Mitología de café

LAS NACIONES y los pueblos son expertos en mitología de cafetería. Los estereotipos son una suerte de prismas que dividen los haces de luz de la realidad y hacen que la gente sólo vea el color que quiere ver; acomodan lo inentendible para poder compararlo con lo suyo. Mitos, estereotipos, arquetipos. Los españoles son crueles, arrogantes y peludos. Los latinos somos flojos, nos echamos la siesta, pero sabemos vivir la vida. Los japoneses son lampiños, trabajadores y honrados.

Desmitifiquemos un poco. Mi padre, al igual que millones de chilenos trabaja a los sesenta años una jornada de once horas. Lo ha venido haciendo por más de cuarenta años. El comercio en Chile abre de 10:00 a 21:00 h., horario continuo. Los grandes almacenes, de los cuales ya hay cientos en Santiago, mantienen ese horario todos los días del año, incluso festivos. Los super e hipermercados abren a eso de las 9:00 y cierran a las 23:00 h.. Los cajeros automáticos están abiertos las veinticuatro horas. La jornada laboral sólo permite treinta a cuarenta y cinco minutos para tomar la colacio'n, como se llama en Santiago a la comida del mediodía de los oficinistas. El transporte colectivo funciona también de noche. En otras palabras, el sector comercial y de servicios es un reloj. Tampoco es raro que la jornada de trabajo se extienda de 9:00 a 19:30 h., en industrias y oficinas. No obstante lo anterior, al chileno le gusta salir con la familia, juntarse con los amigos para conversar; tomarse un par de copas, ir al cine, o por último, hacer reuniones en casa donde llegan los abuelos, algunos tíos y amigos para pasar juntos la noche del sábado o compartir el habitual almuerzo familiar del domingo.

Uno podría decir perfectamente que el chileno, y el santiaguino en particular, es bastante trabajador y esforzado, pero creo que el argumento no vale de mucho. Me gustaría que el chileno no fuera tan esforzado ni fuera tan trabajador. No me gustaría que se japonizara. Tampoco me gusta la figuración destacada de mi país en el ranking de países más competitivos del mundo (escala de cuán a fondo ha calado el liberalismo). No me gusta la selva consumista y competitiva en la que se ha vuelto mi patria. No me gustan esos estándares modernos en que nadie tiene tiempo para nadie dentro del hogar; el almuerzo y la cena son recalentados y servidos por turno de llegada o se recurre a los restaurantes del fast food. Hoy en día, sólo se respetan las comidas familiares del fin de semana.

Me horrorizan las cifras macroeconómicas que dicen que somos el Singapur de América Latina, como señala la revista Time. También nos hemos convertido en un Singapur en términos de autocensura. Me disgusta la gente que me dice: "ustedes los chilenos están tan bien", y que quieren que sus países contraigan la misma fiebre que sufre el "Jaguar de Latinoamérica". Me asusta este cambio repentino de nomenclatura: ya no somos un país tercermundista, sino un "mercado emergente". Santiago ha pasado de ser una ciudad a una selva de contaminación, una colectividad de enfermos mentales conduciendo por avenidas atochadas y ruidosas.

Asimismo, sospecho de los japoneses tan trabajadores y de salario fijo. Esos señores que revolotean los bares hasta las postrimerías y salen como corredores por las pistas de Atlanta a coger el último tren. Esos señores tan compuestos que le traspasan la totalidad del sueldo a la mujer, para que ella lo administre y ellos se ahorren problemas con la educación de los críos. Recelo de las madres que educan a sus hijos a espaldas del padre, como en una especie de compló matriarcal. Sospecho de esta ya tediosa competición por el desarrollo japonés. Un desarrollo que nunca llega y que incluso se deshace con epidemias tercermundistas. Tengo dudas sobre esta armonía silenciadora. Dudo del dinero que Japón ha ahorrado y de todas sus reservas en los bancos suizos, mientras la gente continúa volviéndose loca en las grandes ciudades, mientras cada uno necesite su telefonito celular, su máquina de pachinko y su aparato de TV en el coche para contactarse con "el mundo". Dudo de este país en el que muy pocos tienen vivienda propia y que al comprender que nunca podrán adquirir una, se los conmina eficientemente a gastar gran parte de su salario en artilugios electrónicos, viajes semi inútiles al extranjero, cosméticos, accesorios y ropa de marca.

Desconfío de los estereotipos de uno y otro lado. Sin embargo, más allá de la mitología de café, viven hombres de verdad: las familias que no salen en los comerciales; los hombres y mujeres que tratan de darle algún sentido a esta horrorosa vida moderna. Seres que sostienen, esforzadamente, los pilares de la humanidad. En ellos creo y en ellos guardo mi esperanza, más allá de razas, naciones y estereotipos.

Osaka, 1996