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Respire su oxígenoEL METRO cúbico de espacio se vende en Japón. Nos venden el aire que respiramos y pagamos un buen precio a diario. Por la mañana y la tarde (noche) tenemos que gastar un promedio de doscientos cincuenta yenes por unos tres metros cúbicos de asiento (con suerte) en el tren, el metro o el autobús. Los que tienen vehículo pagan peaje por el uso del espacio de la autopista. Después cancelamos gustosos unos cuatrocientos yenes por un taburete en una cafetería. Si usted aún cree que los ochocientos yenes los paga por un café con leche, se equivoca, lo que hace es alquilar por cuarenta y cinco minutos una silla, la mitad de una mesa minúscula, un sitio donde apoyar la cartera y la espalda; usted paga por el espacio. El servicio es la distribución ordenada del espacio. Los expertos en mercadotecnia de Japón lo saben muy bien. Cuando diseñan una nueva estación la enganchan con un centro comercial. Cuando sus arquitectos planean una tienda de departamentos, la lían con algún servicio ferroviario, para seguir vendiéndonos el espacio. ¿Adónde va el tributo de la nación? Aparte de quiebras de financieras inmobiliarias (curiosamente negocian vendiendo y comprando espacio), nuestros impuestos no compran espacio en parques, glorietas, plazas, bancas en las calles, arbolitos en las avenidas. La idea de estos muchachitos de la mercadotecnia japonesa es mantener a la gente fluyendo, de estación en estación, de centro comercial en grandes almacenes, de modo de que la presión de los atochamientos humanos, la confusión, el clima insoportable, el cansancio, le obliguen a uno a alquilar el vital espacio; buscar la cafetería de guardia, los nichos del hotel cápsula (usted no entra en la habitación, más bien se la pone), el restaurante de minutas pretenciosas y falsas, la cabina telefónica, la sala de vídeojuegos, etcétera. La medida normalizada del espacio es el tatami, las esteras bien tejiditas que sirven de piso. Aunque bidimensional, el tatami es el referente espacial tridimensional por antonomasia en este país. Los negocios inmobiliarios, los arrendamientos y otros cálculos se hacen en tatamis. Aunque no sea tan claro al momento de comprar su hueco en el cementerio budista, todo en esta vida (pero más aún en la japonesa) es una compra y venta de la Tierra, que no el Paraíso del Buda Amida. Las grandes ciudades como Tokio y Osaka podrían haber sido desarrolladas a escala humana: parques, aceras anchas con banquitos, jardines, miradores, pérgolas, espacios públicos donde la gente intereaccione. Sin embargo la palabra interaccción está hoy relegada a los vídeojuegos, las redes de informática y otras herramientas que son una suerte de substituto de lo que no podemos hallar en la vida común y corriente. Cada día nos manejan para que nos individualicemos, para que el contacto sea telefónico y nos saquen unos pesitos más de la tarjeta o la cuenta telefónica. Cada uno con su propio celular, su televisión, su pantalla de ordenador, su vídeojuego, su walkman, su mondadientes. Cada día más solos e individuales. Y cuando estamos en el bar, con los amigos, tenemos que volver a casa antes que la Cenicienta (la carroza es un taxi con bajada de bandera de seiscientos yenes): porque mañana nos seguirán vendiendo el espacio. Osaka, 1996 |
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