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1
de agosto de 1999
El
apocalipsis de la economía japonesa:
¿Cuánto
tiempo tardará Japón en transformar su economía?
OSAKA.- El comentario que el ministro director de la Agencia de
Planificación Económica de Japón (EPA), Taichi Sakaiya, hizo el viernes 31 de
julio acerca del estado de la economía japonesa parecía una más de las profecías
apocalípticas de Nostradamus que circulan con profusión en el país del Sol
Naciente: «No
podemos descartar la posibilidad de ver un aguacero después del amanecer». Luego, el ministro remató
con la siguiente conjetura: «Puede
que la economía se estanque y caiga en un estado propio de un país en
desarrollo».
Los
economistas, burócratas y funcionarios
del Gobierno de Tokio que habían predicho la recuperación inminente del
gigante asiático están a punto de reconocer de que confundieron una leve mejoría
de la curva económica, dentro de la tendencia deflacionaria general, con una
recuperación estable de la economía japonesa. Es posible que la segunda economía
del Mundo no haya tocado aún fondo.
Recortes
o reestructuración
A
diferencia de la recesión económica que sobrevivió Japón con motivo de la
crisis del petróleo de 1973, el proceso de «reestructuración» de la
industria que se viene produciendo desde finales de 1997, caracterizado por las
quiebras, despidos masivos, recorte de gastos, alianzas corporativas estratégicas
y fusiones, no cuenta con el apoyo de un proceso paralelo inverso de creación
de riqueza y empleo.
En
1973, al tiempo que Japón reducía su sobredimensionada capacidad de producción
de acero, textiles, productos químicos, papel, cemento, etc., pilares todos de
la modernización de los primeros años de
postguerra, la nueva industria que se basaba más en el conocimiento que
en el capital o la energía, tales como la fabricación de automóviles, la
producción de artículos electrónicos y la industria de semiconductores hacía
su debut, creando riqueza, absorviendo y reciclando el antiguo pellejo
industrial que el dragón oriental se iba quitando dolorosamente.
Por
el contrario, y salvo un puñado de empresas japonesas de primera línea, Japón
no es líder en la actualidad del área económica que ha sido en los últimos
cinco años responsable de un tercio del crecimiento sostenido del Producto
Interior Bruto (PIB) de Estados Unidos. Dicha área es la tecnología de la
información.
Las
exportaciones, piedra de toque
«¿Pero
dónde están las nuevas industrias hoy día?»,
se pregunta el economista estadounidense Richard Katz, autor de «Japan: The
System that Soured» («Japón:
el sistema que se malogró»), y añade: «El segundo factor ausente es el papel
de las exportaciones. Japón no puede depender de las exportaciones para salir
de la crisis. Asia está estancada y la capacidad de absorción de Estados
Unidos es limitada».
El
Gobierno de Tokio, no obstante, confió hasta mediados de julio en la capacidad
de Estados Unidos para comprar sus productos, cerrando los oídos a las quejas
que formulaba Washington sobre la competencia desleal japonesa en la producción
de acero y a su siempre creciente déficit comercial con Japón.
El
principal aliado del gigante asiático tuvo que levantar una vez más la voz.
Advirtió a Tokio el 15 de julio, por medio del secretario norteamericano del
Tesoro, Lawrence Summers, que no continuara devaluando artificialmente el yen
con el fin de incentivar las exportaciones. Summers reiteró que creía que «lo
más importante para Japón es la restauración de un crecimiento impulsado por
la demanda».
El
control que venía realizando el Banco de Japón en el mercado cambiario para
mantener deprimidpo el yen respecto del dólar ha dejado momentáneamente de
surtir efecto a raíz de la creciente confianza en la recuperación de la economía,
la cual podría resultar ser el «amanecer» al que se refería el director de
la EPA, y al cual habría de seguir el «aguacero». El 23 de julio el dólar
cerró a 116 yenes, después de haberse vendido la semana anterior a 122
unidades, arrastrando a la baja al 80% de las empresas exportadoras que cotizan
en la Bolsa de Tokio.
La
economía continúa decreciendo
El
Centro de Investigación Económica de Japón, en un comunicado del 29 de julio,
estima que el PIB real cayó un 0,1% durante el trimestre abril junio, después
de que en el trimestre anterior, de enero a marzo, hubiera experimentado un
crecimiento de 1,9%.
El
motivo de la caída se atribuye a la baja de 1,0% del gasto de obras públicas y
a la contracción del 3,6% de la inversión de capital. Estos son dos de los
factores principales detrás del deterioro de la economía nipona, puesto que
Japón tiene una tasa muy baja de retorno por unidad de capital invertido. En
otras palabras, la economía genera pocos beneficios, los cuales no alcanzan a
capitalizarla por completo, manteniendo alejado al capital extranjero, salvo en
áreas punta como las industrias de la alta tecnología y automotriz. Este fenómeno
se debe a que Japón sufre la peor situación de economía dual de los países
desarrollados. En otras palabras, hay un mar de diferencia entre la
productividad y competitividad de su sector externo e interno. La economía
japonesa es sumamente productiva en el mercado externo, pero muy ineficiente en
el mercado interno.
La
tasa de paro de mayo a junio subió del 4,6% al máximo histórico de 4,9%. Es
un reflejo de que los estímulos fiscales y los presupuestos de obras públicas
no han sido suficientes para contrarrestar los recortes de planilla que son
parte del proceso de reestructuración corporativa de la «vieja» industria, la
cual podría definirse de mejor manera como la mera reducción de la capacidad
productiva del país, mas no corresponde a una conversión industrial.
Planificación
económica
De
ocurrir la ansiada conversión, ésta será producto del plan centralizado de
desarrollo que impulsa el Ministerio de Comercio e Industria Internacional y no
el resultado del impulso de las fuerzas del mercado.
El
Consejo Económico de la Oficina del Primer Ministro de Japón adoptó el 5 de
julio un plan económico de diez años en el cual recomienda dejar atrás el
modelo industrial tradicional de desarrollo y transformar la economía del
gigante asiático en una propia de una sociedad donde primen el conocimiento y
las ideas.
El
Gobierno de Tokio ha evitado a toda costa entregar el control de la economía a
las fuerzas del mercado y de hecho, a diferencia de las reestructuración
ocurrida en Corea del Sur, impidió que el capital extranjero se hiciera con una porción
importante del sistema financiero cuando optó en 1998 por nacionalizar los
bancos en bancarrota en lugar de simplemente venderlos o liquidarlos.
Otra
de las preocupaciones de Tokio, que encierra importantes consecuencias políticas
para los dos partidos en el poder, ha sido acolchar el impacto social que la
puesta en marcha de un proceso reestructurador que no cuenta de momento con un
motor alternativo de desarrollo económico interno, aparte de las inyecciones de
dinero público y el plan futuro de conversión industrial, pudiera tener en la
población japonesa.
Surgen,
pues, dos preguntas clave. Primero, ¿con qué rapidez y eficacia podrán el
Gobierno y la burocracia poner en marcha el plan de conversión? Y, segundo, ¿cuándo
comenzará éste a crear riqueza y empleo?
Hay
economistas tan apocalípticos como Sakaiya que creen que los efectos tardarán
una generación entera en llegar. Otros, más optimistas, insisten en que la
recuperación económica ocurrirá antes de fines de año.
Lo
cierto es que la economía japonesa aún depende, a falta de otro auge
industrial, de las exportaciones de su industria tradicional, y los resultados
hasta la fecha no son nada halagüeños. El
ministro de Finanzas, Kiichi Miyazawa, informó el 15 de julio de que el superávit
por cuenta corriente sufrió en mayo una bajada del 23,7% respecto de igual
fecha en 1998. De otro lado, el superávit comercial disminuyó en un 30% en el
mismo periodo. Las exportaciones cayeron un 12,2% y las importaciones
registraron una bajada de 2,2%. Se cree que la caída se debió al
debilitamiento de las exportaciones a Estados Unidos y Europa, y al crecimiento
de las importaciones desde Asia.
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