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25
de agosto de 1999
Japón:
Entre el capitalismo centralizado y el fascismo económico
La
economía está en manos del Gobierno
OSAKA.- Los bancos Dai-Ichi Kangyo, Fuji e Industrial de Japón
(IBJ)
anunciaron el 20 de agosto que se unirán en un holding que integrará sus
operaciones en el año 2002. El holding será la mayor institución financiera
del mundo, con activos superiores a los 1,26 billones de dólares, con lo cual
«desbanca» al Deustche Bank, hasta hoy el mayor banco mundial.
En
un principio, los medios japoneses (en especial la televisión pública NHK)
intentaron vendernos la idea de que la unión era la respuesta esperada a una
cada vez mayor competencia en la escena financiera internacional, donde las
fusiones y las integraciones son el pan de cada día.
En
España, el editorial del diario El Mundo, en cambio, circunscribía la movida
de pieza de los tres bancos a las condiciones y necesidades internas del sector
financiero japonés. En otras palabras, la competencia internacional no tiene
nada que ver con la alianza de estos bancos, pero sí tiene sentido en el
contexto de una banca aún en problemas que necesita realizar algún ejercicio
de travestismo.
La
alianza ha gatillado, con el beneplácito de las autoridades, especialmente con
la venia de Hakuo Yanagisawa, el director del «independiente» Comité de
Reestructuración Financiera (CRF), la realineación total del sistema bancario.
Ya se anuncian nuevas megafusiones y alianzas para crear otros holdings de
multimillonarios activos. El río está tan revuelto que es casi imposible dar
cuenta de todas las negociaciones secretas que llevan a cabo los bancos
japoneses. Es posible que de los 17 principales bancos, al final del proceso,
queden 4 o 5. Estos colosos financieros ofrecerán una gama de servicios antes
desconocida en Japón: banca individual, corporativa, banca de inversiones bursátiles,
fondos de inversión, etc.
Sin
embargo, el travestismo no conseguirá erradicar de los estados financieros de
los nuevos titanes los astronómicos montos de créditos impagados que tienen
por separado. Tampoco las fusiones o las alianzas dotarán al nuevo todo de
nueva formas y técnicas de hacer negocios. En otras palabras, en vez de tener
medio centenar de bancos en ruinas, Japón tendrá un manojo de megabancos poco
competitivos, con lo cual nada se resuelve.
El
efecto, no obstante, fue espectacular y refrescante, porque prometía una
verdadera reestructuración bancaria. Desafortunadamente, ése no ha sido el
caso. Japón ha tomado una senda propia y ha dado la espalda al mundo.
Fusión
bancaria, fusión industrial
Los
bancos en Japón cumplen la labor de ser la médula, el motor y la red
aglutinante de los grupos industriales, llamados «keiretsu». Estos grupos
industriales, muy competitivos en el frente externo, compiten también en el
mercado interno, dotando a la economía nacional de cierto dinamismo, aunque en
desmedro de la mediana empresa, la cual no cuenta con las líneas de financiación
de estos titanes y más bien actúa como subcontratista.
Con
las alianzas bancarias, lo que está en juego es la realineación de los más
importantes grupos industriales del país, los cuales deberán actuar más
cohesionados que nunca, con la consiguiente pérdida de competitividad interna y
conflicto de intereses. Es muy posible que las filiales o empresas asociadas de
dos grupos disímiles, que compiten entre sí en el mercado interno o externo,
deban quedar bajo el alero bancario y administrativo de un banco y un grupo de
nuevo cuño, respectivamente. Más incierto se vuelve el futuro de la mediana
empresa, que estará sujeta al éxito de las nuevas formas de capitalización.
Una
vez consolidados y haciendo aún frente a los problemas de sus activos
negativos, los bancos van a depender aún más de la política crediticia del
Gobierno, que determinará, con la parsimonia y sabiduría de siempre del
Ministerio de Finanzas, qué sector de la economía requiere de capital y a qué
precio.
Lo
que está a punto de ocurrir en Japón es, virtualmente, la nacionalización de
la banca. Los megabancos, y por ende los grupos industriales, van a depender aún
más de los dictámenes del Gobierno y de su centralizada política
desarrollista, transformando la actual estructura económica japonesa de
capitalismo centralizado en capitalismo de Estado, es decir, en fascismo económico.
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