Caballos metálicos

MIS VECINOS se han vuelto locos: llegan con sus caballos hasta el séptimo piso y los dejan atados al abrevadero que han hecho poner enfrente de la puerta del apartamento, para que beban ya no el agua sino el viento del sur que proviene de la ciudad de Sakai y el alba helada no les escarche el cromado del cuadro. Por la mañana arrean a los caballos (con la banda sonora del comercial de cigarrillos Marlboro), los meten en el ascensor y los bajan al primer piso para cabalgar al metro, ir a correos o al Mac Donald de la esquina. A menudo escupen y, con mayor frecuencia, tosen. Algunos, más enamorados de la vida, incluso cantan enka (la tradicional canción japonesa; equivalente a la copla española) mientras mueven los estribos.

Nunca los llevan a la cuadra para aparcarlos. Tampoco he sabido que lleguen a usar las caballerizas oficiales; dentro de la galería del barrio les sacan el trote a los jamelgos atropellando a medio mundo sin tocar la campanilla o el corno de caza, se apean y los atan al poste o al grifo de bomberos para entrar en la cafetería o hacer sus diligencias. Estos caballos no usan herraduras sino neumáticos aro catorce. Sus jinetes son gente ruda y de pocas palabras. Suelen beber unas copitas en la cantina y jugar al póquer chino en los salones del pachinko (juego de pinball, parecido a las tragaperras), con los caballos listos para huir, en caso de que pierdan la camisa o la mujer: un hombre con agallas podrá perder ambas, nunca su rocín.

El alguacil del pueblo, siempre de mala leche, revisa las marcas de los pintos y arresta a los cuatreros. Cuando anda de buena o medio alguacilado, encamina a los otros pintos, los borrachos de costumbre, a sus ranchos, donde insomnes mujeres les esperan, uslero en mano. Sabe que el mejor alero es la calle y no el hogar. Es su oficio y para eso le paga el ayuntamiento. Es rápido con el revólver pero nunca le he visto ni oído disparar un tiro. Tiene un purasangre azabache que es la envidia de las funerarias.

Los que se escapan de la alguacilesca vigilancia son las señoras y los niños. Ellas montan percherones y a mata caballo hacen la compra. Los infantes van a pelo en el lomo o las ancas. En todo caso, los robos de caballos estarán a la orden del día, me digo, porque damas y caballeros nunca se separan más de medio metro de su bestia y algunos llegan con ellos hasta el servicio. Hoy día ya no llevan cascabeles, como los del pasodoble: el arreo son unas cadenas con candados de combinación que evitan su hurto. Los tiempos, qué duda cabe, han cambiado.

Osaka, 1996