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El acoso comercialEN UN vagón de metro cualquiera se cuentan sobre cien carteles. Los que cuelgan del techo anuncian la primicia de los titulares de las revistas de espectáculos, deportes, informativas y de banalidades; las más vendidas y leídas en Japón. Los avisos de hoteles, restaurantes y cosméticos también hacen su parte: tapizan las paredes. Las puertas automáticas llevan pegatinas especiales: "¡Cuidado con las manos! Beba el bálsamo de fierabrás". Y en la boca del metro unos chicos chapatsu (de pelo teñido de castaño) entregan pañuelos de papel envueltos en publicidad: "Llame al club telefónico de las chicas X", "cómprese los lentes de contacto en Cegatón", "Seguros Mickey Mouse", "Servicios Bancarios Snoopy". Los neones hacen su trabajo de noche. Intermitentes, siempre destellantes, anuncian las marcas comerciales de las grandes corporaciones. Se encargan de mantener la marca e imagen global de una compañía en la mente del público, esa cajonera cerebral que desplaza la marca por otra según el número de implantes comerciales a la semana. De día, las calles están repletas de anuncios de cigarrillos, refrescos y café. Pequeñas mercaderías llamadas convenience, encargadas de despojarnos del metálico del monedero, tienen puntos de venta omnipresentes: máquinas vendedoras (donde se puede adquirir desde té hasta preservativos), quioscos y pequeños almacenes que tienen de todo, de todo. En casa, si no es por la NHK o el disco compacto que también compramos en su momento gracias a los anuncios, asistimos al desborde de los comerciales. La TV nipona se encarga de subirles el volumen un par de decibelios más arriba que el grueso de la programación, sin apenas cuestionarse la ética del avisaje. Vienen en formato estéreo, para destacar. Son ruidosos. De los contenidos, qué hablar: en un cuarto de minuto nos dejan estupefactos con imágenes ridículas, grotescas o encantadoras. Rompen el esquema, por eso son efectivos. Después están esos exquisitos programas de televenta donde usted se lo puede comprar todo por sólo 9.999 yenes, en medio de suspiros y exclamaciones de sorpresa de anunciadores y un grupo de señoras que sirven de extras. El teléfono es otra arma publicitaria. Las compañías telefónicas de discado internacional han librado batallas interminables a través del auricular. Llaman sin invitación y dicen que el plan-de-conferencia-telefónico-familiar es más conveniente que el plan-telefónico-de-conferencia-familiar de la competencia. En el buzón, cientos de panfletos hermosamente ilustrados nos dicen que la pizza se compra en tal número, los electrodomésticos están más baratos en la tienda tal, los mejores vídeos pornograficos se pueden adquirir con tarjeta de crédito, sin moverse de su casa, y que incluso puede revolcarse con una muchacha Gatúbela o con un muchacho Batman en un hotel parejero por sólo 20.000 yenes. La noticia del alza del impuesto al consumo parece haber exacerbado la fiebre adquisitiva. Todos los años podría organizarse un alza similar, de un punto o dos. La economía terminaría de activarse. Claro que habría que ponerle un tope: cuando lleguemos al 100% de I.V.A., entonces se podría comenzar a pensar en otras medidas para incentivar el consumo, como extenderles franquicias tributarias a las agencias de publicidad, los medios de desinformación y los fabricantes. Sigamos vendiendo pomadas o aprendamos de estos doctores de la tajada, el porcentaje y la intromisión. Cuente las tarjetas plásticas o magnéticas de casas comerciales que le dan puntaje y luego descuento, los clubes a los que pertenece y los cupones de rebaja que guarda en la cartera. Verá lo que digo. En Japón sí que saben vender el burro en la plaza. Osaka, 4 de abril de 1997 |
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