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Mitos modernos japonesesALGUNOS ESTUDIANTES aventajados de español intentaban encontrar hace un par de semanas los mitos sobre los cuales se funda la sociedad japonesa de hoy, basados en un texto del escritor François Brune, titulado De l'idéologie aujourd'hui (Acerca de la ideología actual). Antes que nada, la mayoría estuvo de acuerdo en señalar que los mitos japoneses diferían bastante poco de aquéllos que se encuentran en la base de nuestra "modernidad"occidental; nuestra mitología contemporánea. Por esta razón los reseñamos. Según Brune, la mitología contemporánea está compuesta de cuatro mitos intocables: 1) El mito del progreso; 2) La supremacía de la técnica; 3) El dogma de la comunicación; y, 4) La religión de la época. Para Brune, el progreso es una realidad, pero también una ideología. El mito del progreso nos dice que no podemos detenernos, que debemos seguir desarrollándonos, cambiando, evolucionando. Nadie se atrevería a retroceder. Este mito es bastante más comprensible si lo contrastamos con visiones de mundo circulares o cíclicas (tales como las de algunos pueblos amerindios), en las que el progreso es una cruel ironía o una franca falsedad. La supremacía de la técnica es también una realidad, pero no deja de ser una ideología. En nuestro mundo moderno se relega la toma de decisiones al dictamen de los criterios técnicos. Uno de los ejemplos que da el mismo autor dice relación con el hecho de que se espera controlar los contenidos violentos de la TV mediante artilugios electrónicos que, una vez instalados, sirvan de cedazo y censuren los contenidos deseados. De esa manera, los padres podrían hacerle un bypass a su responsabilidad de inculcar a sus hijos valores que resuelvan ése y toda la cadena de problemas asociados. Se prefiere usar la tecnología para solucionar problemas humanos; para comunicarnos mejor, necesitamos cada vez más aparatejos; pero al mismo tiempo nos apartamos de la gente con la que queremos comunicarnos. Es una realidad y una ideología el dogma de la comunicación. Tenemos que estar comunicados, interconectados; expuestos y accesibles a todo el mundo. Sin embargo, los contenidos de la información recibida vienen mezclados con publicidad o sobre su soporte. Aún más, el sociólogo Marshal McLuhan había dicho ya hace bastante tiempo que el medio mismo es el mensaje. De otro lado, el mundo representado por los medios de comunicación vendría deformado: abundan los estereotipos y hacen que el receptor se ajuste a "su visión del mundo"(la de los mismos medios). Los medios se constituirían en perfectos canales de reproducción del resto de la mitología que apunta Brune. Por último, la religion de la época es tanto una realidad como una ideología. La época es "la modernidad". Necesitamos "adaptarnos a la evolución". Nuestras falencias son justificadas echándole la culpa al "tiempo en que vivimos", como si la forja de esta época no dependiese de nosotros mismos. Los estudiantes reconocen que estos mitos están en la fundación de la sociedad japonesa moderna, pero también se atrevieron a exponer uno muy marcado: el mito del pragmatismo. La sociedad japonesa, dicen, es pragmática. No está del lado de las grandes ideas, del pensamiento sublime, sino más bien se atrinchera en el espacio de lo útil; aquello que podemos usar en nuestra vida diaria. Cualquier proyecto que se aparte de la utilidad práctica es violentamente dado de baja, apartado o exterminado. La producción cultural del país cumpliría más con el propósito (útil, por cierto) de divertir a la gente, para que continúe produciendo, "progresando", que con el de relevar los signos de la tribu, las verdades imperecederas, de generación en generación. De allí que escritores como Kenzaburo Oé, o realizadores como Oshima Nagisa, no tengan ninguna resonancia nacional y sean enclaustrados o encasillados en el círculo de los "pesados". Incluso los más tradicionales son meros nombres en las listas de famosos. Da pena decirlo, pero en Japón, durante la enseñanza básica y secundaria, no se lee ni siquiera a Kawabata, tampoco a Mishima y menos a Tanizaki. La cultura ancestral va desapareciendo por su falta de pragmatismo, porque éste rechaza todo aquello que no produzca resultados visibles, medibles: la adoración de la poesía y los poetas; la veneración de los trazos de un ideograma; la meditación que surge en torno de la preparación y servicio del té; o la lectura de una obra de corte filosófico. Al igual que los anteriores, este mito parece que ha florecido del mismo modo en nuestro mundo, pero por las características arriba señaladas, en Japón, debido al rechazo del intelectualismo, se están erradicando, a pasos aún más agigantados, grandes valores culturales y se está imponiendo la idea de que el desarrollo se alcanza, únicamente, por la vía material. Osaka, 1996 |
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