La oveja negra de Osaka:

Nacer y morir en Tsutenkaku

Arturo Escandón

EN LA gran ciudad de Osaka, en medio de la incesante actividad portuaria, industrial, financiera y comercial, existe un territorio que no responde al concepto del tiempo que la mayoría de los japoneses se ha formado. Entre el castillo de Osaka y el complejo de templos budistas de Shitennoji, desde siempre dos puntos cardinales de la ciudad, se yergue el emblema de este territorio de antaño, regido por sus propias leyes y donde el paso inexorable del tiempo, aparentemente, no ha dejado la huella de la modernidad, como lo ha hecho en el resto de Japón. El símbolo de este mundo aparte es una torre de 103 metros de altura, reconstruida en los años cincuenta, inspirada en aquella magnífica, edificada por Eiffel, en París.

La torre Tsutenkaku domina el barrio de Naniwa con su señorío de fierros y vidrios. De noche, sus lámparas de neón anclan el tiempo del vecindario a los años de su construcción; porque Tsutenkaku es el sitio donde aún podemos apreciar un Japón de paja y no de seda, un lugar que no ha sido "contaminado" por las tarjetas magnéticas, los trenes aerodinámicos, los cajeros automáticos, los contestadores telefónicos, los buscapersonas y las voces digitales que dicen irasshaimase ("sea bienvenido") cuando se abre sola la puerta de corredera del almacén.

Cruzando la frontera

A pocos pasos de la salida de la estación de metro Dobutsuen-mae, y a unos trescientos metros de la estación Shin-Imamiya, de la JR, un hombre de cuidado pelo corto y barba de tres días termina, de un sorbo, el vaso de sake One Cup Ozeki y camina rumbo a la callejuela Yan-yan, la de los bares baratos y los juegos de salón. En la galería de Yan-yan, la primera sala es para los aficionados al ma-jong, un juego chino de muchísima popularidad. La silla cuesta 300 yenes la hora. La sala está repleta. Los jugadores mueven las fichas, las reparten, piensan la siguiente movida, fuman y beben. Dos o tres tiendas más hacia la torre de Tsutenkaku, un salón de go, un juego parecido a las damas, alberga a unos cien hombres de gris, concentrados en sus partidas. Los curiosos los observan desde la ventana del local. Los jugadores no llevan chapelas ni boinas, sino unos sombreros flexibles de fieltro. Tampoco mueven piezas de dominó, pero la escena es asombrosamente parecida a la del bar de un pueblo español o hispanoamericano. La esencia es la misma: el tablero, las fichas, el alcohol, el amigo, el enemigo, la fama y las ganas de matar el tiempo.

Allí se puede jugar por el mismo precio del ma-jong o pagar 1.000 yenes por más de cuatro horas de entretenimiento. Claro que durante las dos o más horas necesarias para cada partida los parroquianos se sirven unas tapas, bocadillos o aperitivos, que en este caso no son jamón ni aceitunas sino pescado frito y pollo asado (yakitori). En el bar de enfrente la gente bebe de pie, arrimada al mesón. Ven el sumo por la televisión. Conversan en voz alta. Un tipo sale del bar y les aconseja a los transeúntes, en el mejor dialecto de Osaka, y con esa erre española, tan esquiva para el japonés: "Después de beber tienen que regresar rápido a casa. Apúrense". Él mismo se escabulle en el gentío, pero no podemos saber si se irá a casa o no, Tsutenkaku alberga muchas tentaciones más.

Torre de Tsutenkaku, emblema de Osaka. © A.E.

El sake más barato de Osaka

A una cuadra de la callejuela Yan-yan en el corazón de Naniwa, llamado Shinsekai, y ya muy cerca de la torre de Tsutenkaku, hay un bar adornado con linternas rojas y barriles de sake que proclama ofrecer el vino de arroz más barato de toda Osaka. Clientes no le faltan: una botella de dicho alcohol vale 250 yenes, y, por 500, es posible comprar dos botellas, más una pequeñita, cortesía de la casa. En otras palabras, uno puede emborracharse por una cifra bastante menor que la de cualquiera de los bares aledaños al vecindario.

Pero no sólo de vino vive el hombre. Unos pocos pasos más allá, en la calle de los teatros populares, hay presentaciones periódicas de dramas de samuráis. Curiosamente, el público no sabe qué obra es representada. Sólo importan los nombres de los actores; el estilo y el tema son siempre los mismos. Para los adultos, la entrada vale 1.000 yenes. Los niños pagan la mitad, pero no se divisan infantes: justo al lado de un teatro moderno hay una sala de cine pornográfico con inquietantes carteles que anuncian lo último del género.

Kioto contra Osaka

También en Tsutentaku es posible advertir la diferencia de mentalidad entre estas dos ciudades de la zona de Kansai. La calle de los restaurantes fue bautizada con el nombre de kuidaore, cuyo signifificado es que "se comen manjares pero se vive pobremente". En cambio, se dice que el estilo de vida de Kioto es kidaore, es decir que allí "se viste lujosamente pero se vive con pobreza". Esta calle Kuidaore, realmente ofrece buena comida. El preciado y mortífero pez-globo, fugu en japonés, cuyo hígado contiene un veneno capaz de matar al comensal si no es extirpado por manos expertas, es servido en al menos dos restaurantes importantes. Otros establecimientos se especializan en el tradicional sushi y el chankonabe, siendo este último la dieta obligada de los luchadores de sumo y una comida bastante parecida al cocido madrileño. Por suerte, en Tsutenkaku se puede comer bien y por poco dinero.

Un restaurante especializado en pez-globo utiliza
una lámpara con la forma del pez como anuncio.
© A.E.

A los pies de la torre hay un restaurante de lamen, fideos chinos, parada obligada de vecinos y turistas. Una señora, con su niña de la mano, entra y pide gyoza, empanaditas chinas, para llevar. Un tazón enorme de fideos cuesta 450 yenes; las empanaditas 180. Detrás del mesón, un joven camarero multidisciplinario (lava copas, cuenta el dinero, da la vuelta) toma un pedido telefónico mientras pone en la barra las típicas escudillas de cerámica con dibujos de dragones. Un paisano paga, se levanta y dice "osakini", algo así como "me voy, provecho" y se marcha. Un par de clientes asiduos esperan de pie. Piden un cubierto de pollo frito, arroz, sopa de miso y los infaltables tsukemono (encurtidos japoneses).

También, si uno desea cocinar, en Tsutenkaku puede abastecerse de todo lo necesario. En este barrio el frutero es y ha sido siempre el frutero, no un empleado del supermercado que un día está en una sección y otro en otra. Aquí el cliente puede regatear más que en el resto de Osaka. No es raro escuchar animadas conversaciones entre clientes y dependientes, las que terminan con este último dándole algún producto o comestible de añadidura al primero. Todo esto a grandes voces, para que se entere el barrio entero, situación tan poco común en el resto de Japón, donde tragarse la propia voz es un preciado arte.

Una barbería viene anunciando desde hace
décadas que corte y afeitada cuestan 500 yenes.
© A.E.

Mirador de la ciudad

El mirador de la torre Tsutenkaku es visitado diariamente por cientos de turistas y curiosos. El ingreso cuesta 500 yenes. Desde allí se ve el bullicioso sector de Shinsekai (en japonés "nuevo mundo"), con sus restaurantes, galerías comerciales, pachinkos, teatros populares y el barrio completo de Naniwa. A la distancia, también se aprecian el sector portuario, el castillo de Osaka, los templos de Shitennoji y la parte este de la ciudad de Kobe. Pero siempre lo que mejor se ve está a ras de suelo, en las calles de Shinsekai, en las callejuelas de este territorio misterioso. Porque este barrio, que algunos criticarán de imperfecto y pecaminoso y tratarán de hacerle la vista gorda, cobija las últimas relaciones humanas donde es posible encontrar una idea de colectividad. Donde las personas no se encierran en sus apartamentos y, paradójicamente, se incomunican con los medios de comunicación, sino que comparten una copa. En Tsutenkaku, la gente no juega con videojuegos unívocos sino que se desafían con una partida de damas o de ajedrez. Porque aquí, en el corazón de Osaka, los parroquianos alquilan menos vídeos y asisten al teatro de dramas, de sus dramas, y sueñan con castillos, espadas y amores de otros tiempos. Porque aquí, en Tsutenkaku, un lugar que muchos calificarán de pobre, el verdadero espíritu humano aflora con todos sus matices, y a veces, en este mundo de tecnología inmaculada, de perfección desmedida, de irremediable alienación, necesitamos que nos cuenten cuentos de paja y no de seda.

Osaka, 16 de enero de 1995