El metro cuadrado

TODA CRÓNICA del Japón urbano, que se precie de serlo, debe pasar por el metro y en menor medida el tren. El metro en el Archipiélago es el eje de la vida de la gran ciudad. Un testigo que lo aborde todo un día podrá hacerse una imagen perfecta de esta sociedad nipona, inmersa en los avatares de la posmodernidad.

1o. El metro es biblioteca ambulante a toda hora. Los lectores llegan temprano para comenzar, continuar y terminar la lectura vehemente de tiras cómicas; libros de cómo hacer citas y llevarse a las mozas (o mozos) al huerto; conseguir amantes; entremeterse en la Internet; clásicos, pero no muchos; revistas de chismes, libros de texto de inglés; catálogos para hacer la telecompra; y periódicos de tirada nacional y deportivos. Los últimos contienen lo más reciente de las Porno Olimpiadas.

2o. Centro de comunicaciones e informática. Los modernos samuráis ostentan todo tipo de aparatitos: teléfonos celulares, buscapersonas, diarios o agendas electrónicos y computadoras tamaño cuaderno notebook. Está claro que el concepto japonés de espacio público es más público que el nuestro; y en igual proporción el privado.

3o. Centro geriátrico. Las viejecitas son aventadas a codazo limpio por los pasillos hasta dar con los ocupados asientos plateados o azules de la tercera edad y minusválidos. Los oficinistas, sentados con las piernas abiertas, ora en actitud contemplativa, ora en profunda meditación, miran cabreados a las suplicantes ancianas.

4o. Coche cama. Incluso hoy, muchos japoneses creen que en ispanoamérica y España la gente se echa la siesta y se ríen de la pereza latina. Parece que no se han visto en el metro (en realidad, todos aparentan no mirarse). Los asientos multiuso también sirven de cama para aquellos que han trasnochado viendo los divertidos programas de concurso de la tele o tienen que bajar el almuerzo.

5o. Sala de fiestas. Sobre las nueve de la noche, el regreso masivo de los oficinistas a sus hogares estremece los vagones y todo se viste de fiesta. Con un par de copas en el cuerpo, los japoneses se parece más a los participantes del Carnaval de Río que a los demacrados personajes que las telenovelas intentan pintar. Son amables; los varones tratan de quedar bien con la secretaria más guapa del corro; piropean, cuidan de la gente alrededor y se resignan a viajar de pie para cederle el asiento a la anciana del artículo tercero.

6o. Sala de conciertos. Lo último del mercado musical se puede escuchar en el vagón gracias a los equipitos de sonido portátiles que reproducen rock japonés, inglés y norteamericano. La música de relajación que produce trances que ayudan a la inducción del sueño, también es un récord de ventas en las cartas de los más vendidos del metro.

7o. Centro de sublimación o persecución del deseo. No abundaremos en la descripción de los acosadores sexuales y otras prácticas afines.

Por último, el metro es un lugar de reflexión donde, muchas veces, tomamos importantes decisiones. El metro es la vida misma, tan variable como sus usuarios. ¿Ya ha comprado su walkman?

Osaka, 1996