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Balada digitalELLA ERA una geisha celular y perfecta. Se depilaba las piernas con un aparatejo electrónico, somático, que le dejaba la piel sedienta de aire fresco. Su rostro era reproducido incontables veces, como un mosaico, por las 525 líneas del tubo catódico y en los panales de cuarzo líquido de esas televisiones planas que les ponen a los asientos de los zeppelines. Los niños se deleitaban con su imagen de heroína en cueros, a punto de caer en las fauces de un dragón misógino, repetida en las pantallas de videojuegos portátiles. Sus padres intentaban hablar con ella a través de agentes de espectáculos y contestadores telefónicos que nunca devolvían las llamadas. Su novio, el tonto de turno, la triangulaba usando el buscapersonas, el móvil y el navegador del coche, hasta que un día la voz digital y constipada de la fibra óptica le confirmó que ella le había engañado, que nunca le había querido; no más que a su carrera meteórica de diva telemática: el móvil no podía ser localizado o estaba fuera de alcance. Y los números sumaban: dinero; mucho dinero. Y las voces preestablecidas, repetidas por los miles de compactos digitales que la consolidaban como una superventas, cantaban en guarismos y latinajos perecederas letanías con cierto touch gregoriano posmodernista. Platinada, semidesnuda, sabiéndose objeto de deseo y atención, caminaba felinamente por el escenario y por las pupilas de millones de inquisidores que se servían cocteles tropicales para pasar el frío invierno tokiota junto a la tele. Y cantaba; mucha voz no tenía, pero cantaba. Cuando hubo finalizado el concierto, se le acercó el productor y le ordenó que le entregara el celular, las llaves del apartamento en Hawai y la colección completa de "manga" de Akira que le había prestado. Hubo un amago de bofetada, pero se contuvo: era una geisha, y las geishas no golpean ni a sus mecenas ni a sus amantes. Cuando la cintura se pobló de escarpadas líneas y el sobrepeso la bajó de golpe del escenario pensó en llamarlo. El celular era inubicable en el laberinto de antenas y campos magnéticos. Quiso, instintivamente, refugiarse en esa vieja y ermitaña cabina telefónica que los había unido, pero recordó que las cabinas telefónicas sólo existían en los museos de tecnología Suntory y en los documentales nocturnos de la NHK. Durante la ducha, por primera vez, no encendió la televisión de pared de la bañera. Al contacto de la toalla de acrílico lloró dígitos cristalinos y salados. Recordó el primer día, cuando era una quinceañera y tuvo que bajar de su habitación a medianoche para rogarle a su padre, última generación de asalariados de una compañía de alimentos, que pagara, por favor, la factura sobregirada del portátil. Afuera, otra geisha, flor de un día, ofrecía sonrisas sugerentes en las pantallas gigantes de las grandes ciudades. Comenzaba a llover sobre Tokio la misma lluvia de ayer. Osaka, 7 de febrero de 1997 |
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