Sueño entre dos mundos

ESCRIBO ESTAS líneas de fin de año cuando aún cientos de rehenes viven un destino incierto en manos de guerrilleros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, en Perú. En Chile, se han levantado las medidas restrictivas a la circulación vehicular de la capital y la ciudad rebosa en gases tóxicos, mientras la gente hace sus compras navideñas en el marco de un consumismo feroz que los hará sobregirar, una vez más, los escuálidos presupuestos familiares. En Argentina, el desempleo remata la vida de jubilados y provincianos y vuelve locos a los bonaerenses. En España, se ventilan las alcantarillas de las escuchas ilegales llevadas a cabo por militares y revelan una oscura red de intereses, desde banqueros hasta políticos y altos funcionarios del ex gobierno socialista, pasando por alguno que otro juez y el director de un periódico. De Japón, no digo nada porque he hablado todo el año.

Recuerdo que cuando comenzó el semanario, toda nuestra atención se volcaba hacia allende el océano Pacífico, o de los montes Urales. Posteriormente, esa lente se fue concentrando en nosotros; en los residentes hispanohablantes: nuestros problemas, nuestros sueños, nuestros pequeños pero grandes logros. Creo que ignoramos por demasiado tiempo los cambios que experimentaban nuestros respectivos países, sobre todo los hispanoamericanos. Ahora que la corrupción no da más en Japón y que se han alcanzado niveles de saturación social, la realidad hispanoamericana es de nuevo protagonista.

Vivimos, de alguna manera, emparedados entre Japón e Hispanoamérica (y con esto quiero señalar también a España). Encandilados al principio por un Japón materialmente desarrollado, hemos descubierto, con el paso de los años, que no hay recetas milagrosas y que las panaceas universales son producto de la imaginación medieval. Existimos mejor en sueños en que preferimos esta tierra de nadie, este no estar ni aquí ni allá. Unos optamos por la crítica, otros por el silencio, pero todos viajamos en la misma nave.

Sin embargo, nuestro paso o estancia en este país no ha sido ni será en vano. Nunca antes habíamos estado mejor comunicados. Se ha roto el monopolio instaurado por aquellos que nos hacían ver sólo lo que ellos querían que viésemos. Se ha abierto un gran espacio de debate, donde todos hemos participado; incluso ha llegado la TV digital. Hemos ganado en derechos. Ciudadanos latinoamericanos han torcido el brazo a la arbitrariedad en el otorgamiento de visados. Muchos han participado en actividades municipales y Japón nos ha dado de alta para ocupar ciertos cargos estatales. De aquí en adelante dependerá, como siempre, de nuestra voluntad, de nuestras metas y de nuestra honestidad.

Si hay algo que hemos aprendido es que por más que estemos aquí, alejados de nuestra tierra, lo que se cuece en casa es tan importante como lo que nos sucede en el país anfitrión; la dosis justa de conciencia de la realidad nipona con la de nuestros países potenciará esta experiencia maravillosa, única e irrepetible de vivir entre dos mundos, como ciudadanos de un nuevo orden, o de ninguno. Debemos recoger lo mejor de estos dos universos, para no ser, a la postre, perdedores en ambos. Más allá del progreso económico, del dinero depositado en la cuenta o los objetos que deseamos adquirir, sólo avanzaremos espiritualmente si entendemos que las relaciones personales y sociales deben desarrollarse en el marco de la verdad -no de la mordaza ni de la venda-, la compasión y la integración de los mundos, por difícil y antipático que esto pueda ser.

Osaka, 1996