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Sangre fríaHACE UN par de semanas, algunos noticieros japoneses transmitieron una extraña conferencia de prensa. Parecía más la escena de una película de horror o misterio que la declaración de un individuo frente a las cámaras. Un viejecillo de ochenta años, a punto de estallar en lágrimas (no sabemos si de rencor o sufrimiento) y frente a las lentes, desafiaba gesticular y verbalmente a los "jóvenes" reporteros. A Takeshi Abe, médico, ex vicepresidente de la Universidad de Teikyo, ex cabeza de la Comisión Investigadora del Sida del Ministerio de Sanidad, le correspondió conducir las investigaciones sobre el sida que realizó el Ministerio de Sanidad. Fue el jefe de una comisión que cambiaba de parecer según las empresas farmacéuticas, productoras de plasma infectado, lo invitaban, a él y a algunos de sus subordinados, gastos pagados, a conferencias sobre hemofília en el extranjero. Una comisión que jugaba a la perinola con los requisitos y pruebas clínicas necesarias para la aprobación de un plasma tratado térmicamente que, una vez en los hospitales, podría haber reemplazado los productos infectados y evitado el contagio del sida de muchos de los más de dos mil individuos, hemofílicos y no, que lo sufren hoy por esta razón. Repitamos, en cámara lenta, uno de los lanzamientos de la perinola. El ex presidente de Baxter Ltda. (que en los buenos tiempos se llamaba Travenol), Kunimatsu Yamamoto, asegura que su empresa buscaba, en 1983, la aprobación por parte del Ministerio de Sanidad, del plasma tratado térmicamente (este tipo de producto no es contagioso). En EEUU, su uso había sido aprobado en marzo de ese mismo año. En un principio, el Ministerio de Sanidad estuvo de acuerdo con la aprobación del nuevo producto en Japón, sin necesidad de llevar a cabo pruebas clínicas. Incluso, se le comunicó a la empresa que procediera a enviar una petición sin requerir ningún estudio. Sin embargo, Takeshi Abe, jefe de la comisión, ordenó inesperadamente, medio año más tarde, que el nuevo plasma fuera estudiado clínicamente antes de considerar su aprobación, demorando suficientemente su introducción en el mercado farmacéutico como para que el antiguo producto, elaborado por sus amigos de la empresa Cruz Verde (Midori Juji), siguiera contagiando a más pacientes. En distintos lanzamientos de perinola, lograron aprobarlo veintiocho meses después que en EEUU. Para ahondar más en lo anterior, Juzo Matsuda, uno de los miembros de la comisión, colega de Abe en la Universidad de Teikyo, está seguro de que altas esferas del Ministerio de Sanidad ejercieron una presión indebida para evitar el conocimiento público del primer paciente del país que contrajo el sida y las verdaderas razones del contagio: el tratamiento con plasma infectado. Matsuda todavía no se explica por qué el Ministerio se negó a prohibir la importación de plasma infectado. Takeshi Abe aparece ahora ante las cámaras anunciando una querella por difamación contra el periódico Mainichi y otros medios de comunicación que han informado sobre las irregularidades de su trabajo en el Ministerio. Arremete contra los periodistas diciéndoles con chillidos: "Ustedes no oyen lo que digo. Sólo me culpan por la muerte de tanta gente. La culpa es de ustedes. Soy un anciano de ochenta años y ustedes, gente joven, me están cazando como si se tratara de una cacería de brujas". Lo más paradojal es que la prensa, sobre la cual cae la crítica de Abe, siempre evitó el tema y nunca lo investigó a fondo. Los que tuvieron que derribar el árbol fueron las víctimas de la supuesta negligencia del médico que han llevado el caso a los tribunales, acusándolo de asesinato e intento de asesinato masivo. La prensa japonesa sólo comenzó a actuar cuando se destapó la olla de grillos; no quiso que se la acusara de complicidad por omisión, como lo fue durante todos los años en los que rehusó investigar a la ya entonces dudosa Comisión del Sida, y como lo es casi a diario con cada escándalo al que siempre llegan tarde sus periodistas. Abe, sin el control que una vez ejerció, seguramente será astillado. Lamentablemente, el pseudo y malentendido confucianismo del anciano, que exige el respeto de los jóvenes a sus mayores y del que es partícipe gran parte del país, es un esquema éticamente inaceptable sólo en este caso. Los 364 días restantes, una gran mayoría de japoneses, incluidos los medios de comunicación, continuará honrando a sus mayores aunque éstos sean criminales de guerra, torturadores, encubridores, mafiosos, corruptos o asesinos. Para producir el deshilvanamiento de la telaraña que pendía del Ministerio de Salud, la comisión investigadora de Takeshi Abe, las cinco empresas farmacéuticas (incluídas Baxter y Cruz Verde), el Partido Liberal Democrático (que recibió en 1983 más dinero que nunca en donaciones realizadas por Cruz Verde) y el silencio cómplice de muchos medios de comunicación, se requirió el contagio del sida de más de dos mil personas; la muerte por esta causa de un paciente hemofílico al que se le administró plasma infectado en el mismo hospital universitario del que Abe era vicepresidente; las querellas criminales interpuestas tanto por los familiares que lo sobrevivieron como por las numerosas víctimas cuya sangre contiene HIV; la valiente labor de los abogados que defienden este tipo de injusticias y crímenes en terrenos pantanosos para sus carreras; las declaraciones no juradas a la Dieta, a cargo de los ejecutivos de las farmacéuticas; y el trabajo de periodistas freelance (a falta de grandes cadenas interesadas en "malas noticias"), que ven a menudo sus trabajos publicados, o son invitados a los estudios de TV, una vez que el árbol ya ha sido talado. Representantes, todos, de una generación de japoneses de sangre fría. Osaka, 1996 |
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