Recuerdos del futuro 

LAS RELACIONES de viajes, género prácticamente olvidado en nuestros días, son textos exquisitos que nos ayudan a merodear una zona, un país y un tiempo perdidos.

Sería imposible recobrar hoy ese aire aventurero y romántico que los viajeros imprimían en sus diarios y relatos de viajes en un mundo en que los medios de comunicación nos traen las imagenes de los sitios más exóticos de forma casi instantánea.

Pierre Loti, uno de esos escritores de diarios de viaje fascinantes, recorrió Japón en distintas oportunidades a fines del siglo pasado y comienzos de este. Como oficial de la marina francesa, tenía las puertas abiertas a la aristocracia de todos los países orientales que visitaba.

El Japón comienza un día de otoño de 1886. Loti desembarca en Kobe y toma un jin-riki-sha, es decir, un carrito tirado por un hombre, forma primitiva del servicial taxi japones. Luego coge el tren exprés a Kioto, la ciudad santa. "¡Qué desigual, variado y extraño es Kioto! Calles bulliciosas, atestadas de jins [carritos], de transeúntes a pie, de vendedores, de carteles multicolores, de oriflamas [banderas o estandartes] extravagantes, que flotan al viento". El oficial francés es muy perceptivo: "Tan pronto se corre entre el ruido y los gritos como se halla uno en el silencio de los lugares abandonados, entre los restos de un gran pasado muerto". Le impresionan los templos; su riqueza, contrapuesta a la pobreza de las "casitas de madera bajas y negruzcas".

Loti comprende muy bien lo difícil que es percibir una cultura y un tiempo distintos: "Se piensa en ese pasado, pero no se le ve revivir. No sólo está muy lejos por el tiempo, sino principalmente por el escalonamiento de las razas de la Tierra: todo ello está fuera de nuestras concepciones y de todas las nociones hereditarias que hemos recibido. Lo mismo pasa con los viejos templos de este país: los miramos sin comprenderlos bien; los símbolos escapan de nuestra penetración. Entre este Japón y nosotros, las diferencias de los orígenes primitivos abren un inmenso abismo".

Esta suerte de diario de su viaje nos sirve también para conocer el punto de vista que el hombre occidental de ese entonces tenía de Japón, con su carga ideológica o racista, que aflora sin resquemor, pero con algunas impresiones que se mantienen hasta hoy: "Y luego, esos olores de raza amarilla, de grisos de arroz, de almizcle, de no sé qué, que descorazonan a cualquiera. Y toda esa gente que se vuelve a mirarle a uno como si fuera un bicho raro; esos grupos de muchachas curiosas que se forman en cuanto uno se detiene: caras parecidas, amarillas, infantiles, de ojillos graciosos y facciones vagas como las de un bosquejo, y constantemente esa cortesía y constantemente esa risa... Al cabo todas estas cosas producen un aburrimiento insoportable".

Después de visitar Nikko, Loti pasa la noche en un improvisado albergue camino a Edo (Tokio). Allí lo atiende una musume (moza) que lo lo impresiona sobremanera: "La frescura y salud brillan en ella, se percibe en la redondez del brazo desnudo, en la redondez de la garganta y de las mejillas, y, en todo, bajo el bronce pulido y casi mate de su piel. Se expresa muy bien para ser hija del campo; hace un juego de conjugaciones complicadas y pomposas en 'degosarimas'; coloca las partículas honoríficas en 'o'y en 'go', no solamente ante mi nombre, sino ante las cosas que me pertenecen o me están destinadas, como mi té, mi azúcar, mi arroz. !Oh, qué deliciosa y sin igual criaturilla!". La fugacidad de este encuentro da lugar a la divagación de corte filosófico: "... he aquí un encanto súbitamente aparecido en la miserable posada en que vive; me detendría más; no me siento solo ni expatriado; me invade una languidez que olvidaré dentro de una hora, pero que se parece mucho a esas cosas que llamamos amor, ternura, afecto, y que nos esforzamos por crearlos grandes y nobles. (...) Estos efectos sirven para darnos la tremenda prueba de la materia, nada más que materia, en que fuimos amasados".

Posteriormente, nuestro oficial asiste a una recepción organizada por la Casa Imperial. Alcanza a divisar a la Emperatriz, descendiente del famoso clan Fujiwara. "La Emperatriz ocupa su lugar, a la cabecera, en un asiento alto, forrado de seda encarnada; las princesas a su alrededor, y, luego, nosotros, los invitados, indistintamente, en sillas que nos traen los sirvientes. (...) Con las puntas de sus deditos coge alguna vez el tenedor para probar algún manjar , o bien se lleva la copa de champaña a los labios, inverosímilmente rojos".

Loti termina su relato con una predicción que también cierra nuestra columna semanal: "Una hora de veloz carrera por la ciudad para llegar a la estación, gritos, disputas, baches. De todo hay en mi camino, del viejo Japón todavía extraordinario, y del nuevo Japón ridículo: hay hasta tranvías, timbres eléctricos, sombreros de copa y 'macfarlanes' [gabán sin mangas]. Pero camino entre estas cosas sin mirarlas, llevando todavía en mis ojos la imagen de la Emperatriz y su cortejo. Por primera vez en mi vida siento una especie de vago pesar pensando en la próxima y completa desaparición de una civilización tan refinada durante siglos".

 Osaka, 1996