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La inquisición japonesaEL ARTE del interrogatorio tiene tanta o más tradición en Japón que artes marciales como la esgrima japonesa, el judo, el karate y otras. El arte del interrogatorio es tan agresivo como las marciales, sólo que la refinada y calculada forma de hablar y gesticular del japonés pule las asperezas de preguntas-bombas que explosionan en los oídos del extranjero no avisado. La falta de espontaneidad japonesa les lleva a conocer al extranjero a base de preguntas preformuladas como estas: ¿A qué vino usted a Japón?, ¿cuánto tiempo piensa quedarse?, etc. Todas estas preguntas inocentillas tienen una carga ideológica en su base, distinta de la que nosotros tenemos. Podemos inferir de la pregunta "¿por qué vino usted a Japón?" que el interrogador ha estado antes que usted en este país y que venir ya es una situación un tanto anormal, pues habría que tener una razón o motivación especial para estar aquí. "¿Cuánto tiempo piensa quedarse?" es superior en peso a la primera porque la ideología subyacente (o lo que en filosofía podríamos decir es el supuesto del cual nace la pregunta) nos enseña que el interrogador piensa que no es tan común que el extranjero se quede por mucho tiempo y que él no está sujeto al destino: el receptor de la pregunta podría responder perfectamente con otra cuestión de igual magnitud, algo así como "¿cuánto tiempo piensa usted vivir?". Cualquiera sea el caso, estas preguntas extraídas del Arte de Cuestionar japonés siempre llevan en las entrañas la idea de división, como si no todos los hombres fuéramos pasajeros en la tierra y unos cuantos poseyeran el derecho sobre ella, y que las fronteras no fueran accesorios arbitrarios, o el destino fuera propiedad de unos pocos. Pareciera que los japoneses se guían mucho por lo que dicen sus interrogados. Preguntan a toda hora, sutilmente y buscando en las respuestas piezas del rompecabezas de la vida del interlocutor; más preocupados de sonsacar que de compartir; unos espías de lo cotidiano; pequeños grandes inquisidores de lo coloquial. Gabriel García Márquez siempre ha menospreciado el arte de la entrevista como medio de aproximación a la verdad personal. Sus respuestas a las preguntas de los periodistas han sido siempre harto mentirosas y quizá cada iberoamericano lleva un García Márquez en el corazón. Incluso el erudito Borges era una especie de mentiroso intelectual de dimensión enciclopédica. No puedo imaginarme qué tipo de rompecabezas podría resolver un japonés si entrevistara a estas dos vacas sagradas de la falsedad. Nosotros no reparamos en las respuestas ni en las preguntas como método de conocimiento, sino más bien las usamos para inspeccionar la vida en busca de más mentiras y para compartir un momento que sabemos es efímero y ficticio. Nuestras vidas son ficticias. Esa es la única y última verdad. La vida iberoamericana es sueño. Osaka, 1996 |
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