Tomadura de pelo

LAS BARBERÍAS y peluquerías modernas son un invento francés, desarrollado a partir de la tradición de peluqueros ingleses y franceses que hacían justamente eso: fabricar, componer y peinar pelucas canas, para que las llevasen los nobles que querían cubrir su cabeza llena de liendres y piojos en estado comatoso.

Los galos perfeccionaron el arte de la coiffure, de cuyo tranco audaz, sensualidad y detallismo, el film de Patrice Laconte, El marido de la peluquera, es fruto indesmentible. Sabemos que Japón es un país que copia el caparazón (leer docenas de ediciones anteriores de esta columna) en desmedro del cambio interno y si bien ha logrado calcar las tinturas, los bálsamos, las maquinitas afeitadoras, las navajas, los secadores e incluso otros artilugios de la peluquería francesa, incorporó el confucianismo, como en tantos otros ámbitos, en la administración del negocio del peinado, convirtiéndolo en una actividad rigurosamente programada.

A la fiesta francesa de sensualidad, movimientos de la peluquera o peluquero (hay que ver lo bien que se mueven Vidal Sassoon y Dustin Flemming, aunque no sean franceses) se contraponen esos "sea usted bienvenido" coreados por empleados robóticos y algo exangües, los delantales plásticos que cuelgan de nuestros cuellos ahorcándonos, los masajes "rompecogotes", los gritos de "pase por allí hasta el sillón número siete", con los que toda la tropa de peluqueros y clientes se enteran de que a usted le tocó tal o cual verdugo.

Después del lavado optativo, viene el menú de servicios, todos inflexiblemente reglamentados. Son pocos los peluqueros que se atreven a recomendar algún corte o peinado. Sin inmiscuirse en las decisiones, sin aconsejar a los clientes, se transforman en fotocopiadoras del estilo de artistas y modelos famosos, cuyas fotos de frente, perfil y de nuca son publicadas en catálogos que la hábil industria del cabello japonés hace circular por todas las peluquerías.

A los estilos japoneses clásicos como el corto y rizado cabello del yakuza (mafia japonesa) o el esponjoso peinado de actriz de Hitchcock que lucen las señoras de kimono de Ginza, versión moderna y abreviada del arte del peinado de las geishas, se superponen los cortes de pelo Brad Pitt corto, pegado al cuero cabelludo, un poco casposo, chasquilla y despeinadamente peinado. No obstante, sobreviven otros estilos importados como el de John Travolta en Fiebre de sábado por la noche, cabello peinado todo para atrás y sedoso; el Nikita, versión femenina del de Brad Pitt que tuvo su apogeo en la cinematografía francesa de los cincuenta-sesenta; y el infaltable estilo secretaria o niña mimada de Kioto consistente en llevar el pelo largo, liso y con una chasquilla que roce las gafas y que obligue a la muchacha a hacerse el cabello para atrás con mayor frecuencia que la que sirve té japonés en la oficina.

Estas formas no se preguntan, se intuyen o adivinan. Algunas peluqueras ni siquiera cruzan un par de palabras con sus víctimas, señoras de mediana edad que acuden, más que para que les corten el pelo, para que les vuelvan a armar el peinado. Una suerte de versión compuesta y revisada de los arreglos florales. Note usted la homogeneidad del peinado de las señoras que esperan en primera fila el metro o tren en la estación. Con todo, estos patrones o moldes no son nada cuando entramos en el reino de lo varonil.

El estilo 7/3 de los oficinistas asalariados (siete y tres partes) es otro que se reproduce sin siquiera preguntarle al cliente. A lo más se les interrogará si quieren que les hagan la permanente. Los jóvenes más audaces y desvergonzados prefieren el 5/5, con la clásica raya en el medio, del Charleston, o sin partidura. Los viejos estandartes se ven obligados al 9/1, mejor conocido en Occidente como hoja de parra, en el que el cabello que nace arriba de las orejas se deja crecer y se extiende planchado, como una lonja de York sobre la cabeza hasta que cubra la calvicie. Y es que en Japón no tener pelo es signo de debilidad e impotencia. Los luchadores de sumo son obligados a colgar los taparrabos si llegan a quedar calvos. La frente ancha, símbolo de alcurnia e inteligencia en Occidente, en Japón es señal de risa y hasta de burla, y por sobre todo de pobreza, pues deben desembolsarse grandes sumas de dinero en procura de injertos y tónicos capilares milagrosos que devuelvan el azabache viril a los calvos.

Ilustran nuevamente nuestros ejemplos otra forma de la sociedad japonesa de buscar la homogeneidad, el camino del medio de la tradición budista. El miedo a la diferencia y a lo diferente permiten que la industria peluquera, que no tiene pelo de tonta, haga su agosto en un país en el que nadie quiere andar a contrapelo.

Osaka, 1996