Juegos de pelota

QUIZÁ EL mayor cambio cultural sucedido en Japón desde la época de Meiji no ha sido el ocasionado por la ocupación estadounidense, el ejemplar desarrollo económico o la interconectividad de los japoneses en el Internet. El mayor cambio social sería el producido (o el reflejado) por la entrada del fútbol profesional en 1993 con la creación de la J-League, liga japonesa de balompié, por la fuga de pítchers del béisbol a los equipos de EEUU y por la reciente creación y cultivo de estrellas más individualistas, menos conservadoras y amarradas a los esquemas que intentaban forjar el alma juvenil.

Si el béisbol, introducido profesionalmente en 1935, en su variante nipona, es el deporte del espíritu japonés que propugna diversas nociones como la disciplina, el orden, el trabajo en equipo, el sacrificio y la obligación social, el fútbol representa la cara occidental, donde la espontaneidad, la creatividad y el individualismo sobrepasan los modelos grupales. No por nada el antropólogo Brian Moeran señala en uno de sus estudios que "los mismos japoneses admiten que el kôkô yakyû, como se le llama al béisbol de secundarias, es uno de los últimos festivales nacionales que han sobrevivido". La fuga de brazos japoneses al béisbol estadounidense es una demostración de que hay una clase de jóvenes deportistas, liderados por Hideo Nomo y Katsuhiro Maeda, que no acepta el autosacrificio de lanzar doscientas pelotas al día por orden del entrenador o recoger cientos de pelotas hasta caer exhausto (senbonnokku), a costa de arruinar el físico a temprana edad y que prefiere emigrar, cuidar el cuerpo, ganar más dinero y fama: ser más individuales. En el béisbol norteamericano esas prácticas son consideradas inhumanas. En Japón, la salida de Nomo fue calificada como "egoísmo" y "mala actitud".

El público del béisbol es muchísimo más tradicional. Se comporta en el estadio. Aunque algunos rompen las reglas, al alentar a figuras rebeldes, como Godzilla Ichiro, la gran mayoría apoya de manera ordenada a su equipo con homogéneas cornetas y maracas que suenan al unísono. La aficición del fútbol es más salvaje; pintan sus caras, ondean caóticamente banderas y carteles que no son producidos en serie, saltan en los asientos y graderías como bárbaros, acompañados de gritos de guerra internacionales como el antonomástico "olé". Evidentemente, hay mucha diferencia entre la cultura del espectador del béisbol japonés y la del balompié.

Los triunfos de la selección nacional japonesa de fútbol en la arena internacional, sobre todo al vencer a Brasil en Atlanta y durante esta reciente copa asiática, están consiguiendo que este deporte maldito eche más y más raíces, para regocijo del capo de la FIFA, João Havelange. A pesar de las críticas, el menosprecio inicial y las previsiones de que no duraría mucho en el país, el fútbol está cobrando fuerza y transmitiendo la idea de que Japón puede ganar en creatividad, espontaneidad y, por encima de todo, goce. El autosacrificio está quedando un poco rezagado en el tablero marcador de ambos deportes. 

Osaka, 1996