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Aum, 1996RECORDAR la afrenta de Aum, La Verdad Suprema, es un ejercicio fastidioso pero muy recomendable. Los casi diez años de actividades ilegales de esta religión de pacotilla y cómic se han desvanecido y son resucitados esporádicamente con despachos periodísticos desde la Corte del Distrito de Tokio, donde Asahara Shoko, o Chizuo Matsumoto, nombre primitivo del falso mesías, se niega a aceptar las imputaciones de los fiscales. El culto y el fin del mundo ("The cult at the end of the world"), escrito por David Kaplan y Andrew Marshall y publicado este mismo año por la editorial Arrow Books, cumple con esta tarea de fijar la historia de una organización pseudo religiosa delictiva. Más aun, esta pieza de trabajo periodístico nos ayuda a analizar un problema, que como tantos otros en Japón, es cubierto en la mente del público por el polvo del tedio que produce la cobertura excesiva de la prensa en la modalidad de escándalo. Uno a uno, los crímenes de Asahara y sus seguidores van desfilando por las 310 páginas de la obra que consulta el valioso trabajo investigativo de cientos de medios de comunicación, las declaraciones juradas en las cortes, publicadas hasta la fecha, y el trabajo de una periodista japonesa que incluso fue atacada por Aum en un atentado privado con gas. Pareciera que el líder y sus discípulos son ahora capaces sólo de arrancar risas de la sociedad. Las sonrisas de menosprecio que les damos entierran el problema y limitan el análisis y la reflexión del tema. Es muy fácil reconocer en el gordo gurú a un payaso vestido de magenta, sin comprender la verdadera magnitud y alcance de las actividades ilegales de Aum. Estas deberían ser motivo de un extenso debate nacional. Un debate que se centrara en la manera de enfrentar el control mental ejercido por algunas organizaciones que persiguen fines antisociales; la desintegración del sistema social que genera una severa alienación juvenil; la participación en política de cultos y sectas; y la desaprención de las autoridades responsables de evitar los excesos que pudieran cometer supuestas agrupaciones religiosas. Todo con miras a prevenir que este tipo de pesadillas se repitan en Japón o se produzcan en el extranjero. La crítica de los autores va dirigida al adormecimiento de las entidades oficiales que deberían haber reaccionado ante los sistemáticos crímenes y delitos cometidos por el culto. Pesa gran parte de culpa en la negligencia de la policía japonesa que actuó con al menos tres años de retraso, a pesar de tener suficientes evidencias que apuntaban ineludiblemente a los místicos directivos de Aum. Pesan las estrechas relaciones nunca interpeladas por las autoridades entre Aum y la yakuza, la mafia japonesa, en la venta de drogas de diseño y el tráfico de armas. Kaplan y Marshall incluso aventuran una explicación para esta sociedad japonesa libre de crimen señalando que en Japón nunca existirá el caos criminal de otros países debido a que es el crimen organizado, la mafia, y no la policía, la encargada de eliminar la confusión y la proliferación de bandas menores o individuos delincuentes. Asahara está sentado hoy en el banquillo de los acusados, pero nadie parece dispuesto a enjuiciar a aquellos quienes protegieron involuntariamente al culto, dándole tiempo suficiente para realizar sus ataques terroristas o sus frustrados atentados. El culto y el fin del mundo es, por el momento, el mejor sumario administrativo a la negligencia institucional, mientras la afrenta termina por airearse, esparcirse y disiparse, como gas sarín, en la conciencia histórica de Japón. Osaka, 1996 |
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