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Quemadores de pulmónLAS ENGAÑAN, ellas saben que lo hacen y no se quejan, no ladran, menos muerden; se dejan llevar, entran en el juego de quien acepta que le saquen pedazo sin quejarse; son liebres humanas, suspendidas en el aire por una garra que les coge el pellejo que rodea la cerviz. No emiten ni siquiera un murmullo. Así se aguantan, así se muerden la lengua y la sangre no sale por la boca. Quieren ser internacionales, desean viajar como guías turísticas, conocer Europa; quieren traducir idiomas universales como el inglés, el español o el francés, interpretar conferencias o foros comerciales. Son chicas jóvenes que viven con sus padres o compartiendo un piso con otras que sueñan llegar tan alto como ellas. Han estudiado largo rato los idiomas internacionales que les abrirán las puertas que de otro modo permanecerían cerradas herméticamente. Un día se deciden, leen el periódico y telefonean a las compañías que ofrecen puestos de trabajo de guía turística, traductora de inglés-japonés- inglés, intérprete de español-japonés-español, relaciones públicas y un sinfín de profesiones en el área de servicios de esta economía japonesa tan servicial. Ellos reciben las llamadas con el tono de voz cándido y meloso preesta- blecido. Les dicen que es mejor hablar los detalles de la oferta de empleo personalmente y que es necesario rendir una pequeña prueba para saber si están cualificadas o no para los requerimientos de un puesto que no se esfuerzan en describirles. Las chicas cuelgan el teléfono y encienden la televisión de los sueños: dulce Hollywood que las transporta hasta sitios de alcurnia, butacas de avión de primera clase, hoteles y salas de conferencia de "siete" estrellas, rodeadas de extranjeros, degustando la gloria de los mejores vinos del Viejo Continente, el gusto de toda la gama de tradiciones de pueblos milenarios, fraguadas en innumerables batallas, o el sabor a libertad y desenfado de la hamburguesa americana. En el mejor caso, el día del examen las reprueban a todas y hechas añicos sus ilusiones les ofrecen la opción que cambiará sus vidas. Ellas, sin saber a qué atenerse en todo este proceso de control mental, digno de las sectas más horrorosamente destacadas del Circo Religioso Moderno, firman el papel en el que declaran la adquisición de un curso que las dejará cualificadas para acceder al puesto de trabajo de sus sueños. Con descuento, la preparación cuesta entre 200 y 400 mil yenes. En el caso de las guías turísticas, no hay que pagar solamente el cursillo sino que además la práctica: un viaje a Europa que suele costar entre los 150 y 200 mil yenes. En el peor de los casos las contratan y acto seguido el jefe (imaginémonos un gordo repulsivo) les ofrece hacerlas sus amantes, y si no se las viola allí mismo es por delicadeza, o porque la oficina no tiene biombo. Otra variante del peor de los casos es el contrato sin contrato, es decir, pagan por hora trabajada, no cubren ni el seguro de salud ni la pensión. Trabajo temporal, creo que le llaman. Eso sí que les pagan el transporte: algo es algo. Se baten palmas en el Ministerio del Trabajo. Si el trabajo temporal, si estos trabajillos de jornalero, de chica por hora, de explotadas a manos de quemadores de pulmón profesionales o negreros, dejasen de ser maquillados y engordasen el índice de paro de este país, ese magro 3% de la formal economía japonesa se pondría bastante informal y alcanzaría, sin duda el 12 % de la media europea de desempleo, porcentaje este último que en el idioma alemán, francés o español ibérico no es parte del eufemismo nipo-americano. No es parte del maquillaje capitalista que viste de oveja todos los indicadores económicos con la varita mágica de las hadas madrinas de la Universidad de Chicago. Dejémonos de cuentos: este país todavía tiene que aprender de Europa. Osaka, 1996 |
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