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La confección artesanal de pisos de
estera ya es un vestigio cultural:
La lucha de un artesano japonés contra la tecnología
japonesa
Arturo Escandón
Kenji Kusunoki no es el nombre de una máquina,
tampoco el de un robot japonés diseñado con tecnología punta. Kenji Kusunoki es un ser
humano que se levanta cada mañana pensando en que debe batir las marcas de sus
competidores eléctrico-mecánicos. Es uno de los pocos artesanos que quedan en Osaka y en
las urbes dedicados a la confección manual de tatami, los pisos de estera
que son parte indispensable de toda habitación que se precie de ser japonesa. El oficio
es ya un vestigio en un país conocido mundialmente por su innovación tecnológica y
sofisticada industria.
Kenji Kusunoki cose los extremos. © A.E.
Al igual que gran parte de la población activa de Japón, Kenji
Kusunoki aprendió el difícil arte del ensamblaje del tatami como se hacía
en el Medievo: "No he ido a ninguna escuela para aprenderlo. Es algo que me enseñó
mi padre. No existía ningún taller de enseñanza en Osaka, aunque ahora hay uno en
Kioto", explica. Sus hijos, que bordean los treinta años, también lo han heredado,
pero han optado por la forma moderna. En una sala contigua al taller del artesano tienen
dispuesta la máquina ensambladora. Ésta toma automática y programadamente la estera (omote)
y envuelve con ella una colchoneta de paja (toko). Luego la cose y remata
los bordes con una cinta que termina de sujetar el conjunto con idéntico rigor.
La estera se extiende sobre la colchoneta de paja.
© A.E.
Kusunoki asegura que el uso del tatami se remonta a la época de Nara
(710-794), en que se comienza a cubrir el piso con unas alfombras flexibles hechas de
junco. Esto coincide con la etimología de la palabra: tatami proviene del
verbo tatamu, que en japonés quiere decir «doblar», «plegar» o
«apilar», En la época siguiente, la de Heian (794-1192), la fastuosa corte imperial se
traslada a Kioto, la nueva capital; las alfombras de estera adquieren diversos espesores y
el color de las cintas que eran cosidas en los bordes, para prevenir que el tejido se
deshiciera fácilmente, señalaba el rango del establecimiento. El tatami
que hoy se manufactura en Japón data de hace unos 300 años y se ha convertido en una
unidad de medición estándar. Las dimensiones de una habitación no se miden en metros
cuadrados, sino en número de tatami. No obstante, esta unidad tiene
variaciones. El tatami de Osaka y Kioto, en la zona occidental de Japón,
mide 1,91 x 0,95 m. En cambio, el de Nagoya, en la región central, es más pequeño, 1,82
x 0,91 m. Famosa es la carencia de espacio en Tokio, la capital, y así lo demuestra el
tamaño normativo del tatami: 1,76 x 0,88 m., el más pequeño de Japón.
Las alfombras de estera esperan a ser puestas.
© A.E.
Se intenta respetar las dimensiones , pero hay excepciones: «Lo más difícil de este
oficio es que el artesano debe medir muy cuidadosamente la superficie donde se encajarán
las planchas de tatami. Esta superficie no siempre es rectangular, por lo
tanto es necesario elaborar tatami cuyos ángulos difieran ligeramente de
los 90°. Una equivocación de tres milímetros basta para echar a perder todo el
trabajo», asegura la mujer de Kusunoki, que acude al taller para servir a su marido una
refrescante taza de té verde japonés. «Las habitaciones de cuatro, seis u ocho tatami
son mucho más pequeñas en Tokio que aquí en Osaka», agrega. Además, las salas donde
se celebra la tradicional ceremonia del té utilizan un tatami especial,
tres cuartos del tamaño original, llamado daime-datami.
El artesano mide y vuelve a medir. © A.E.
Kenji Kusunoki toma un trago del agua que conserva en una de esas botellas enormes de sake
de color caramelo y la rocía desde su boca en los extremos de la estera, preparándose
para envolver la colchoneta. «Hay que mojar los extremos antes de doblarlos, para que no
se quiebren las fibras», explica. El hombre se mueve ágilmente en el taller. Mide,
comprueba y corta con un cuchillo de hoja curvada las planchas. «Las colchonetas no se
hacen más en Osaka, hay que encargarlas a Kyushu (archipiélago situado a unos 150
kilómetros al suroeste), pero por suerte hay un distribuidor local que las provee. La
estera se teje en Osaka, pero los juncos, subproductos del arroz, son difíciles de
conseguir en las grandes ciudades: cada día hay menos arrozales".
Siempre es necesario saltar sobre la plancha.
© A.E.
La familia Kusunoki no sólo ha conservado este oficio relacionado estrechamente con el
desarrollo cultural del país en torno a la utilización del arroz, el cereal oriental por
antonomasia, sino que también ha sabido mantener un estilo de vida ajeno al exacerbado
consumo que aqueja a la sociedad japonesa. Viven en una casa de madera de dos pisos en los
suburbios de Osaka. El taller es la construcción principal y fachada del conjunto. «A
los vecinos no les agrada tener talleres de tatami cerca de sus
residencias», dice la señora, «no les gusta ni el polvo ni los restos del material».
Sobre el mejoramiento de la calidad de vida de Japón, la pareja asegura que es
comprensible que los japoneses quieran gozar del lujo de la modernidad, pero que cada día
es más difícil para sus compatriotas establecer el límite de su capacidad económica.
«Es bueno ser ambicioso», dice la mujer, «pero la gente tiene demasiadas ambiciones».
«Los japoneses de hoy no conocen su verdadera capacidad y se engañan a sí mismos»,
agrega el marido. «Es importantísimo entender hasta dónde se puede llegar y ajustarse a
esa idea».
Un vecino llega al taller para pedir restos de
material. © A.E.
Es difícil concebir un Japón cuyas salas más íntimas carezcan de piso de estera, pero
no uno sin artesanos. Quizá por eso Kenji Kusunoki desea derrotar con sus propias manos a
las eficientes y frías máquinas que han hecho de esta nación asiática un modelo de
desarrollo industrial. Cada día es una pequeña pero gran lucha contra el tiempo y contra
la contemporaneidad: «Trabajo mucho; venceré a las máquinas», acaba diciendo.
Osaka, 8 de junio de 1997
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