La historia de Genji

AMÓ MÁS MUJERES que el mismo Don Juan; descubrió más kimonos del cuerpo de damas que ningún varón sobre la Tierra, empero no fue amenazado con las llamas del infierno, como su homólogo cristiano. No fue ni pío ni impío, sino noble. El único puño que se levantó en su contra fue el de la rivalidad del linaje y la política, las consideraciones sobre su origen bastardo y ese misterioso pathos japonés (mono no aware) que corre paralelo al tiempo inexorable, irrecuperable, en que belleza y fealdad; juventud y decaimiento, se funden, produciendo la exaltación cultural más profunda de la Era de Heian y configurando el secreto en torno del que aún gira furtivamente el imaginario nipón.

Educado en la corte, Genji aprendió a convertir la poesía en criptografía para enamorar mozas y damas que pudiesen llenar un vacío freudiano, dejado por la muerte de su madre antes de tener edad para recordarla. Así, la poesía sirve para expresar sentimientos e, incluso, ocultos deseos: el poema adquiere en su época, y gracias a las infinitas lecturas de las palabras japonesas, dimensiones de crucigrama; nos remiten a miles de significados que, una vez entendidos, cautivan los sentidos y nos llevan hasta las puertas mismas de la hermosura de lo efímero.

En una sociedad dividida en tres castas; la última de las cuales ni siquiera consideraba humanos a los hombres, Genji, hijo del Emperador, pero de dudosa ascendencia materna, constituía una cabeza de playa para la penetración de una familia semi noble en las altas esferas cortesanas. Y Genji tomaba las flores y las marchitaba, repitiendo el castigo que recibió al nacer: la belleza de su desconocida madre nunca logró superar la fuerza del linaje. El agraciado cortesano fue verdugo de las mismas mozas que resemblaban a su procreadora; opacado por la sombra de su condición de bastardo, hizo de la juventud y la belleza un rito dispendioso.

En ese ámbito cortesano no existe el trabajo. Tampoco la administración de los asuntos mundanos. La corte y sus esferas más excéntricas son un paraíso, cuya formación no es exclusiva de algún dios, sino de los nobles que lo habitan. Ellos crean sus leyes, su estética. Son ellos quienes establecen códigos tan sutiles que nuestro mundo occidental, e incluso el japonés moderno, no son más que zafias muestras de malgusto.

No son sólo waka, poemas breves de treinta y una sílabas, dispuestas en cinco líneas (5-7-5-7-7), los factores venerados. Es la naturaleza entera el punto de partida. Los elementos sencillos: flores, hojas de árboles y plantas, colores y olores. Claves secretas que dan vida a un universo más allá del alcance de nuestras ridículas experiencias modernas sojuzgadas por la moda. Hay en el tiempo de Genji una riqueza expresiva exquisita a través de gestos, poses y sutiles intenciones. Sirva como ejemplo que el reconocimiento de las mujeres de la corte o allegadas se hace por medio del olfato. Es el aroma impregnado en las telas de los formidables kimonos (más a la usanza de la corte china) la llave que servirá para conocer la identidad de la dama en la oscuridad de la noche. Son la belleza y el estilo de un poema anónimo los rastros que nos llevan a conocer a su autor.

Son los blasones, una flauta, una flor, el cambio de estaciones y mil delicadezas, los fundamentos empleados a comienzos del s. XI por la autora de la La historia de Genji (Genji monogatari), Murasaki Shikibu, los que hay que inspeccionar para acercarnos al mundo de la sutileza y de los encantos japoneses. A pesar de la obsolescencia de muchas de las claves de esta novela, la primera de su género, La historia de Genji nos acerca a los intrincados motivos por los que los japoneses han elaborado un mundo silencioso, donde ciertos gestos mínimos adquieren un inmenso valor y donde la insinuación subyuga al lenguaje directo.

Osaka, 1996