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Tacones lejanosLAS PIERNAS de mujer, si están bien cuidadas, son un arma mortal. La masculinidad entera ha sido rehén de un par de ellas. Espigadas o regordetas, depiladas o no, según los gustos culturales o el favoritismo individual, las piernas son pares homicidas. Desde los años cincuenta, en que comenzaron a ser exhibidas con desenfado y hasta premeditación, las hemos visto más descubiertas que cubiertas; más explicitas que sugeridas; más manifiestas que latentes. La novela La llave (Kagi), del genial escritor japonés Junichiro Tanizaki, se puede leer casi como una apología de las piernas japonesas a la antigua: un poco curvas, formando un arco hacia dentro y bastante gordas. El personaje del obseso profesor de mediana edad que fotografía compulsivamente, con una polaroid, a su mujer sedada y desnuda de todas las maneras posibles, descubre en estas extrañas sesiones que ella es casi la última generación de piernas típicamente japonesas. "Más que espigadas, como las piernas que parecen de extranjeras", nos confiesa el académico en su oscuro diario íntimo, "siempre me han gustado aquellas un poco arqueadas de la mujer japonesa chapada a la antigua, tales como las de mi madre o de mi tía". Las piernas japonesas han cambiado, pero lo que han logrado hacer mínimamente las hormonas del pollo o la carne vacuna, lo ha conseguido de forma rotunda la moda de las zapaterías. Todo con un afán elástico de estirar al máximo los músculos y coyunturas, de ganar altura y de que las piernas impacten estéticamente. Así, las extremidades que antes medían 45 cm., ahora parecen de 60. Súmese a esto el uso de estudiados calzones que moldean anatómicamente y dan un toque seductor a lo que de otra forma pasaría desapercibido. Y es que Japón hechiza; las chicas han crecido en el seno de una sociedad tecnificada hasta el punto de producir máscaras del tipo Misión Imposible. Sin embargo, el ojo cauto del observador notará que los oasis no son más que arena del desierto. Al desplazarse, el embrujo se rompe de golpe. Allí, donde las fieras deberían caminar cual galgos o atractivas panteras negras, el espinazo se retuerce, la columna se dobla y las caderas sufren el castigo de las prótesis, convirtiendo el desfile de modas en un esperpéntico festival de zancos hispanos, de esos donde los chavales deben demostrar su agilidad y equilibrio. En los accesos se demoran como nadie. Obstruyen el paso. He visto chicas trastabillar, escalera abajo, y descender dos o tres peldaños con el trasero. A una, se le quedó la plataforma (no se puede llamar zapato) en la entrada de la boca del metro. Otra, si no coge el pasamanos, habría terminado en el suelo. Todas renquean pero sufren en silencio el castigo de la moda y de la esbeltez. Más que tacones, las chicas de hoy llevan verdaderas plataformas petrolíferas adosadas a los pies. Los zuecos o tacones de más de 10 cm. producirán más de alguna anomalía en la columna vertebral, pero estas son materias demasiado terrenales para gacelas que sólo pretender huir de las fieras y saltar por la sabana de asfalto de las grandes urbes, por sobre las espigas de los ojos, hasta alcanzar el cielo. Osaka, 1996
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