Doble estándar

TERMINÓ NO sin un cierto sinsabor su trabajo de conductora de "tours". Estaba un poco cansada de atender a viejecitos que no sabían abrir el grifo de la bañera en los hoteles europeos, las injustas quejas de octogenarios semi desmayados que se empeñaban en fotografiar medio continente en uno de esos viajes de "visite quince ciudades europeas en siete noches". Una de esas quejas era "por qué me han dado una suite con tres camas cuando en el folleto del tour decía que me darían una habitación sencilla".

La verdadera razón de la renuncia no fue una, sino la mezcla del agua proveniente de vertientes diversas. No era ni la explotación de los empleados a cargo de la subcontratista de "tour conductors", ni las horas robadas al sueño y al recreo. Tampoco la queja por un salario de hambre que no consideraba trabajadas las horas de vuelo o la extensa preparación administrativa de cada uno de los viajes organizados a su cargo.

Pasada la luna de miel, Europa se volvió un lugar más. Después de visitar tres veces la torre Eiffel y enfrentarse a xenófobos franceses, París se había convertido en la "ciudad de las sombras"; un punto desafortunadamente ineludible en el apretado itinerario por el Viejo Continente.

Versada en español e inglés, esta muchacha japonesa sorteaba con facilidad los escollos del viaje en Italia, España y Francia. Obligada a advertir a los pasajeros sobre las zonas peligrosas de cada ciudad y a aconsejarlos para que gitanos o gente de mal vivir no les robaran ni asaltaran si los turistas alguna vez se atrevían a apartarse del rebaño, los paseos en el bus de turismo se parecían más a las instrucciones que Colin Powell daba a sus generales para la operación "Tormenta del desierto", que inició la Guerra del Golfo. Era obligatorio realizar estas reuniones de instrucción. De lo contrario, la culpa de lo sucedido a los turistas habría caído sobre sus hombros. No obstante, había cierta tranquilidad. Las empresas japonesas de turismo están cubiertas por un completo seguro que las protege de los múltiples peligros de los viajes al extranjero. Y si un siniestro llegase a ocurrir, las quejas de los pasajeros se alcanzarían a oír en embajadas, cancillerías, ministerios de RR.EE., palacios presidenciales y comisarías.

No degollaron a ningún viejecito en las orillas del Sena. Los gitanos ni se aparecieron cerca de la Plaza Mayor, en Madrid, para "carterear" a los apresurados fotógrafos. Ninguna señora de sombrero fue amenazada, en Milán, con el lema de Spaguetti Western: "la bolsa o la vida".

Todo ocurrió en un tour nacional, en uno de esos breves altos al fuego. Perdida en una remota y tranquila prefectura japonesa, algo pasó a la hora del almuerzo con el bolso en que nuestra conductora de "tours" guardaba el dinero que pagaría el restaurante, la entrada a museos y otros servicios. Los doscientos mil yenes se volatilizaron. Pudo haber sido un turista, el conductor del bus, o ella misma. La empresa optó por creer esto último y le descontó de su salario la pérdida. No hubo quejas. No hubo denuncias en ninguna comisaría. La empresa no quiso crear molestias ni perder la cara. Tampoco había un seguro comprometido. ¿Por qué habría de haberlo? Todos sabemos que en Japón el crimen no existe.

Osaka, 1996