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Miradas que son cuchillosHACE DOS semanas analizábamos el metro o tren japonés como eje de la cultura de este país. Hoy nos referiremos a uno de los aspectos que no pudimos tratar en aquella oportunidad: los ojitos intrusos o el arte del camuflaje de la mirada en el vagón. Lo que no hacen las palabras, lo que incluso el "entre-líneas" de las dicciones no puede sugerir, lo hacen las miradas. Miradas de fuego, penetrantes; miradas que suenan a copla andaluza: "Y tu mirar se me clava en los ojos como una espada". Miradas harto matadoras tenemos todos. Un breve intercambio visual puede cambiar el giro de cualquier conversación; convertir el tema relevante en trivial; darle seriedad a aquello que no lo es. En otras palabras, las miradas (sobre todo si son cómplices) pueden recontextualizar cualquier conversación o discurso. Pero aquí en Japón, donde mirar de frente es irreverente, irrespetuoso, nosotros, mirones a destajo, profesionales de la pupila, podemos causar miedo y llegar a ser incomprendidos por nuestros anfitriones. Por esta razón, me permito confiarle algunos cuidados consejos que le harán todo un experto en el arte de la esquivez de la mirada, o escamoteo visual en el lugar donde las miradas debieran volar pero no lo hacen: el metro. 1o. Espera. Al aguardar el tren o metro en la estación no mire a la persona delante de usted, ni menos voltee; dedíquese a hojear su periódico o revista. Si lleva consigo un walkman, mire el techo de la estación o los cordones de sus zapatos. Puede también cerrar los ojos. 2o. Escudriñamiento a discreción. Desde esta atalaya, siga con miradas oblicuas y repentinas, tipo flash de cámara fotográfica, el blanco de su agrado. Manténgase siempre cabizbajo y con cara de preocupado. Nunca sonría, podría levantar sospechas o malinterpretarse. 3o. Inspecciones inútiles. Ni se le ocurra llevar gafas de sol si usted tiene rasgos japoneses ya que será considerado irremediablemente un miembro de la yakuza: las gafas oscuras no son la solución. 4o. Posición definitiva. Cuando se abran las puertas del vagón y la grupa entre cabalgando o saltando (al trote) asegure una plaza con ventana-espejo al frente. Si está de pie, continúe con el artifugio de la revista o el periódico. Si sentado y varón, no mire la línea de las minifaldas, las rodillas o calcetas. Si es dama, abra su bolsa (de preferencia Louis Vuitton, para que nadie sospeche que usted está mirando), tome sus artículos de maquillaje y comience a maquillarse la cara, sin mirar alrededor, como si estuviera sola, sentada al tocador. Puede otear discretamente por el espejito. 5o. Inspección a fondo. Ahora aproveche de mirar, pero siempre siguiendo el artículo segundo. A la mirada oblicua se le agregarán miradas directas muy breves como flechazos que den y arrebaten al blanco pero que no lo pongan nervioso. Si un tiritón recorre su espinazo, baje la vista. 6o. El que silba o canta sus males espanta. Silbe pero no alto, que la música realmente espanta en Japón. Silbe para dentro, para hacerse el que no mira. Disimule. 7o. Lea el surtido de letreros, avisos, afiches, pegatinas; desvele los secretos de los caracteres japoneses; aproveche de aprender mirando. 8o. Ponga una de sus manos a modo de visera y mire bajo la línea de sombra. Pruebe abriendo y cerrando los ojos distintamente. Pruebe mirándose también la palma, analizando las líneas. Entérese de su destino. 9o. Duérmase. Este es el más efectivo de los métodos. Con esta pautas de acción logrará darse cuenta de que todo el mundo lo está mirando. No es que los japoneses no miren, sí lo hacen, pero de la manera descrita en los apartados, y si "mira bien", verá que también hay fuego, hielo y otros estados aristotélicos de la materia en los ojos japoneses. Haga la prueba. Osaka, 1996 |
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