Linda señorita Butterfly

Guzmán Urrero Peña

Es muy revelador que en este pequeño mundo lo exótico aún tenga cabida. Se lo digo a los desterrados que lean estas líneas, escritas para ellos, que fueron exiliados y acaso ahora son forasteros, a punto de ser etiquetados hasta en la sangre —¿alguien me explica qué es un emigrado de segunda generación?—. Y para demostrarlo les propongo hoy un juego perverso, que está construido con vaivenes, malentendidos, mucho arte, más una pizca de seducción. Juego éste acerca de mujeres, pues comienza con una pregunta sobre ellas, sobre las féminas japonesas: ¿Un tópico definitorio? Bueno, se lo plantearemos a cualquiera que habite en el latino universo y... ¿Alguien dijo la palabra geisha? Pues, bien, claro que acertó. Suena el término muy evocador, ¿no es cierto? Pero dejemos a un lado poesías y hagamos justicia a los científicos sociales y a las feministas: la verdad es que ese vocablo define la mixtificación más extendida sobre la mujer japonesa, tan acariciadora ella, sumisa, delicada, diminutiva e incansable poetisa. O, al menos, eso creen quienes, quizá sin saberlo, fueron desconcertados por las imágenes derivadas de una ópera, Madama Butterfly, que nos viene al pelo en esta columna pues, entre otras muchas cosas, trata de añoranzas, parejas mixtas (¡!) e incomprensiones debidas a la diferencia cultural. Cierto que todos, todos los que emigraron a este bendito archipiélago, descubrieron que Butterfly no existe, pero a estas alturas del milenio son muchos los paisanos de allende los mares que siguen convencidos de que es real, bien que vestida de moderno y quizá turisteando, pero real al cabo.

Hablar de Madame Butterfly es aludir al clisé de la geisha, uno de los más extendidos desde el auge del japonismo ornamental del siglo XIX, principalmente ilustrando con su efigie xilografías y porcelanas, pero también protagonizando piezas teatrales por Europa y América. A riesgo de ser demasiado prolijo, les diré que fue en el año 1896 cuando la compañía de Morell y Mouillot presentó en el Daly's Theatre londinense una función titulada The geisha. Sin embargo, una novela, Madama Crisantemo (1887), es la culpable del perfil definitivo de la geisha en el mundo cristiano. Su autor, Julien Viaud (18501923), más conocido por el sobrenombre de Pierre Loti, visitó Nagasaki en el verano de 1885. Como muchos marineros procedentes de los navíos que atracaban en ese puerto, Loti pronto descubrió un floreciente negocio de prostitución y trata de blancas; le ofrecieron contraer matrimonio con una adolescente y él, tentado por la carne, aceptó, tomando ese enlace como un puro pasatiempo circunstancial para hacer más llevadera su vacación en la ciudad. De los recuerdos idealizados del galo nació la antecitada novela, hoy presa de bibliófilos enfermizos como quien les habla, que descubren en sus pliegos mucho retal impresionista del Japón más folklórico, entrecosido con el romance fatal de esa muchacha cortesana a la que el pecador Loti llama mousmé (mala transcripción de musume), creando así una palabra adoptada luego por nuestros escritores modernistas.

Entre nosotros, parece que el escritor francés no andaba muy fascinado por el ambiente local. Fíjense que de los japoneses llegará a decir: «¡Qué fea, qué grotesca, qué mezquina es toda esta gente!» (1). Bueno, y con las mujeres no se mostrará mucho más galante: «Os concedo que sois casi lindas, a fuerza de gracia, de manos delicadas, de pies en miniatura; pero sois feas, en suma, y además, ridículamente chiquitas, con aspecto de muñequito de estante» (2). Ese desprecio generalizado y racista del literato francés por el pueblo nipón revela en gran medida sus propios complejos, aunque no es éste el espacio apropiado para psicoanalizar al bueno de Loti. De su peculiar carácter ya se encarga Lesley Blanch (3). Nos quedamos con las palabras de Vicente Clavel, que dibuja su existencia con «la melancolía como compañera inseparable» (4). En lo que atañe a su esposa coyuntural, de nombre Crisantemo, cabe destacar que su presencia en la pieza es poco más que decorativa, como si se tratase casi de un juguete lindo, carente de inteligencia y sólo dotado de afanes primarios.

Por absurdo que ahora nos pueda parecer, la importancia de Loti para el reflejo de la mujer japonesa en la cultura popular internacional es enorme (5). A buen seguro influyó en la vocación de Lafcadio Hearn y otros autores de fuste que se adentraron por las mismas sendas argumentales. El fotógrafo y novelista británico Clive Holland escribió su libro My japanese wife (1895) inspirado en Madama Crisantemo. Pero hay una imitación escénica que alcanzaría aún mayor renombre, exaltando el melodramatismo de la historia. Tras leer el texto francés, el autor americano John Luther Long escribió la novela breve Madame Butterfly (6), publicada por vez primera en 1898. Long, periodista de oficio, conocía diversos datos de la cultura nipona a través de el marido de su hermana, misionero en Nagasaki. En marzo de 1900, el empresario teatral David Belasco decidió añadir una función breve a la representación de la obra Naughty Anthony en el neoyorquino Herald Square Theatre. Eligió para ello Madame Butterfly y el éxito fue enorme. Pronto cruzó el Atlántico y comenzó a representarse en Londres, sobre el tablado del Teatro Duque de York. El crítico Francis Neilson, conmovido por el argumento, recomendó a Giacomo Puccini que acudiera a una representación. Fascinado, el músico italiano puso manos a la obra y completó una adaptación operística, Madama Butterfly, que estrenó el 17 de febrero de 1904 en el Teatro de la Scala, en Milán.

Resulta curioso que, a diferencia de la fantasía que envuelve a otras óperas, ésta haya sido presentada desde aquella fecha como un pieza de argumento realista, verosímil cuando menos. Indica Ernst Krause que «Puccini insiste en que la historia de su ópera ocurrió realmente. No le basta con contar fábulas románticamente» (7). Y nosotros le damos la razón, porque su comentario está ligado a la frase con la que iniciabamos estas reflexiones. Sorprende la necesidad de alimento exótico que tiene la cultura popular. Exotismo que es convertido por Puccini en certeza, pues funciona como un eficaz instrumento de clasificación del otro. Como Butterfly sirve para delimitar el espacio de la mujer japonesa en el imaginario, recurrirán a ella multitud de cineastas, historietistas y dramaturgos, en competencia por estilizar más y más a esa frágil mujercita que, asimismo, sublima el ensueño machista de Occidente. Ese turbio conglomerado, enriquecido con el paso del tiempo, hará muy difícil la tarea de desmentir el tópico. A ojos de un extranjero, toda japonesa tendrá algo de Butterfly.

Digo yo que, con tanta globalización, tiene un alto sentido que el mundo aún crea a un francés encaprichado de una prostituta y al genio italiano que compuso una ópera sobre ambos. Esa textura imperfecta del conocimiento de Japón, que toca a quienes estamos ligados a él por familia o residencia, necesita con urgencia una fe de erratas. Y sospecho que somos los latinos quienes más eficazmente podemos escribirla. El estímulo inicial es, precisamente, nuestra necesidad de ser mejor comprendidos en nuestra diversidad, despojados de esas etiquetas que siempre reducen lo humano al mínimo común denominador. 

Notas : 
(1) LOTI, Pierre: Madam Chrysanthemum (tr. española de Vicente Díez de Tejada, Madama Crisantemo, Barcelona, Editorial Cervantes, 1931), p. 18.
(2) LOTI, Pierre: Obra citada, p. 33.
(3) BLANCH, Lesley: Pierre Loti (tr. francesa de Jean Lambert, París, Editions Seghers, 1986).
(4) CLAVEL, Vicente: Prólogo de LOTI, Pierre, Novelas, Barcelona, Planeta, 1959, p. 9.
(5) Véase LOTI, Pierre: Le Japon (tr. española de Vicente Díez de Tejada, El Japón, Barcelona, Editorial Cervantes, 1931). Para una reflexión sobre su influjo, leer WILKINSON, Endymion: Japan versus the West. Image and reality, Londres, Penguin Books, 1991, p. 118.
(6) LUTHER LONG, John: Madame Butterfly, Londres, The Readers Library Publishing Company Ltd., s.f. El volumen incluye otros cuentos breves de Luther Long -Purple eyes, A gentleman of Japan and a lady, Kito y Glory- y se completa con dos narraciones de Clive Holland, The last dance of Mademoiselle Fan Tan y The love of Fuji San. Belasco colaboró con Long en la pieza teatral Harakiri, que sirvió de base al film alemán homónimo estrenado en 1919. Con guión de Max Jungk y realización de Fritz Lang, contaba en sus principales papeles con Paul Biesfeldt (Daimio Tokugawa), Lil Dagover (O-Take-san) y Georg John (Bonzo).
(7) KRAUSE, Ernst: Puccini Beschreibung eines welterfolges, Leipzig, Deutscher Verlag für Musik, 1985 (tr. española de Jacobo Mir Mercader, Puccini: La historia de un éxito mundial, Madrid, Alianza Editorial, 1991), p. 149. Véanse asimismo los escritos del prestigioso musicólogo español Fernando Fraga.

* Es periodista, crítico de cine y escritor español.