Sangre y maquillaje

UNA MUCHACHA japonesa sentada en un vagón del metro de Osaka abre la polvera y comienza a maquillarse, retocarse el rostro con las "pomadas" de las grandes casas de cosméticos. Acto seguido saca la barra de labios y unta el pincel de carmín para delinear sus labios verdes (la iluminación fluorescente del metro es necrológica). Después viene la barra que pinta su boca y el carro entero es perfumado por dos gotas agresivas; dos chorros de "feromona" esparcidos en el aire, viajando cual corpúsculos para fertilizar las cavidades nasales de los pasajeros. La irreconocible damisela desciende en la estación de Umeda y se pierde, seguida de miradas instantáneas de admiración masculina que escrutan sus caderas al andar (me incluyo), en la maraña de individualidades que componen la gente (me incluyo).

Dos doncellas se hartan de platos vegetarianos en el restaurante del piso cuadragésimo sexto del Cosmo Tower. Conversan mirando la bahía de Osaka, los ríos que confluyen y dan en la mar; la ciudad portuaria usurpando a la geografía dársenas, diques y malecones; la urbe rapiñando los designios caóticos (o armónicos, da lo mismo) de la Naturaleza. Las damiselas comienzan después del café la "mascarada". De sus bolsas sacan los instrumentos: cremas, polvos, sombras, aplicadores, rímel, pinceles, encrespadores, brochas, delineadores, pinzas, coloretes y unas motas de algodón de colores. El proceso demora casi tanto como el opulento almuerzo: media hora.

Una chica decide gastar una broma, una jugarreta a su novio. Cuando él duerme o se hace el dormido, le pinta la boca a medias con su barra de labios favorita. El se despierta o hace que se despierta, molesto. Al término del comercial de TV, Takuya Kimura, el famoso cantante de Smap, mira a la cámara (nosotros) con cara sensual y coquetamente: sus labios rojizos, mechones de pelo largo cayéndole sobre los ojos. Asume que su boquita está pintada como la de una mujer y si no supiéramos "extratextualmente" que es hombre, pensaríamos que es la hermana de la chica de la jugarreta.

La película Before the rain llega al fine, desgarrándonos con su crítica a las guerras civiles, los nacionalismos de Macedonia, Yugoslavia y el Mundo. El personaje del fotógrafo que vuelve a su Macedonia natal y que ha muerto a manos de su propio primo, por defender a una adolescente musulmana, yace en la seca tierra de los Balcanes mientras la sangre de su pecho abierto por las balas fraternales, se mezcla con el agua de la lluvia. Pasan los créditos y uno no sabe si llorar por la conmoción interna que ha removido el estómago o reír porque la belleza de una verdadera obra del Séptimo Arte, la creación humana ha podido más que la barbarie humana. Busco los rostros de mis congéneres para reconocer y comprobar el efecto espiritual devastador del film. La espectadora a mi lado, inmutable, sí sabe qué hacer; ella es una de las chicas japonesas de esta generación: toma su bolsa y saca el instrumental. La polvera se abre y empolva. El pincel delinéa los labios. La barra pinta la boca de carmín. Yo, por mi parte, sólo quiero vomitar.

Osaka, 1996