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El problema japonés:Los orígenes políticos de la cultura japonesaKarel van WolferenLA POLÍTICA JAPONESA es aún retratada, principalmente (de modo bastante entusiasta por los portavoces oficiales japoneses), como si obedeciera a los dictados de la cultura. Los autores japoneses que escogen una posición no marxista casi siempre asumen que su mundo nativo es un producto de las predilecciones, que como un todo, tenían las pasadas generaciones. La mayor parte de lo que se escribe sobre la política e historia japonesas no da muestras de que haya habido detentadores del poder con los medios para organizar la vida de aquellos a quienes controlaban, en cada una de sus etapas. El esfuerzo reciente y bastante importante, realizado por tres prominentes expertos, para llegar a una perspectiva nueva, global, de la vida sociopolítica japonesa es un intento elaborado por reducir todo a factores culturales, como si el poder nunca se hubiera ejercido en Japón. (1). Tal reduccionismo es toda vez más notable ya que, si existe una nación cuya idiosincrasia cultural y social predominante puede remontarse hasta las decisiones políticas que pueden observarse, aisladas de otras influencias, ésa es Japón. Si tuviera que explicar las características esenciales de Holanda, donde me crié, podría remontarme a determinantes políticas en el desarrollo de su vida económica, religiosa y social, en general, pero no adoptaría necesariamente un énfasis político. Holanda comparte la herencia europea del pensamiento griego y hebreo, el derecho romano y la poderosa fuerza del cristianismo, así como Japón comparte la herencia asiática continental del confucianismo, el budismo y el taoísmo. Pero los patricios holandeses no tenían una posición que les permitiera escoger lo que les acomodaba de entre los principios cristianos y las ideas romanas de jurisprudencia para incorporarlos en la cultura holandesa, a medida que les conviniera. Tampoco los monarcas absolutos de Europa tuvieron a menudo el poder para controlar de manera efectiva sus fronteras contra la penetración de las ideas que no les apetecían. Cualquier país europeo ofrece un completo revoltijo de pistas posibles a las causas originales de cualquier cosa que uno quisiera explicar. Lo mismo puede decirse de la India, por poner otro ejemplo. ¿Y hacia dónde debemos mirar para detectar los principios de lo más esencial de la cultura china? ¿Al estado, o a la filosofía que lo justificaba? Tales preguntas del tipo "el huevo o la gallina" son menos aplicables en Japón. Al remontarse en la historia, está claro que los arreglos políticos han sido un factor preponderante en determinar la cultura japonesa. El relativo aislamiento de Japón significó que la elite, en sus esfuerzos por retener el poder, podía controlar fácilmente la entrada y el impacto de la cultura extranjera. Los detentadores del poder podían también tomar y escoger, de entre lo que el resto del mundo podía ofrecerles, aquellas técnicas y atributos mejor calculados para consolidar sus propias posiciones. Este control, relativamente amplio, sobre la cultura significó un control casi absoluto sobre el pensamiento potencialmente subversivo. El control político de la culturaSe concuerda, generalmente, con que las ideas y métodos chinos han ayudado a dar forma a la cultura oficial japonesa en mayor medida que cualquier otra influencia. Aparte del gran legado del sistema de escritura y de los estilos y técnicas de producción artísticos, estas importaciones culturales sirvieron principalmente a propósitos políticos. En el siglo VI los gobernantes de Japón adoptaron el budismo, explicando que lo hacían por razones políticas. La introducción, poco tiempo después, del modelo chino de administración estatal también fue obviamente una maniobra política. Los canales diplomáticos con China fueron posteriormente cerrados, y se mantuvieron cerrados a discreción de generaciones de gobernantes japoneses hasta el año 1401, cuando el shogún Ashikaga Yoshimitsu estableció relaciones comerciales con la corte Ming. A pesar de las grandes ganancias y el lujo que le significó a Yoshimitsu, sus sucesores pusieron de nuevo una barrera al tráfico chino. Durante los períodos cuando la corte y el shogún no mantuvieron relaciones oficiales con China, las provincias de más al sur continuaron comerciando y alguna influencia cultural debió continuar filtrándose, pero parece que no tuvo un efecto duradero en la cultura japonesa de la elite. A partir de la mitad del siglo XVI se les permitió a los portugueses traer armas de fuego, medicina, astronomía, relojes, y lo más importante, su religión. Pero esta hospitalidad fue revocada no mucho después del cambio de siglo, cuando el shogún comenzó a temer que constituyeran una quinta columna, comprendiendo la amenaza potencial planteada por un Señor más allá de las nubes hacia quien sus subalternos podían redirigir su sentido de lealtad. El resultado de esta percepción fue una política de aislamiento casi hermético, que se mantuvo en efecto hasta mediados del siglo XIX. El nuevo grupo de gobernantes que entraron con la Restoración Meiji de 1868, promovió la importación de prácticamente cualquier cosa que sus misiones oficiales en los EEUU y Europa consideraran útil para el nuevo Japón. Cuando esto, inevitablemente, decantó en la divulgación de ideas subversivas, las suprimieron y comenzaron a propagar una "antigua" tradición, que ellos mismos habían fabricado a partir de trozos de antigua ideología política, glorificando al emperador como la cabeza de la familia estatal japonesa. Hasta 1945 los detentadores japoneses del poder tenían una fuerza policial especial cuya tarea era la de eliminar "pensamientos peligrosos". Media docena de oficiales de aquella fuerza policial se convirtieron en ministros de educación, justicia, trabajo, interior y bienestar después de la guerra. (2). El carácter esencial del nacionalismo japonés de los ochenta está aún determinado por las nociones incorporadas en la mitología fabricada por la oligarquía de la Era Meiji. Hace catorce siglos los detentadores del poder japoneses podían escudriñar lo que China tenía que ofrecer y limitar tales influencias culturales externas casi en su totalidad a instituciones y creencias que les acomodaran. De nuevo tuvieron un extraordinario éxito con las influencias occidentales en la segunda mitad del siglo XIX. Entre medio, después de siglos de conflictos civiles, los detentadores del poder suprimieron aquellas sectas budistas nativas que amenazaban con inyectar la competición religiosa en el terreno de la política, y estimularon o detuvieron, selectivamente, varias tendencias sociales, económicas y culturales, dependiendo de su importancia para la permanencia en el poder. Los detentadores del poder incluso podían echar marcha atrás el desarrollo tecnológico, como cuando prohiben y olvidan las armas introducidas por los portugueses. Preferían no correr el riesgo de que sus plebeyos adquirieran la habilidad de levantarse en su contra; disparar un mosquete o un rifle es bastante más sencillo que el arte de la espada, y a los espadachines oponentes se les puede mantener a raya fuera de los muros de los castillos con mayor facilidad que a los que portan armas de fuego. Como hemos visto, ningún alzamiento intelectual contra el poder de la elite política era posible, ya que nunca se permitió que la noción de una verdad universal o trascendental se fijara por sí misma en el pensamiento japonés. Los detentadores del poder podían controlar incluso eso; de hecho, ninguna ley restringió su poder. Por lo tanto, se puede decir sin exageración, que los arreglos políticos han sido cruciales en determinar el límite de la vida religiosa y el pensamiento japoneses. Un estudioso de la historia política comparada ha señalado que mientras que en la Europa del siglo XIX podía distinguirse una "movilización intelectual" -con la participación de abogados, filósofos, masones, escritores y periodistas- de la acción política y social, en Japón, no podía hacerse tal distinción. Los daimyo (señores feudales) y samurai que siguieron "estudios holandeses" estaban igualmente involucrados en la actividad intelectual , pero "se diferencian de los 'intelectuales' de la europa del siglo XIX por el propósito extraordinariamente único por el que perseguían esos estudios". Siempre que Japón es considerado, primordialmente, en términos sociales y culturales, uno siempre tropieza con una pregunta básica: ¿cuál es el origen de las grandes diferencias entre los hábitos y las instituciones japonesas y las de otras gentes? Parte de la respuesta se encuentra en el aislamiento histórico de Japón. Pero es la aproximación política la que puede responder a la pregunta de manera más satisfactoria, ya que hace posible reconocer las poderosas fuerzas detrás de lo que modela a la sociedad japonesa. No tenemos dificultades en aceptar que la sociedad soviética, setenta años después de la Revolución Bolchevique, ha adquirido características que no habría tenido si hubiera conocido la libertad, si hubiera escatimado la opresión en manos de una clase gobernante "nomenklatura" y si no hubiera implantado en la gente el ímpetu de mentir en provecho personal. Comparativamente, Japón constituye una sociedad, totalmente diferente, más libre y placentera. Pero el Sistema japonés ha sido hasta el momento tan inescapable como el sistema político de la Unión Soviética, y tiene fundaciones más profundas. NOTAS: (1) Murakami Yasusuke, Kumon Shumpei y Sato Seizaburo, Bunmei to shite no ie-sakai [La sociedad como un patrón de civilización], Chuo Koronsha, 1979; ver también Murakami Yasusuke, "La sociedad como un patrón de civilización", Journal of Japanese Studies, verano de 1984, págs. 281-363. (2) Acerca de las carreras en el ámbito del control social de estos y muchos otros burócratas, leer el capítulo 14 del libro abajo señalado. Traducción libre del libro The
Enigma of Japanese Power,
escrito por Karel van Wolferen, |
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