron la vista gorda a aquellos vernáculos menos espectaculares que cometen los políticos, los mafiosos que alimentaban la imaginería cinematográfica y los enchufados de siempre a las líneas de poder de la Burocracia, que venden la soberanía de esta nación a los ancianos de la tribu o a sus herederos, como los que amasan fortunas mientras le hacen la verónica a Impuestos Internos, o el pase de pecho, declarando la mitad de su patrimonio, para no tributar tanto.

Los mismos medios, cuyos asalariados (no pueden ser llamados periodistas) exhibían hermosas credenciales en las conferencias de prensa de sus aliados, comienzan a descubrir, gracias a la Verdad Suprema, que ya no es posible tapar la olla de los chanchullos, sobornos y enjuagues. A fines de año, es entristecedor presentarlo como balance, se percibe que estos crímenes menos violentos, pero no por ello faltos de morbo, forman parte de la base de la sociedad japonesa. El crimen de cuello y corbata sí que paga en Japón, y pagará, mientras haya para el tazón.

Osaka, 1996