Temporeros contra asalariados

TORPEDEADAS POR la inercia de la política nipona, las esperadas reformas administrativas navegan lentamente por el mar de los Sargazos. Se teme que esta entrada en el mundo de la competitividad global le cueste a Japón el sistema de empleo vitalicio del que tanto se habla en ultramar. Da pavor la destrucción de un modelo que le trajo riqueza y estabilidad. Pero si la apertura del mercado del arroz, la carne, los cítricos, en desmedro de un sector industrial agropecuario sobreprotegido, significó hasta cierto punto el término de la cerrazón japonesa, la estabilidad del empleo no se ve amenazada, porque ésta nunca ha existido. El asalariado japonés es un mito más de entre muchos que pueblan esta tierra de leyendas.

Esa imagen del japonés asalariado; el samurái urbano, representa tan sólo un tercio de la población activa del país. Los otros dos tercios de la fuerza laboral nunca han escuchado las palabras "empleo vitalicio" ni han podido ascender la difícil escala jerárquica de la industria japonesa. Sólo un 0,2 % de las corporaciones emplea a más de 1.000 trabajadores, por lo que también se nos desvanece la imagen de la corporación nipona repleta de asalariados y laberintos burocráticos. El 16 % de los puestos de trabajo lo provee la mediana empresa (entre 100 y 1.000 trabajadores), último bastión dónde se encuentra, en estado puro, el empleo vitalicio.

El perfil medio de la población activa es un hombre o una mujer que labora en la pequeña empresa. No recurre al transporte público para acudir al trabajo. Estas pequeñas empresas son, normalmente, subcontratistas de las grandes corporaciones y su propósito es manufacturarles partes y servir de colchón para aumentar la competitividad de la economía o superar las crisis y períodos de baja que tiene todo ciclo económico. Muchas de estas industrias son familiares. A diferencia de otros países industrializados, donde el autoempleo o el trabajo familiar no supera una media de 15 % de la población activa, en Japón, éste llega a casi un 30 %. Es decir, un tercio de la población activa está a su suerte y no cuenta con las garantías ni con los beneficios del milagro japonés, mucho menos con empleo de por vida. El resto de la fuerza laboral navega otras aguas, de color más oscuro: el empleo temporal, que puede ir acompañado de contratos a plazo fijo; y el trabajo donde se paga estrictamente por horas, mejor conocido en japonés como "arubaito".

De este modo, un tercio de la población activa trabaja en grandes y medianas corporaciones y goza de estabilidad. Otro tercio lo hace en pequeñas empresas de menos de 100 empleados, o negocios familiares que no cuentan con empleo asegurado; y por último, el sector de servicios (comercio, restaurantes, diversión, etcétera) termina absorviendo a la masa más flexible de trabajadores, en su mayoría mujeres, que reciben un mero jornal. Lejos, muy lejos, queda la imagen de seguridad del empleo vitalicio. Serán esos dos tercios de la población activa más perjudicados los que, como siempre, pagarán la inserción de Japón en la carrera internacional por la supresión absoluta de las barreras arancelarias y comerciales, no la clase laboral privilegiada.

Osaka, 24 de enero de 1997