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Hypocrisy Inc.COMO UNA prolongación de un suspense norteamericano, o el corolario de un thriller hollywoodense, pero por sobre todo un nuevo ejemplo de la hipocresía política estadounidense, escrito en los anales de la infamia, el Departamento de Justicia del Tío Sam acaba de negarles la entrada a su territorio sacrosanto a dieciséis honorables ciudadanos japoneses. Los pobres ancianos, en su mayoría sobre ochenta años de edad, no podrán visitar el verdadero Disneyland -no el remedo tokiota-, la meca de la diversión consumista infantil y familiar. Sin "pasaporte" ni dinero del banco de Tío Rico, el castillo de Blancanieves se desvanecerá en la bruma de la arteriosclerosis. Se perderán las maravillas de la tierra de la "pesadilla americana", que no del iluso american dream. Estos viejecitos fueron cosa seria en tiempos mozos. Unos se dedicaban a prostituir a la fuerza a muchachas coreanas, y de paso se las llevaban a la cama donde se quitaban la guerrera y se soltaban los machos; otros experimentaban con cobayas humanas. Formaban parte de la tristemente gloriosa Unidad 731 que sacrificó miles de "cuerpos con vida" con fines científicos que dieron a Japón superioridad bélica químicobacteriológica. Pero estos mozos del Ejército Imperial y de la Ciencia japonesa estaban destinados a conocer a hombres aún más ambiciosos, impúdicos e ignominiosos que ellos mismos: las fuerzas de ocupación estadounidenses que llegan a Tokio tras haber hecho añicos Hiroshima y Nagasaki con armas atómicas. Los americanos deciden lavar en casa la ropa sucia de sus ocupados y quedarse con los horrorosos secretos de la Unidad 731, bajo el pretexto (propagandístico y posterior; una vez comenzada la Guerra Fría) de que los rusos podrían apoderarse de esta nueva tecnología militar. Negocian. Se intercambian camisetas, como en los partidos de fútbol, o corbatas, como en las cumbres. Al final, las fuerzas de Mc Arthur se quedan con información confidencial que ha costado incluso vidas estadounidenses y los soldaditos del Emperador de las alas de cera reciben un singular perdonazo, mejor que las leyes de punto final de las democracias latinoamericanas. Cincuenta años más tarde el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, en un supremo acto de Derecho, pone a los perpetradores de los crímenes más bajos contra la humanidad, y cuando éstos sobrepasan los ochenta años, en una lista negra que les impedirá obtener visado. Se les priva a estos honorables señores del placer de poner los pies en el suelo que han pisado grandes secuestradores de la raza humana. Lo peor de todo es que, como prodigio providencial de un kamikaze que sopla sobre la Administración de William Clinton, el Capitolio y el Obelisco de Washington D.C., los ancianos no se pierden nada. Osaka, 17 de enero de 1997 |
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