Sinsabores de estación

LOS HE VISTO en innumerables ocasiones. Rostros de preocupación. Miradas perdidas, más allá del horizonte de cemento. Los he visto en la salida de las estaciones, buscando, en los portales, refugio del sol, del viento o de la lluvia. Saben que queda poco y sus mentes juveniles repiten lo aprendido en las teleseries de las cuatro de la tarde, como eco de novelitas rosas que tocan las fibras más sensibles del corazón. Ellas se ensimisman; ellos buscan respuestas a preguntas que nunca han hecho ni harán. No tienen más de veinte años, pero eso no importa. Lo que dicen o dejan de decir no se encuentra en ningún manual de comportamiento para sobrellevar citas amorosas, porque estos manuales nunca les han informado sobre la parte menos llevadera de los noviazgos: el quiebre.

Podrían haber terminado en una cafetería. Podrían haberse paseado por las calles contándose lo mucho que se quisieron, lo poco que se toleraron y cómo los sueños de muchacho terminaron en pesadillas que los obligan a romper allí, en la estación. Podrían haber roto la relación en cualquier sitio, pero las estaciones (la palabra incluso nos sugiere un tránsito) están de moda o nos indican que estos muchachos, al igual que los vagos y desempleados de las grandes urbes japonesas, no tienen otro espacio donde llorar sus penas. Quizá los ánimos no estén tampoco para buscarse el lugar perfecto y los karaoke bo reestimulen la imagen del primer encuentro.

No son pocos. Los muchachos normalmente se tapan la cara con las manos. Las chicas, con la mirada perdida, inspeccionan en su interior. Normalmente guardan silencio. El chico le toma la mano y la acaricia. Ella sabe que ya es muy tarde, que los senderos del amor suelen malograrse por la maleza que nunca se ataja a tiempo y que crece, abundantemente, en el fértil campo de la incomunicación japonesa; aquella alimentada por los mismos manuales y las novelas de segunda línea que leyeron con la esperanza de romper el cascarón.

Y allí se quedan en las grises estaciones, los días de lluvia o de sol. Por supuesto, nunca he permanecido cerca lo suficiente para ver el epílogo. Sólo sé que las escenas del acto son lentas y penosas, y que la masa de gente que corre desde los tornos de inspección de billetes hasta las taquillas y viceversa, no hacen más que aumentar el contrastre entre sus prisas cotidianas y estas rupturas juveniles únicas y duraderas.

Podrían romper con aullidos, reclamaciones, querellas, rencillas, quejas y ladridos. Sin embargo, el silencio imperante duele más que cualquier palabra.

Osaka, 1996