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Mito Komon y Don QuijoteDURANTE MI ESTANCIA en Japón, he sido testigo de pocas escenas de agresión o violencia callejera. Muy pocas. En la primera que recuerdo, hace ya algunos años, venía cómodamente sentado en un tren de la línea circular de Osaka. De pronto, desde el carro contiguo entró un borracho. El hombre, que se tambaleaba en el tren como hielo agitado dentro de una coctelera, reconoció que yo era extranjero y comenzó a insultarme, profiriendo quién sabe qué palabras. Seguramente pensó que era estadounidense, pues era esa la única voz distinguible de la retahíla de murmuraciones, gritos, sonidos guturales y escupitajos. Así pasaron unos tres minutos de insultos en los que ninguno de los pasajeros del atestado tren dijo ni hizo absolutamente nada. Yo mantuve mi posición meditativa, tratando de no aspirar el tufillo apestoso del beodo. Cuando el borracho comprendió lo inútil de su conducta y se aprestaba a lanzarse sobre mí para estrangularme o aferrarse a algo, ya que el vagón se movía bastante, el tren frenó bruscamente y fue a dar al lugar de donde vino, golpeándose contra la puerta del carro, rebotando y cayendo sobre el suelo. Allí se quedó, semiconsciente, babeando y arrojando una espuma espesa, mientras la imagen del extranjero, probablemente, se perdía en los entreverados caminos de la mente. La segunda escena sucedió hace pocas semanas. Una noche, a la salida del trabajo, vi que enfrente de la estación un hombre, de treinta o cuarenta años, golpeaba de manera inhumana a una mujer. Él le decía algo así como que tenían que hablar, pero, en vez de hacerlo, seguía castigándola con una serie de derechos y reveses que le dañaron seguramente los nudillos. Me acerqué a la escena con esa actitud quijotesca del deshacedor de agravios hispano, que bien o mal todos llevamos en la sangre. Le pregunté a la mujer si necesitaba ayuda, con lo que el hombre volteó y me dijo que no pasaba nada y continuó dándole golpes, ignorando mis palabras. Miré a mi alrededor con la esperanza de encontrar a algún policía y fue entonces que comprendí cabalmente la situación. Había mucha gente observando la escenita. Un hombre de gafas la contemplaba desde su coche estacionado a cinco metros; una señora la divisaba desde una improvisada atalaya, a menos de veinte metros; los taxistas de la parada, ventana abierta y brazo apoyado en el marco, la contemplaban también. Recordé al borracho y esa solidaridad japonesa; pensé que Mito Komon, el anciano samuray desfacedor de entuertos de la televisión japonesa, era una falsificación y que nunca superaría a don Quijote. Me marché del lugar sin hacer ruido, todavía exaltado. A veces los extranjeros actuamos como en el circo de Roma. Osaka, 1996 |
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