Tanizaki, cuerpo y alma

LA TEORÍA literaria nos enseña la clara distinción entre autor (el hombre de carne y hueso que escribe) y narrador (el personaje o voz que cuenta o narra). Pero la teoría literaria es eso: teoría. Sin duda alguna estos elementos son importantes a la hora de analizar una obra. Sin embargo, los desbordes suelen ocurrir, y la relación entre autor y narrador se convierte, a veces, en el eje de la ficción: innumerables cuentos de Borges tienen como narrador y personaje al mismo Borges, un Borges extra e intra narrativo. Borges juega con esta relación hasta que el autor de carne y hueso pasa a ocupar un espacio ficticio, o sólo podemos entender (y disfrutar) cabalmente la ficción si nos basamos en el conocimiento de la realidad en la que se desenvuelve el autor.

Si hay alguien en la literatura japonesa que ha conseguido difuminar la distancia que separa al autor del narrador, ése es Junichiro Tanizaki (1886-1965). En dos de sus obras, que se desarrollan por medio del recurso del diario de vida secreto, Kagi (La llave) y Fûten rôjin nikki (Diario de un anciano demente), nos enfrentamos al Tanizaki-hombre, a la degradación que sobreviene con la edad y a las obsesiones sexuales que le acompañaron durante toda su existencia.

Ambos trabajos son los supuestos diarios de vida de dos hombres en su senectud: En el primero, el diario de un profesor y otro de su esposa; en el segundo, el de un hombre económicamente acomodado. En La llave, el profesor satisface su apetito sexual fotografiando a su mujer desnuda tras narcotizarla periodicamente, y concertarle, cual alcahuete de bajos fondos, un romance con el novio de su hija. En Diario de un anciano demente, el autor del diario sublima sus deseos observando, de manera voyeurista, los pies desnudos de su nuera y besándola en la espalda, al momento de la diaria ducha.

Estos diarios de viejos verdes nos van sumergiendo en un problema humano que a veces pasa desapercibido: la libido no disminuye con los años; la respuesta física, indudablemente, sí. Ambos ancianos se degradan por satisfacer, de alguna manera, sus impulsos y conseguir la salvación a través del conocimiento de este conflicto entre mente y cuerpo que, con el pasar de los años, adquiere una importancia trascendental.

La temática de estas obras lo es también de la vida de Tanizaki. En sus dos matrimonios, el autor es parte de triángulos amorosos que considera que son la llave de la felicidad. En otras palabras, para Tanizaki, la vida plena es la lucha entre dos hombres por una mujer, no importa cuán humillante pueda resultar. El episodio Odawara, en el que su primera mujer también tiene relaciones con el escritor Satô Haruo, parece ser que cambió completamente la vida de Tanizaki, y, consecuentemente, su literatura.

A lo largo de la lectura de las obras de Tanizaki, es casi imposible apartar o relegar al autor, que como un fantasma toma el cuerpo y lugar del narrador o personaje. La realidad supera, con creces, a la ficción, como solía decir Borges, o uno de sus personajes, si mal no recuerdo.

Osaka, 28 de febrero de 1997