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Diez mil kilovatios por segundoESTAR FRENTE a una maquinita que lanza chorros de bolitas de acero no tiene nada de malo. Gastarse horas de ingenio creativo y goce intelectual frente a un bicho mecánico no tiene nada de malo. Tampoco tiene nada de malo dejar al bebé encerrado en el coche para ocupar el asiento preferido frente a su máquina favorita, hasta que el niño muera asfixiado o de calor. No hay nada malo en dejarle unos cuantos miles de yenes por mes a la mafia para que ésta lave el dinero que gana en otros negocios más jugosos que la instalación, adminis- tración y divulgación de un juego para tontos. Nada de malo. Puede pasar incluso por examen psicométrico. No es nocivo que en lugar de que los muchachos de este país lean libros o vean vídeos educativos, estén en los salones de máquinas pinball, mejor conocidas en este archipiélago como pachinko. No es nocivo que el ama de casa, cansada de la faena hogareña se refocile introduciendo bolitas en los canales que chorrean más bolitas y que hacen chillar la máquina; el marido no le chilla hace años. No es dañino que el estruendo de todas las máquinas manejadas habilmente por los jugadores, rompa los tímpanos y le den un sonido y aire característico al barrio. Para qué hablar del tabaco. No es nada maligno fumar. El juego genera empleo, mueve la alicaída economía. Cada uno de estos salones necesita personal de limpieza, sapos avisores y detectores de tramposos, cajeros cancerberos que cambian el circulante por dinero contante y sonante, pero por sobre todo, guardias de seguridad aguerridos que miren con aire de mala leche a los clientes y acomoden las bicicletas mal aparcadas. Tareas todas de una com- plejidad única y trascendental. Uno puede llegar a entender la motivación que a algunos japoneses les hace perder dos horas diarias de sus vidas encerrados en esos salones, templos de la individualidad y la incomunicación. Incluso uno puede aceptar la existencia de estos establecimientos, pero cuando el pachinko deja el área tradicional de la estación y llega al barrio donde uno vive, la vida nos cambia. A dos manzanas de mi casa unos seres grises han inaugurado un flamante pachinko. Los guardias de seguridad, de estatura bastante dispareja y cuello de almeja, se han adueñado de la acera. El día de la esperada apertura, cinco ejecutivos de traje oscuro y celular en mano, apostados en los accesos vigilaban la marcha de los asuntos, hablando por teléfono simultáneamente no se sabe con quien pero con mirada fría y disuasiva. Desde el día de la espectacular inauguración, en que una horda de jugadores entró en el salón como almas que se las lleva el diablo, la actividad económica no ha cesado. Todas las mañanas, a eso de las 9:45 am, una larga cola de gente se forma en cada una de sus puertas. La crema de la crema del barrio se junta a esa hora para atochar las entradas, esperando las 10:00. Es gente guapa y divertida. Se pelean a empellón de codo las mejores máquinas. Huelen lozanamente y visten ropa tan alegre que la escena parece que transcurriera en la ciudad de Miami. Yo me alegro de solo verlos entrar porque desbordan energía. Por la noche el barrio entero se ha iluminado gracias a los diez mil kilovatios por segundo de luz que derrocha el salón. Los mosquitos y mariposas nocturnas del vecindario no tienen donde perderse, así que nos estamos ahorrando el dinero del repelente. De vuelta de mi trabajo, jugadores, guardias, vigilantes y una colección amorfa de seres y especímenes de la tierna zoología nipona hacen guardia en la acera. Para completar el ambiente, una caravana de coches se ha hecho su aparcamiento por la calle del pachinko. La gente ahora me saluda de reverencia y con caras llenas de gozo y cordialidad. Todos en el barrio estamos fascinados. Osaka, 1996 |
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