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SueñosME DESPERTÓ EL OLOR a vómito. Vómito acuoso, biliar; mezcla de alcohol y tripa. De inmediato acudieron esos botellones de vidrio marrón con etiquetas doradas que pregonan contener el mejor vino de arroz de todo Japón. También me arrebataron las imágenes de la televisión donde una chica estupenda, regiamente vestida de kimono, se sirve y bebe una copita espirituosa en el marco de un paraje celestial; de esos que tienen árboles enanos, hojas coloradas otoñales y manantiales de fresca agua. El flatillo de un borracho me hizo preguntarme qué relación había entre la japonesa del kimono floreado y el tufillo del beodo, sin llegar a concebir ninguna respuesta. El sueño y el nauseabundo olor cierran mis párpados. Cuando los abro, veo fantasmas de viejos samuráis que llevan chaquetas de cuero negro, bombachos de algodón de jornaleros de mal vivir. Ninguno se ha afeitado hace por lo menos una semana y apestan a tatami (estera) podrido. Después, recuerdo que alguien sermoneaba a la cuadrilla y le decía algo así como que en Japón éramos todos iguales y que el delicioso baño nocturno constituía un rito sagrado junto con la consumisión de marisco. Una cartilla de apuestas se escapa de las manos de un respetable señor y va a dar al lado de la mancha biliar. No son carreras de caballos, no. Eso ya lo he soñado, pero en Chile. Esta cartilla es de carreras de lanchas. Los pilotos ganadores posan para el periódico deportivo enarbolando copas gigantescas con inscripciones en bronce que dicen algo así como que la Reina de Inglaterra certifica que el piloto que sostiene el trofeo ha vencido al dragón de San Jorge. A continuación se me borra la película porque hay más espasmos y secreciones. Sueño que la puerta del vagón del metro se abre y entra aire fresco. Aire más limpio que todos los soñadores que me rodean. Ellos baten las cartillas y terminan de tirar al suelo las colillas de las apuestas desafortunadas. En la siguiente parada, el aire fresco se mezcla con el perfume de una mujer extranjera que evita el colapso total de su sistema respiratorio. Otro extranjero congratula a la mujer por el gesto humanitario del perfume. Yo no percibo ni lo uno ni lo otro: un aroma que no es de este mundo, sino el de los sueños. Los hombres se bajan en la estación que conmuta con el barrio de jornaleros, parados, prostitutas y esperpentos. Han soñado con una lancha alcanzando la meta, unas chicas de kimono dorado sirviéndoles interminables copas de néctar de arroz y unos gaijines (extranjeros) desubicados y fantasmales oliendo el hedor de un agua extraña, contenida en una botellita. Osaka, 1996 |
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