Arrabales japoneses

SALIENDO DEL centro cosmológico, que esa estación impersonal de metro o tren, en medio de la línea férrea urbana, uno puede perderse en los arrabales del tiempo y la memoria. En las calles del barrio hay señales contradictorias: torres de alta tensión a pasos de un antiguo taller de confección de pisos de estera (tatami); transformadores de alto voltaje junto a escuelas que han querido ocultar su horrible arquitectura con madreselvas que envuelven todo el edificio; automóviles modernisímos circulan con destartalados utilitarios de laboriosos artesanos; oscuros bares de mala muerte se esconden frente a grandes y asépticos supermercados.

Mas allá están los pequeños almacenes, cuyos dependientes ven la televisión sin perder la esperanza de que llegue el último y fantasmal cliente de la noche. Las agrupaciones de casas antiguas, cuyos materiales como la madera, la piedra y el bambú se niegan a desaparecer en un mundo de cerámicas y revestimientos de alta tecnología son una especie de agujero negro que se traga la luz de la ciudad. Cuántas familias trabajan en tintorerías, cuántas costureras aún realizan arreglos y confecciones. Cuántas peluquerías. Los asientos de la parada del autobús son las sillas dadas de baja de las residencias de la esquina; cada anciano tiene la suya. Una casa desvencijada sirve de centro de reuniones del vecindario, adonde acuden las amas de casa en la obligatoria bicicleta.

El barrio se diluye a medida que caminamos, incluso no hay alumbrado público y el viento se cuela por galpones y bodegas de desconocidos oficios. Los habitantes vienen de tomar el baño con su palangana y la toalla colgando del cuello. A orillas del río, se reconocen las casas de los recolectadores de basura por sus camiones verdes estacionados en improvisados aparcamientos, cerca de un campo de béisbol abandonado. Más de alguno tiene instalado su negocio automático en la fachada: una máquina vendedora de bebidas que no aparecen en los comerciales de TV. Todas las latas cuestan cien yenes. Una ganga, si se tiene en cuenta que cerca de la estación están a ciento diez.

Cruzamos la calle y regresa la luz al barrio. Unos pocos jóvenes esperan a sus enamoradas. Un par de chicas conversan por medio de teléfonos móviles con quién sabe quién. Vuelven los supermercados cerrados y sus ofertas cotidianas. Al final de la calle nos espera la estación, los horarios y los repetitivos anuncios. Atrás queda el suburbio del arrabal.

Osaka, 1996