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Tokio no es JapónVUELVO DE una ciudad del interior, en la prefectura de Fukushima. Allí, la gente es sencilla: hombres que en su mayoría nunca han residido en grandes urbes. Las tres salas de cine todavía pasan películas de Arnold Schwarzenegger y el festival porno, rotativo, idéntico al de cualquier sala de pueblo hispanoamericano. La actividad comercial de las calles céntricas ha descendido abismalmente durante los últimos cinco años. La gente ya no compra en el casco urbano. Prefieren los grandes almacenes y supermercados que se han instalado en las afueras, a causa del entendible bloqueo de los tenderos más antiguos y de la falta de espacio donde construir almacenes y aparcamientos enormes. El centro de la ciudad es un pueblo fantasma: una estación de ferrocarril, un barrio de bares donde los ebrios se pelean en plena calle y a plena luz del día, y los típicos hoteles que reciben a los vendedores capitalinos. Un borracho entra en el bar de la estación y comienza a hablarle al dueño del local. Ha regresado a casa y nota que todo está cambiado. Él es uno de esos campesinos que después de la cosecha debe emigrar a Tokio y trabajar de jornalero en la industria de la construcción. Los escasos tres clientes que estamos en el bar nos retiramos, hartos de oírle gritar. El dueño, muy comprensivo, le conmina inútilmente a que se vuelva a casa en taxi. El parque automotor ha aumentado notablemente. Los vehículos atochan calles estrechas que no fueron diseñadas para tal tráfico. El transporte público es, por otra parte, un Parque Jurásico: demasiado arcaico; el último autobús pasa a las 9:00 p.m. El automóvil se vuelve indispensable. Los grandes almacenes son un mundo aparte. Hay una intensa competencia comercial, no de precios, pero sí de servicios y calidad de instalaciones y accesos. En menos de dos años se han abierto dos grandes almacenes y un hipermercado. Estos oasis, en medio de arrozales y viviendas, congregan a la familia completa, siguiendo el esquema de las ciudades norteamericanas: la plaza europea (o la estación de ferrocarril japonesa) es sustituida por el centro comercial de la periferia; la actividad social gira en torno del consumo dentro de un mismo recinto. La industria no se ha expandido, salvo el sector de servicios. No obstante, hay iniciativas plausibles. Este año las corporaciones locales se han decidido a reclutar a los profesionales jóvenes emigrados. Una forma de contribuir al U-turn (vuelta en U): la reversión de la migración de las zonas rurales a las grandes ciudades. El divertimiento por antonomasia es la televisión. Los aparatos permenecen encendidos en las casas durante doce o más horas: sirven de compañía. No hay restaurantes de comida extranjera, tampoco espectáculos. No se conoce el Internet ni hay grandes librerías. Las que existen ofrecen una mínima parte de la producción editorial. En otras palabras, la industria televisiva con sus gustos populares, contenidos caricaturescos y reduccionistas, impera en el interior. Esta ciudad es un botón de muestra del desarrollo y tendencias de muchas otras. Lo es también de la desmitificación de ese Japón tecnológico, capaz, supuestamente, de idear modelos económicos y sociales nuevos. Osaka, 28 de febrero de 1997 |
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