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¿Quién gobierna en Japón?LA PRIMERA incoherencia del sistema politico japonés que advertimos en la prensa japonesa ocurrió durante el caos que siguió al terremoto Hanshin, que asoló principalmente la ciudad de Kobe. Un periódico de cobertura nacional decía que la policía había decidido que no iba a detener ni a deportar a los extranjeros ilegales que buscasen ayuda y que por razones de pérdida de trabajo, vivienda y otras, quisieran volver a sus respectivos países. La medida, que me pareció oportuna y humana, era, sin embargo, completamente incoherente y arbitraria. Mientras que el gobierno y la maquinaria burocrática estatal estaban completamente paralizados, esperando que las órdenes paliativas recorrieran, ida y vuelta, el circuito compuesto por cientos de eslabones jerárquicos, y al tiempo que muchas víctimas morían por la inacción de la Administración, la policía, de motu proprio, decidió que no iba a procesar a los ilegales. Dicha institución se saltaba así todos los órdenes constituidos: era la policía, no el Ministerio del Interior o el de Justicia, la que tomaba la decisión. Aún más, ni siquiera son los ministerios los organismos competentes llamados a cambiar la ley o actas de migraciones según las circunstancias. Es el Parlamento el único organismo competente. Para ilustrar la situación de otra manera, podríamos decir que de pronto el verdugo actuó como juez y jurado y si bien esta vez perdonó al condenado, no es de suyo exonerar ni sentenciar. Con las últimas elecciones hemos descubierto otra incoherencia en el seno de la política japonesa. Otro periódico de tirada nacional decía un par de semanas atrás en su editorial que los medios de comunicación deberían ayudar a informar al público sobre los cambios en el régimen de elecciones, ya que los posibles electores no entienden el sistema proporcional que se aplica para escoger los quinientos escaños de la Cámara Baja. Informando al publico se habría podido asegurar una mayor participación en el proceso electoral. La pregunta pertinente es quién, entonces, cambió el sistema de comicios, ya que la gente, o las bases, como dicen los políticos, no están enteradas de cómo votar. En otras palabras, el cambio del sistema eleccionario nunca fue debatido a escala nacional, como docenas de otras leyes que se aprueban entre gallos y medianoche. Si hay algo que los medios informativos podrían hacer para contribuir verdaderamente al despertar político de Japón y fomentar el concurso de la ciudadanía es generar un clima de debate nacional de todos los temas tratados en los proyectos de ley que el Ejecutivo envía a la Dieta para su aprobación y no meramente hacer un llamamiento postrero para intentar subir, a última hora, el número de participantes en las votaciones. Sin este espíritu de debate en las bases, los partidos políticos continuarán presentando una indignante homogeneidad programática y al no existir presión social continuarán deshonrando promesas y desoyendo al electorado, como lo han venido haciendo por más de cuatro décadas. Osaka, 1996 |
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