Becerros de oro

EL ROCK británico es lo único que queda vivo en Inglaterra después de la crisis bovina, mejor conocida como las vacas locas. Los mujidos de los vocalistas ingleses son el único producto de exportación que no tiene que pasar engorrosos trámites aduaneros, incluida la cuarentena. Sin embargo, en Japón otra vaca nos canta; los quejidos suenan igual que la muerte en el matadero de los becerros infectados, pero estos no se someten a pruebas inmunológicas ni se les piden marcas que certifiquen su procedencia. Son animales, pero reciben trato de humanos. Son bestiales, pero se los trata como divos y en algunos casos como divas: la finura de sus gestos nos hace dudar. Son los becerros locos y dorados; ídolos de barro que engatusan a las generaciones jóvenes de este país, emborrachan la perdiz, encantan la serpiente, lavan el cerebro como si Japón fuera una gran tintorería, seducen con feromonas felinas (que no feromonos) e hipnotizan (que no "mesmerizan") a la masa quinceañera de las islas.

Detrás de los cabellos dorados y rojizos de estos falsos músicos que tocan canciones de cuna, imitando a las vacas locas británicas -desde los Rolling Stones y los Beatles hasta el pop sincopado de Tears for Fears y Depeche Mode-, no hay nada más que el truco publicitario y el engaño: unos managers y productores de sello discográfico que hacen su agosto a costa de la inocencia de los chicos; unos sonidistas que nunca han tocado la consola de Woodstock; compositores que siempre convierten la armonía de la música popular en aburridas partituras y melodías déjà-vu; y por último, unos poetas benditos (que no malditos), escritores de letrillas güeras (que no satíricas) que caerían fulminados al escuchar una canción de Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez, Víctor Manuel, Facundo Cabral, Fernando Ubiergo, Joaquín Sabina, León Gieco o cualquier otro cantautor de nuestra Hispanoamérica.

Hay que decirlo con todas sus letras y música: el consumismo discográfico de Japón es una empresa desvinculada del propósito del arte. Una empresa que vende basura y transforma a seres sin dos dedos de frente en ídolos juveniles, tan pasajeros y efímeros como la pubertad. Una forma, fórmula y envoltorio sin sustancia ni contenido. Un bodrio dorado.

Pobres chicos de este país, encienden la tele para ver esos shows de claro contenido alienante, esos recitales de música pop japonesa a cargo de figuras que en las entrevistas destacan por su visión de mundo (su punto de vista sobre la comida china, sin ir más lejos), artistas que se mueven sobre el escenario poniendo caritas y cuyos movimientos calculados asemejan a aquéllos de los robots de la línea de ensamble de una fábrica de automóviles. Pobres chicos, a quienes se les ciega con la venda dorada de lo externo, lo pasajero, lo que no tiene fondo. Pobre país, que intenta flotar en el mar de la vulgaridad, imitando el cascarón del arte extranjero, quedándose con la piel de las vacas locas y no con la carne; la silueta o el contorno del toro de Picasso y no con el Guernica. Becerros de oro.

Osaka, 1996