Desarrollo 

DENTRO DE la panoplia ideológica moderna la idea de progreso y desarrollo (no el humano, por cierto) tiene un lugar preponderante. Acuñadas por los ideólogos de turno y repetidas hasta el cansancio por los medios de comunicación de masas que mueven pieza para acceder a los dineros de la publicidad y desbaratar a la competencia, las nociones han sido implantadas en el tejido social. Así, los países en vías de desarrollo tienen que hacer ciertas operaciones que les permitan convertirse en desarrollados; los gobiernos se vuelven gestores o administradores de los sumos intereses económicos que aseguran la prosperidad, productividad y mantenencia del sistema, y si no hay más remedio y se traiciona a la gente, al electorado, todavía queda la excusa, la salida secreta, de que vivimos en un mundo competitivo.

Japón ha puesto su mirada en nuestra América Latina. Con anterioridad, la había visto de refilón como un mercado modesto, pero como un proveedor cada vez más importante de materias primas. Ahora, los recursos escasean en el Sudeste Asiático. Por poner sólo un ejemplo, los bosques y las selvas han sido talados sin reflexionar apenas en la nueva noción de desarrollo sustentable, la selva virgen de las Filipinas, Indonesia y Malasia son recuerdos de un pasado esplendor. No queda otro camino que salir a buscar los recursos madereros a las Américas, donde sus países apuestan fuerte por el desarrollo.

Aquí hace su aparición el tema de la ayuda para el desarrollo. El primer ministro Hashimoto anunció durante su reciente visita a Chile la entrega de 650.000 dólares, proveniente de un fondo japonés mantenido en el Banco Interamericano para el Desarrollo -el término es bastante recurrente y original. El lector pensará que tal suma será usada en la transferencia de tecnología, educación o cooperación técnica; en el desarrollo, precisamente. Pues acertó, ya que se usará en un estudio de factibilidad de una carretera transandina que habrá de unir Chile, Argentina y Brasil. Si Perú se adelanta (aunque, por lo visto, se ha apostado por Chile) , los recursos de la Amazonía saldrán por sus puertos. Si Chile llega tarde, de igual modo la selva brasileña será embarcada por puertos del Pacífico, para beneficio de nuestras macroeconomías. Es decir, nosotros enviaremos recursos forestales, fruta, cobre, celulosa, vino y uña de gato y recibiremos manufacturas (vehículos, maquinaria y otros bienes de consumo). Cuando pasemos a la segunda fase de desarrollo, cuyo representante y bandera es México (hay que ver cuán desarrollado está), entonces llegará la tecnología y podremos cantar nuestros himnos nacionales sabiéndonos participantes del primer orden mundial u organizar otra Cumbre para hablar de Fidel Castro o de la ley Helms-Burton, de igual a igual, con el Grupo de los Siete.

Osaka, 1996