El tiempo y sus máscaras

Guzmán Urrero Peña

¿Recuerda el lector aquella deliciosa merienda de locos ideada por el escritor Lewis Carroll? Hagamos juntos memoria: tenía lugar en su novela Alicia en el país de las maravillas, mediada la acción, cuando la Liebre de Marzo, el Lirón y el Sombrerero se dedicaban a sorprender con las más inesperadas y felices paradojas a la niña protagonista, casi patitiesa ante lo que vendría a ser la contrafaz de un convite civilizado. Memorable nos parece uno de los reproches del Sombrerero: «¡Ay! ¡Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo, no hablarías de malgastarlo, y mucho menos de matarlo! Se trata de un tipo de mucho cuidado, y no de una cosa cualquiera» (2). Lo curioso del asunto es que esa exclamación, incluso fuera de contexto, no es ni mucho menos trivial. Antes al contrario, significa una llamada de atención ante un elemento constitutivo del discurso social, que lo fundamenta en todas sus expresiones. Para comprobarlo, basta simplemente con pensar en todas las metáforas temporales a las que recurrimos para explicar nuestra realidad. Así, el historiador Pedro Voltes —con quien, humildemente, compartimos el gusto por la cita de Carroll— titula una de sus monografías El tiempo inmóvil (3), ilustrando desde el acierto esa imagen de la España eterna, con defectos y virtudes adquiridos en la noche de la historia, marcados a fuego, como si de una hierra de ganado se tratase. 

Como todos sus compañeros de disciplina, Voltes narra en su libro ciertos acontecimientos escogidos, ordenándolos en un devenir que resulta obvio para los lectores, legitimadores de su autoridad para tal propósito intelectual. Puede que todo esto suene a perogrullesco, mas, con independencia de si creemos a éste o a aquel otro historiador, lo innegable es que todos nosotros sin excepción creemos en la historia. Y esta actividad literaria, mucho menos científica y disciplinada de lo que pensamos, tenida por cierta pese a sus continuos vaivenes conceptuales, es justamente la paleta de que se sirve el discurso de valores dominante para colorear la imagen del Otro, cargando de luces o sombras aquellos contornos de época que así lo requieren. Y quede claro que al referirnos a esa cúpula de poder lo hacemos insertándola, con todos sus privilegios, en una circularidad de la que nosotros formamos parte, que no en vano somos también manipuladores y consumidores de los contenidos que se promueven desde ella.

Pero vayamos más despacio, que la prisa no hace buenas migas con la reflexión. ¿De qué tiempo hablamos en estas líneas? ¿Del presente perpetuo y recurrente de los poetas? ¿Del tiempo biográfico, curricular, de nuestras vidas? ¿Del tiempo cíclico de los mitos? ¿De ese tiempo interior del que hablaba el premio Nobel Henri Bergson? Claro está que depende del observador, pues la materia, como todas las que escruta la mirada humana, es subjetiva. Una metáfora clásica —muy apreciada por quien escribe estas líneas— nos puede aclarar la cuestión. Decía el filósofo Heráclito de Éfeso que no es posible sumergirse dos veces en el mismo río, pues el devenir permanente de las aguas dispersa y transforma el primer estado acuático con el que tomamos contacto. Dicho de otro modo, el tiempo es irreversible. Y, sin embargo, nos empeñamos en manipularlo, creando imaginarios bucles (4) que dibujen permanencias, cualidades inamovibles, sellos en la personalidad histórica de los pueblos... A no dudarlo, los estereotipos se conjugan en presente. Nuestros países pueden tener hoy algo del Romanticismo del XIX, ser caballerescos como el Medioevo o simplemente primitivos. Todo depende del rasero con que nos observemos/observen.

 Pero vivimos en un momento de hibridación universal. Las autoctonías desaparecen, dejando su espacio a un collage cultural cuyas raíces no son originales, aunque los resultados sí puedan serlo. Cierto, es difícil, si no imposible, conceptuar desde el rigor académico las identidades propias y ajenas, pero tomado a la ligera éste resulta un cometido bien sabroso para el común de los mortales, por no hablar de los analistas políticos o periodísticos, tan afanosos en la búsqueda de etiquetas llamativas con que comercializar lo idéntico. Y es el tiempo, cómo no, el patrón por el que se recorta la sombra del Otro. Metáforas como el atraso de determinado pueblo, o su inmovilidad, o incluso su adelanto, se sirven del reloj histórico, nunca inocente, para calificar y cualificar sin tregua. Los ejemplos son variados y están cerca de nosotros.

 Piénsese en cuántos historiadores españoles han ignorado o, peor, negado una historia precolombina de Latinoamérica, convencidos de que la verdadera civilización del Nuevo Mundo estrenaba calendario con la Conquista. Pertenecen al mismo entorno cultural que homogeneiza tras el peyorativo sudaca a unos primos lejanos del Trópico, no siempre de confianza, que por lo visto han llegado tarde al progreso, flojos, emocionados ellos con la pasión climática. Incluso algunos antropólogos de salón, de ésos que se retratan con aires de explorador junto a una palmera amazónica, afirman sin empacho que tal comunidad indígena vive en el Neolítico, evocando sin saberlo la multiplicidad de los tiempos subrayada por ciertos físicos. Y es que tan gráfica afirmación, sin matizar, queda a un paso del darwinismo social  (5), con lo que los mejores serían aquéllos más avanzados tecnológicamente. Desde luego, no se trata de posturas tolerantes ni cultivadas, pero proliferan con lamentable frecuencia.
 No obstante, la prototificación (6)  no es unidireccional. El gallego que en tiempos saltaba de los barcos, buscando quizás el sueño de Buenos Aires —símbolo cartográfico de la emigración hispana—, también llegaba con retraso a una tierra que era todo promesas. Chistes, muchos chistes hay sobre el asunto. Pero es más relevante la instrumentalización política de ese pasado común que, con todos los escalones que separan la leyenda negra de la blanca, se ha venido contando en sucesivas narraciones, desdibujando interesadamente el drama de la conquista, colonización y emancipación de las Américas, y también los inestables perfiles de nuestras identidades. Todos sabemos que la polémica histórica es de difícil, si no imposible, resolución. «El conocimiento real de España por los países de América —escribe el chileno Jorge Edwards—, como el de América por España, es pobrísimo y está plagado de prejuicios y simplificaciones» (7).

Dicho lo cual, cabe distanciar aún más al observador y al observado, si es que ambos pueden ser considerados exclusivamente como tales. La elección es inmediata: Japón será el tercer espejo que colocaremos en este breve juego de reflejos provisorios. Clifford Geertz subraya que «Japón, uno de los últimos lugares localizados “allende los mares”, o en todo caso uno de los últimos penetrados, ha sido siempre otra cosa. Ha sido algo así como el Objeto Imposible. Algo enorme, pulcro, intrincado y tremendamente atareado, que, como los dibujos de Escher, resulta difícil de computar» (8). Es por ello por lo que menudearon antaño las japonerías ornamentales, que tanto agradaron a nuestros literatos modernistas, desde Tablada a Darío; signos de un delicado universo medieval que aún es observado como tal por los medios de comunicación españoles y latinoamericanos. Suerte que esa imagen se solapa con la de los microprocesadores, pues de lo contrario serían aún más frecuentes esos figurines de cultura milenaria que llenan de sedas y sables los mass-media.

La novedad de la metáfora temporal nipona es que se propone como un fractal (9), una quiebra vertiginosa entre el ayer y el mañana. Eso, ahí estriba el detalle, nos diferencia en la mutua conceptualización. Japón es el archipiélago de los tiempos paralelos, del equilibrio inestable, cifrado con eficaz simpleza en el robot y la geisha. Amparados bajo el techo de la cultura popular, el mismo lapso que nos acerca al próximo modelo tecnológico nipón, retrotrae al espectador hacia un jardín de arena con varios siglos de diseño en cada surco.

Probablemente se nos dirá que es menos original la mirada que devuelven. Si los japoneses menos avisados imaginan una América festiva y luminosa, tropical, empobrecida pero optimista, dolorida por la violencia y radiante por la salsa, alejada de esa carrera por la modernidad que cronometra Estados Unidos, no es menos cierto que para ellos España es un objetivo turístico cuyos atractivos también se formulan en pretérito, merced a tradiciones apasionadas y raciales.

Todo vale en este juego con tal de fotografiar el ayer e, inadvertidamente, justificar un puesto más adelantado en el almanaque mundial que, llegado el caso, legitime determinadas actuaciones político-económicas.

El discurso histórico es valorativo y frecuenta la subjetividad, un mal inevitable, por humano, que afecta en mayor grado si cabe a los medios de comunicación de masas, engarfiados a esa metáfora del tiempo que aquí glosamos. Poco se puede hacer por diluirla, pues su difusión depende en mayor grado de los grupos de presión que se sirven de ella. Como bien apunta Edward W. Said, «el poder para narrar, o para impedir que otros relatos se formen y emerjan en su lugar, es muy importante para la cultura y para el imperialismo; constituye uno de los principales vínculos entre ambos» (10). El tiempo, entendido como una medida del progreso histórico, es un poderoso instrumento de apelación social que, lejos de relativizarse, es reforzado día a día. Sólo un mayor denuedo (11) por divulgar la variable complejidad de nuestros pueblos, siempre heterogéneos y mestizos, logrará ir erosionando ese patrón monolítico que legitima, manipula o ignora cambios y avatares en razón de fechas imaginarias. Lo contrario será siempre estereotipo interesado, servido en estado puro, sin esa variación infinita de grados que propicia la natural borrosidad de todo lo humano. Dicho de otra forma, nunca seremos modernos o primitivos en sentido excluyente; en todo caso podemos ser algo más modernos que primitivos, un poco medievales aunque también románticos, y así hasta la infinita policromía, colectiva e individual.

Llegados a este punto, ya próximo al final de nuestra reflexión, podemos pensar con Einstein que «la diferencia entre pasado, presente y futuro no es más que una ilusión, aunque sea tenaz» (12). Nuestro concepto del tiempo, etnocéntrico (13) y tecnologizante, es ajeno al que proponen distintas culturas indígenas. También es distinto al de la tradición japonesa. Esa relatividad debe hacernos pensar en lo inútil de fijar fechas para nuestra imagen o la del otro. El devenir humano es un constante mestizaje cultural y étnico que arrastra en su poderosa marea cualquier propósito de señalar la hora en que determinado rasgo diferenciador se hizo presente en un grupo social. Nuestra trayectoria histórica nos identificará en la medida en que ciertos acontecimientos de ésta sean empleados interesadamente para tipificar un supuesto carácter nacional o cultural. Dicho en palabras de Ernesto Sábato, «si retrocedemos en el tiempo, y en cualquier parte del planeta, no sabríamos dónde detenernos en la búsqueda de esa ilusoria identidad. (...) La historia es siempre sucia, intrincada e infinitamente mezclada. (...) Aceptemos, pues, la realidad humana como realmente es, y no nos empeñemos en bizantinas disputas sobre una absoluta identidad que no ha existido jamás» (14). 

Notas :
(1) Imaginario. Espacios imaginarios. Mundo irreal, fingido por la fantasía. Nota del Editor.
(2) CARROLL, Lewis, Alicia en el país de las maravillas, traducción española de Jaime de Ojeda, Alianza Editorial, Madrid, 1970, p. 119.
(3) VOLTES, Pedro, El tiempo inmóvil, Plaza & Janés, Barcelona, 1986.
(4) Bucle. Rizo de cabello en forma helicoidal. Nota del Editor.
(5) Darwinismo social. Existen muchas definiciones del fenómeno llamado darwinismo social o socialdarwinismo que coinciden, más allá de sus diferencias, en ver como rasgo distintivo de esta teoría la aplicación del evolucionismo al campo social. En general se ha dado este nombre a doctrinas sociológicas o, más exactamente, a ideologías político sociales que se han apoyado en algunas de las ideas generales dominantes en la teoría de la evolución orgánica de Darwin, complementadas a menudo por ideas procedentes del evolucionismo de Spencer. Fundamentalmente, el darwinismo social puede resumirse en las siguientes palabras de William Graham Sumner (1840 1910) que ha sido considerado como el más ferviente y extremado defensor de dicha doctrina: «...Quede bien claro que no podemos salir de esta alternativa: libertad, desigualdad, supervivencia del más apto, no libertad, igualdad, supervivencia del menos apto. El primer término de la alternativa lleva a la sociedad hacia adelante y favorece todos sus mejores miembros; el segundo lleva la sociedad hacia atrás y favorece sus peores miembros...». (Fuente: Micronet) Nota del Editor.
(6) Prototificación. Proviene de prototipo. El más perfecto ejemplar y modelo de una virtud, vicio o cualidad. Nota del Editor.
(7) EDWARDS, Jorge, Claves de la memoria olvidada, El País, 12 de octubre de 1991, citado en VVAA, El peso del pasado, Percepciones de América y V Centenario, Verbum, Madrid, 1996, p. 96.
(8) GEERTZ, Clifford, El antropólogo como autor, traducción española de Alberto Cardín, Paidós, Barcelona, 1989, pp. 125-126
(9) Fractal. Matemáticas. Espacio métrico separable cuya dimensión de Hausdorff es mayor que la dimensión topológica. Un espacio inexistente en la realidad, imposible. Nota del Editor.
(10) SAID, Edward W., Cultura e Imperialismo, traducción española de Nora Catelli, Anagrama, Barcelona 1996, p. 13.
(11) Denuedo. Valor, intrepidez. Nota del Editor.
(12) PRIGOGINE, Ilya y STENGERS, Isabelle, La nueva alianza, versión española de Manuel García Velarde, Alianza Universidad, Madrid, 1994, p. 303.
(13) Etnocentrismo. Tendencia emocional que hace de la cultura propia el criterio exclusivo para interpretar los comportamientos de otros grupos, razas o sociedades. Nota del Editor.
(14) SÁBATO, Ernesto, La lengua de Castilla y el Nuevo Continente, El País, 14 de abril de 1989, citado en VVAA, El peso del pasado: Percepciones de América y V Centenario, Verbum, Madrid, 1996, p. 122.
 

* Es periodista, crítico de cine y escritor español.