26 de octubre de 1999

Sayonara, mon ami

El francés de Nissan desata una reacción de despidos en cadena

Algo huele mal en Japón. Todo comenzó con la noticia, la semana pasada, de que Nissan Motors, el gigante automotor, recortaría 20.000 puestos de trabajo y cerraría cuatro plantas. Lo curioso es que el estricto y severo plan de reestructuración de Nissan es completamente inédito en estas tierras de geishas y samuráis. El plan fue diseñado y será puesto en marcha por un francés, Carlos Ghosn, un ejecutivo de Renault (empresa que participa Nissan en un 37%) apodado el asesino de los costes, o le cost killer, en frenchglish.

Un amigo que conoce muy bien la cultura empresarial japonesa me dijo que los japoneses habían contratado a Ghosn para hacer el trabajo sucio que ellos mismos no se atrevían a realizar. Ningún ejecutivo japonés de las grandes firmas puede hablar de reducir demasiado los costes de nada. Por cierto, la tarea de reducir costes es casi imposible, ya que las empresas reciben sugerencias, si no órdenes, del Ministerio de Industria y de Comercio Internacional (MITI) de continuar adquiriendo materiales de proveedores japoneses a un precio más bien fijo. Y los keiretsu se encargan de que las empresas marchen ordenadamente y conserven el derrotero del grupo. 

Los precios son tan altos como el monte Fuji. El precio del acero, cristal, caucho y otros materiales es muchísimo más caro en Japón que en otros países; pero aún este país se las arregla, por arte de magia, para exportar esas mismas materias a precios competitivos en los mercados globales. El espejismo se llama competición desleal o dumping y tiene enemistados a japoneses y a estadounidenses por cerca de una década. Washington ya se cansó de proteger la poco competitiva industria japonesa. Japón, por su parte, cree que siempre podrá enmendar la plana de una economía decadente recurriendo al expediente de exportárselo todo a los amigos americanos.  

Por lo tanto, el francés de Nissan habrá de hacer un truco de prestigiditación, un escamoteo nunca antes visto en Japón, o la puesta en escena de una nueva obra de kabuki, si quiere rebajar los costes de adquisión de materias primas un 20%, como prometió que lo haría en una entrevista que concedió a la CNN.

Lo que parece cierto es que una reacción en cadena más peligrosa que la que se desató en la panadería atómica de JCO, la planta de procesamiento de combustible nuclear situada en Tokaimura, se está produciendo en estos precisos instantes en el país del Sol Naciente.

El 25 de octubre, reaccionó la explosiva y radiactiva mezcla: Nippon Telegraph and Telephone (NTT) comunicó que recortaría su plantilla en 20.000 empleados. En la actualidad tiene cerca de 250.000 empleados (un número equivalente a la población de la capital de Nueva Zelanda). El 26 de octubre, otro eslabón de la cadena vio la luz con un fogonazo de luz azul: Mitsubishi Motors (competidor de Nissan), anunció que despediría a 10.000 trabajadores. 

Los despidos no son inmediatos, no. Se harán paulatinamente. Estas empresas pondrán a sus empleados en los escritorios que dan con las ventanas de la oficina (sutil manera de decirle a un japonés que se prescinde de sus servicios), se les ofrecerán retiros anticipados a los mayores de 50 años y se tapiarán las puertas de entrada a la savia nueva. Los graduados de las universidades que quieran entrar a trabajar en Nissan, Mitsubishi o NTT deberán tomarse, cual guerrilleros emerretistas, las empresas, si es que quieren acceder a un puesto de trabajo.

Para comprobar que este país es enigmáticamente uno solo y que la distinción entre lo que es privado y público es difícil de hacer, el primer ministro Keizo Obuchi acaba de salir en defensa de los trabajadores de Nissan para aconsejar que los despidos no se hagan al ritmo de la Marsellesa ni al pie de una guillotina. Si por él fuera, ya habría organizado un cartel sindical que regularía la salida programada de esos trabajadores. Una forma de decir que no se vayan nunca. 

El lector dirá que soy un gusano neoliberal y que me refocilo cada vez que las empresas mejoran su competitividad a costa de recortar plantillas o salarios. No, no lo soy. Lo que ocurre es que la sobreprotección en este país está aniquilando la creación de nuevas industrias, el vivero del mañana, y con ello se firma el acta de defunción de la economía.

Pues ése es el mayor problema que afecta a Japón. Nunca termina de deshacerse de industrias o sectores industriales poco competitivos. Mantenerlos en pie significa que el Gobierno o la burocracia (que son casi lo mismo) deben proteger los precios erigiendo secretas barreras a las importaciones y organizando carteles para que los grupos industriales no se escapen del rebaño y decidan hacer lo que hará el francés de Nissan: recortar costes. De modo que en esa red de protección y seguridad permanecen cautivos trabajadores, capital, y nuevas ideas. Baste con recordar que desde hace una década el valor promedio de las acciones de las empresas japonesas viene cayendo en picado.

Desafortunadamente, la reacción en cadena no será tan breve como la de Tokaimura. Aún quedan muchas empresas que reestructurar. Muy pronto el índice de desempleo se situará en el 5,2%, según la previsión del propio Gobierno.