El primer ministro

NUNCA TROTA, nunca se le ve caminar por la calle. A lo sumo practica kendo, el arte de la esgrima japonesa, con un devastado y ojeroso Mickey Kantor. Siempre que sale de su residencia oficial, o del Parlamento, se le ve flanqueado por guardaespaldas que no parecen japoneses, de esos que nacieron con un audífono incrustado en el tímpano izquierdo, mejor preparados físicamente que Kevin Costner y visiblemente menos excitados custodiando la vida de Ryutaro Hashimoto que las travesuras pasionales de la Whitney Houston.

En una nube de humo tabacalero (quizá la política japonesa sea patrocinada por una marca de cigarrillos), Hashimoto asiste a esas sesiones de fotografía y vídeo que lo muestran sonriente, detrás de una mesa de café baja, donde se han dispuesto tazas de té verde japonés de utilería y un cenicero de acero inoxidable, estándar. El Primer Ministro suele hurgar el bolsillo izquierdo de la chaqueta en busca de un paquete de cigarrillos liados, murmurándoles a sus interlocutores quién sabe qué palabras. Semiembutido en un sillón de brazos engalanados con albos hilados, mira a la cámara y a los segundones. Pelo negro de azabache o boca de lobo, brilloso. Copete estilo "cresta de la ola" presleyano, engominado, pasado por eterna brillantina, y una frente que no es precisamente fotogénica: siempre está cerosa y eso, lo sabe la gente de la TV, crea reflejos "que no se ven bien en televisión".

Pero don Ryutaro, ni ningún primer ministro japonés, ha cuidado en exceso la fotogénia, a diferencia de los actores de cine estadounidense que gobiernan el Amerika Mura (Villa Americana). Miyazawa era una suerte de sabio compacto proveniente de la resucitada trilogía de la Guerra de las Galaxias, Joda, o directamente inspiró a George Lukas. Murayama patentó el muñeco cejón, que se colecciona hoy junto con las Barbies y es difícil de encontrar en las jugueterías y casas del ramo. Hosokawa era el mejor presentado, una suerte de Kennedy japonés, pero se quedaba pegado en el micrófono de los salones de la prensa con un lato e interminable "este que eeeeee...".

Para ser presidente de cualquier país bananero de América Latina, es imprescindible tener alguna "gracia", a diferencia de Japón: aquí no se exige conquistar al pueblo (por cualquier vía, nótese). Pinochet tenía todas las gracias, le sobraban. Perón no tenía ninguna, pero la tenía a ella: a Madonna. Salinas De Gortari y Alan García tenían las suyas depositadas en bancos suizos. "El loco" Bucaram cantaba rock y ahora se pasó al tango: "Adiós muchachos, compañeros de mi vida...". Frei es aburrido: no canta, no bebe, no fuma, sólo firma tratados comerciales y vende vino chileno, ésa es su gracia. A Fujimori mejor le deseamos suerte, aunque demuestra que es seco para las declaraciones públicas y las excavaciones (¿será que es ingeniero?). De los países de la región, el único presidente que podría superar a Hashimoto es sin lugar a dudas el que habita la Casa Rosada: el doctor señor don Carlos Saúl Menem. Hasta guardan cierto parecido en el peinado. Las chuletas de Menem son un pelo más largas, pero se nota que tanto el Dai (Presi) como el Sori (Prime) se adscriben a la mejor onda de finales de los años cincuenta.

Hashimoto es, como Gardel, inmortal. Hay que verlo en esas fotos de agencias de noticias en Iguazú, rodeado de estudiantes y turistas todos en camiseta. No se entiende cómo sobrevivió el calor de Paraná vistiendo un jersey fino cuello de tortuga. Tampoco se entiende cómo se las ha arreglado para mantenerse en el vacío de poder. Sin duda, esa política que desafía las leyes naturales, que se inscribe de lleno en el arte o ciencia de la metapolítica, la antipolítica o la pospolítica es su mejor don y su mejor gracia.

Osaka, 28 de marzo de 1997