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Bonsái de TroyaENTENDIDA LA cultura como los valores compartidos por los miembros de cierto grupo, las normas que cumplen y los bienes materiales que crean -según una de las definiciones usada por la Sociología-, debemos analizar el aparente retraso japonés en la exportación de su propia cultura, según consignan algunos pensadores y críticos estadounidenses, pues no habría tal rezago, sino más bien un liderazgo secreto. Calificada por Marc Bosche, profesor de la Escuela Superior de Ciencias Económicas y Sociales de París, como 'colonización invisible', la cultura japonesa ha penetrado los muros nacionales y se ha instalado, para quedarse, en el corazón de cada industria, calle y hogar del Mundo. Bosche plantea que Occidente no sólo ha adoptado el modelo de gestión industrial japonés, el del "cero defecto", la "calidad total" y los "círculos de calidad", sino que los productos llevan furtivamente una concepción nipona. La tendencia a miniaturizar los bienes parece a primera vista como una respuesta obligada a la escasez de espacio en grandes urbes como Tokio y Osaka, sin embargo, para el presidente de Sony, Akio Morita, existe otra explicación: "La miniaturización, las formas depuradas han seducido desde siempre a los japoneses: nuestros baúles eran armables, nuestros abanicos se plegaban, nuestras pinturas se enrollaban". A comienzos de la revolución electrónica, con la aparición del transistor, son las industrias japonesas las que, contracorriente, insisten en la portatilidad de radios y tocadiscos, hasta que la misma Sony introduce en los ochenta el concepto de "walkman", un magnetófono tamaño de bolsillo. La miniaturización es una forma de aprovechamiento del espacio pero es también un medio de capturar la esencia del producto, que a diferencia del diseño occidental (más inclinado a crear una necesidad) está destinado a satisfacer una demanda o deseo puntual (escuchar música en un vagón de metro; tomar fotografías en cualquier lugar, aun a pesar de haber olvidado la cámara en casa; ver las noticias de la TV en el automóvil mientras se espera la luz verde, etcétera). A la corriente instaurada por los japoneses se han sumado otras iniciativas foráneas. Los modelos portátiles de PC, "notebook" (tamaño de cuaderno), "laptop" (cubierta levantable), fueron introducidos, en tanto idea, por Toshiba y luego desarrollados por otras industrias de la competencia en lo que se vislumbra como una gigantesca guerra por lo minúsculo. La telefonía móvil es otro ejemplo de las secuelas de la miniaturización y la compactibilidad japonesas. Otro tanto lo son las cámaras de vídeo, jibarizadas unas tres veces su tamaño original y que permiten grabar imágenes en los sitios más impensados, sin incomodar ni a usuarios ni a retratados. Posteriormente tenemos una serie de productos tecnológicos con valor simbólico añadido: los videojuegos familiares, que llevan el salón público al hogar. Sus tramas y dinámica nacen de juegos de corte violento pero recientemente han ampliado su esfera para llegar a incluir, siempre de manera lúdica, contenidos instructivos infantiles. Esta penetración en Occidente es de tal magnitud que estudios efectuados en los Estados Unidos a principios de los noventa revelaban que Mario, el personaje de los juegos de Nintendo, se había vuelto más popular que el tradicional ratón Mickey. Es difícil medir los efectos que estos bienes culturales tienen en nuestras vidas y los mismos japoneses, sus propugnadores, están a ciegas. Lo cierto es que estos productos y su ideología tecnológica inherente están por doquier: en los hogares, en la forma de consolas de videojuegos, vídeos y computadoras personales (cuyo tamaño se inspiró en la miniaturización japonesa); en la oficina, en copiadoras, impresoras, facsímiles (diseñados en un principio para telecopiar complicados ideogramas); y en la calle, donde abundan los "walkman", "discman", teléfonos celulares, cámaras de vídeo liliputienses y las recientemente aparecidas gafas videorreproductoras, agendas electrónicas, juegos "gameboy", buscapersonas, calculadoras solares y hasta vehículos "utilitarios". Marc Bosche cita a Carl Gustav Jung, y nosotros lo calcamos: la suerte de los colonizadores sería la de ser invadidos por la cultura de los vencidos. Osaka, 6 de enero de 1997 |
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