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Los placeres de la carneRECUERDO ESAS compras de supermercado sudamericano -en España el fenómeno es algo reciente- y a la distancia me parecen obscenas: Medio animal trozado en un carro, haya sido cerdo o vacuno; un buen lomo, un filete; siete litros de leche larga vida, dos de yogur líquido, tres cajas de jugo de frutas; un par de kilos de harina, cinco paquetes de galletas, dos docenas de huevos; dos kilos de manzanas, otro de peras o naranjas, dos de plátanos, una lúcuma, una chirimoya; los infaltables limones, para la limonada o el pisco sour, según el lector; verduras, kilos de papas, de zanahorias; condimentos, coronas de ajo, paquetes de orégano; un queso entero de cinco kilos, gouda; unos buenos camembert; paté de ternera, de hígado, de cerdo; embutidos varios, chorizo, salchicha, longanizas, para atar los perros, morcilla que en Chile se conocen por prietas, jamón planchado, mortadela, etcétera, etcétera. Si la compra era semanal, se necesitaban fácilmente dos «carritos». Los padres coqueteaban con las contorneadas «promotoras» que daban a degustar productos: vino, pisco, aceitunas, quesos; las madres, a modo de venganza, metían algún artículo de lujo en el acorazado. El paseo por el supermercado se transformaba en un almuerzo de tapas y en un arranque desenfrenado de celos y pasiones. Algunas tiendas de departamento japonesas utilizan el sistema del pruebe y lléveselo, pero aquí son las señoras quienes se avalanzan sobre los encurtidos, paladean las salchichitas vienesas, pasadas por aceite de sésamo, y las diminutas lonjas de una cosa rosácea que llaman jamón. El marido de seguro se ha quedado en casa, viendo el béisbol por la tele. Sé que me voy a cargar encima a los budistas, pero no hay nada comparable al placer exquisito de contemplar una carnicería y rotisería de supermercado chileno. Esa exhibición grotesca de cabezas y patitas de cerdo; de perniles colgando del techo, de patas de jamón reposando en su panoplia, de butifarras; de interiores desgarrados sobre el papel mantequilla, esperando ser faenados en el asador; el espectáculo de la sangre cuajada y morada que se da tan bien cocida con los arroces graneados; el filete, la posta, los huesos llenos de médula espinal, las costillas y los despojos. Lo que hemos perdido en carne lo hemos ganado en tiempo y en tecnología en Japón. La cola que duraba unos quince minutos ahora es de tres. La cajera le despacha a uno en medio de venias como si estuviese en un funeral. Las cajas tienen lectores de barras, dan la vuelta automáticamente, cuentan las monedas, y uno compra tan poco lo que más abultan son las bolsas plásticas y los envoltorios nipones que la visita al supermercado parece más bien una exposición de cuadros lejanos y borrosos. Somos viscerales, más animales, más bestias. Mientras los animalitos son contemplados como tiernas mascotas en Japón pongamos el caso de un hermoso conejo, nosotros pensamos en cómo llevarlos a la parrilla. La desahogadora patada al gato por cabreamiento o algún malrato en el trabajo es inadmisible. Para qué hablar de la costumbre española de colgar al galgo de un árbol para despedirlo de este mundo. Destripadores, faenadores, descuartizadores, carniceros, llevamos el olor a matadero a cuestas. Osaka, 18 de abril de 1997 |
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