Siglo XX, cambalache

ESTA SEMANA, y tras un año de oficio, es muy difícil escribir en esta columna algo que tenga sentido. Mientras que en Japón los efectos de la corrupción de la burocracia llegan a cotas insospechadas y aterradoras, en África las cosas no marchan nada mejor, y con esto no nos referimos al Secretario General de la ONU. La única diferencia es que aquí no nos morimos de hambre, pero el sentimiento de que el ser humano no ha conquistado mucho en este siglo XX sobrepasa cualquier optimismo y el sinsabor está en la boca de las gentes del mundo entero. Los políticos parecen trabajar para engrosar sus bolsillos con dinero fiscal, ampliar sus redes de influencias, y las cúpulas económicas, los grandes conglomerados, siguen rapiñando, en nombre de la globalización y el libre comercio, sin dar señales de un futuro hartazgo. Si en la centuria pasada fueron los imperios los que vivían a costa de sus colonias, ahora lo son unos transmutados e inasibles gigantes económicos que viven a costa de las aldeas globales. Al final pagamos nosotros, los individuos de a pie. Y en el caso de Zaire, esta constatación es doblemente cierta y triste.

Los beneficios que se habían conquistado a través de sindicatos, movimientos sociales o ideales de igualdad están desapareciendo por la competencia internacional y el culto a la productividad. Es bastante improbable que el sistema de empleo vitalicio japonés sobreviva las reformas administrativas y el ajuste estructural de la economía que deberían haberse practicado justo después del estallido de la burbuja. El futuro de las pensiones es también bastante incierto y el dinero invertido en salud y servicios geriátricos ha ido a parar a las cuentas bancarias del club de amigos del ministerio del ramo. La misma prensa japonesa se ha vuelto, repentinamente, en contra de la burocracia y ha mostrado unos colmillos que no sabíamos que tenía.

Pero aunque los corruptos salgan en las pantallas de la TV o en las primeras planas de los diarios, qué podemos decir cuando una sola fotografía proveniente de Zaire o Ruanda nos arranca el alma. Muy a pesar de Enrique Santos Discépolo, creador del tango Cambalache, los que han llorado no han mamado. El resto de la línea en lunfardo permanece inmutable y fidedigna: "el que no afana (roba) es un gil (tonto)".

Osaka, 1996