No leen el café, pero sí leen rostros:

Cúidate de mujer latina y de japonesa adivina

Arturo Escandón

ESCRIBE QUEVEDO en su Libro de todas las cosas y otras muchas más un tratado sobre el arte de la adivinación que es una burla a la ignorancia y a la inocencia, y un medio de arrancarnos risas. Si mal no recuerdo, decía aquella obra festiva algo así de la quiromancia, el arte o ciencia de la adivinación por medio de las rayas de la mano: "Las líneas de la mano, oh curioso lector, nos dicen que ella se cierra hacia dentro, por las coyunturas y no al revés".

Sin embargo, don Francisco de Quevedo hubiera quedado helado y se le hubieran caído la pluma, el pelo y los quevedos, al saber de la historia de una adivina japonesa que en Kioto hundió en el estupor no sólo a su fiel clientela sino a muchos escépticos con una predicción, o la falta de ella, que ensombreció a todos los oráculos de la Antigüedad, comenzando por el de Delfos.

Cuenta ya la leyenda que una estudiante de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto se acercó al puestecillo de la adivina en busca de su futuro y que ante la extraña negativa de la quiromántica de contarle su destino, ésta se marchó del lugar enfadada y murmurando maldiciones. Ni un día hubo de pasar desde aquel incidente para que la ciudad plena se enterara de que aquella irritada estudiante había fallecido en un inesperado accidente de coche.

La adivina, desde entonces, ha hecho su agosto; le han llovido estudiantes y curiosas deseosas de saber lo más preciado de una vida: su futuro. Ella trabaja en el sector de Kawaramachi, en Gion, el tradicional barrio de geishas, y es aún posible ver una larga cola de muchachas, y otras ya no tan jóvenes, junto a su mesita.

El arte de la adivinación no es nada nuevo ni exclusivo de una cultura. Ha existido desde siempre y en todos los lugares, pero lo que más llama la atención aquí, en Japón, es que las adivinas están, literalmente, a la vuelta de la esquina, detrás de unas mesas plegables y sentadas en esas sillas de excursión, esperando a su clientela en las largas noches de invierno, espléndidamente vestidas con quimono y boas; sus rostros alumbrados por linternas pequeñas que contribuyen a bosquejar el halo de misterio que procuran. Es verdad que en nuestros países hay gitanas que se encargan de escamotear a los enamorados y robarles de paso alguna monedilla, pero la adivina japonesa no habla con gitanismos sino, por el contrario, es educada y caracterizada, por no decir alfabetizada, adjetivo que le queda chico, porque conoce un abundante número de caracteres chinos y domina la grafología. Tampoco anda emparejada, ni roba niños de familias bien. Pareciera que su trabajo, más que de agorera, fuera de psicóloga: no faltan los que la consultan sobre problemas familiares, sentimentales, dejando a un lado el conocimiento su destino.

Un poco de historia

En el Medioevo japonés, conocer el futuro era un privelegio de emperadores y cortesanos. Un omóplato de ciervo era puesto sobre las llamas de una fogata hecha con cortezas de abedul. El destino se vislumbraba según el número y dirección de las grietas producidas en el omóplato por la acción del fuego. Tuvo que llegar de China un método más vulgar para que las multitudes conocieran su destino. En el siglo III, d. de J.C. la gente ayunaba por espacio de siete días para luego poner pedazos de corteza de abedul encendidos debajo de caparazones de tortugas marinas. También, como en el caso del omóplato de ciervo, se leían las grietas del interior de las conchas.

Adivina del barrio de Naniwa, Osaka. © A.E.


No fue sino hasta el siglo VII d. de J.C. que las artes adivinatorias tomaron un nuevo curso en Japón, con la introducción de la fisionomía, es decir, el estudio del aspecto del rostro. Se cuenta que un viejo fisionomista, que vivía cerca de la ciudad de Nara, predijo con asombrosa exactitud que el próximo emperador a la sazón sería Tenmu, también conocido por Príncipe Oama, alrededor del año 672. Desde aquel momento, la fisionomía vive un apogeo que ayuda a desarrollar una escuela japonesa propia, llamada jinso.

Hitler, el gran dictador

Sekiryushi, un seguidor de la fisonomía japonesa, pasmó a la muchedumbre al decir que la nariz de Adolf Hitler revelaba terquedad, autoestima y agresividad. El método usado por este adivino divide la cara en tres secciones. La primera, llamada jotei, va desde el puente de la nariz hacia arriba, y revela la naturaleza de la persona; la sección central, llamada chutei, desde los ojos hasta la base de la nariz, indica las cualidades heredadas; y la tercera sección, katei, que incluye la boca y el mentón, da cuenta del futuro. Si su jotei es larga, es decir, su frente es ancha, usted es inteligente, tendrá suerte y será querido por sus mayores. La parte más importante de la chutei es la oreja. Mientras más arriba nazcan las orejas, más fortuna y nobleza tendrá la persona. De la katei, podemos decir que una persona de mentón pequeño vivirá sus últimos días solitariamente. Un mentón grande refleja patriotismo y felicidad hogareña. Del primer ministro Murayama podemos afirmar esto último pero nos desconciertan sus cejas que cubren gran parte de su jotei, dejándonos en el más absoluto desamparo adivinatorio. Invitamos al lector a especular al respecto.

Mujer latina o japonesa

Las adivinas japonesas mezclan la fisionomía con la astrología y otras artes, dependiendo del cliente. La quiromancia japonesa, llamada teso, se desarrolló a partir de aquélla que llegara de China y salvó del desempleo a la clase samuray que vio en este método de adivinación un modo de ganarse el arroz de cada día. Muy similar a la lectura de manos conocida en Occidente, la quiromancia japonesa destaca la línea de la emoción, kanjosen; la línea de la inteligencia, zunosen; la línea de la vida, seimeisen, y la forma de los dedos y prominencias específicas de la palma, pero no habla de coyunturas quevedescas, ni de dedos sin falanges, que constituyeron en su momento un regalo de expiación de algún mafioso.

Con todos estos recursos de adivinación a mano, y teniendo la adivina japonesa a tanta gente en su palma, pensamos que Quevedo hubiera trocado el refrán que dice "guárdate de mujer latina (latina, en el sentido de sabihonda) y de moza adivina", cambiando a esta última por "japonesa adivina" y hubiera concordado con la más irrefutable de las verdades del Mundo: que los hombres vivimos, más a merced de las mujeres que de las artes adivinatorias o del futuro mismo.

Osaka, 31 de enero de 1995