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6
de julio de 1999
El
primer «espía» chino fue también el resultado de un desafortunado
error de Washington
Washington
deportó en 1955 a un supuesto espía de origen chino que se convirtió
posteriormente en padre del programa de proyectiles nucleares de Beijing
TOKIO.- La industria china de misiles nucleares le debe mucho, por
no decir todo, a Estados Unidos. El primer «espía»
chino fue creado en Washington a raíz de un desafortunado percance que le
ocurrió a uno de sus científicos más sobresalientes, el doctor Tsien
Hsue-shen (Qian Xuesen), mejor conocido como el «padre
de la cohetería china».
Tsien,
nacido en China en 1911, en el seno de una próspera familia de aristócratas,
cuyos ancestros se remontan al emperador Quian Liu, y mercaderes de la seda,
llegó a los Estados Unidos en 1935 como becario del prestigioso Instituto
Tecnológico de Massachusetts (MIT) y del Instituto Tecnológico de California
(Cal Tech), situado en Pasadena, donde concluyó sus estudios en Aerodinámica
bajo la dirección del mítico profesor húngaro, Theodore Von Karmán.
Posteriormente, ocuparía la cátedra Robert Goddard de dicho establecimiento.
Durante
la II Guerra Mundial, Tsien trabajó para el Gobierno norteamericano en
distintos proyectos destinados a adquirir las entonces más avanzadas técnicas
alemanas de fabricación de cohetes. Parte de la labor de Tsien consistió en
entrevistar científicos alemanes capturados por el Ejército estadounidense,
con el fin de obtener sus secretos militares.
En
1945, las Fuerzas Armadas estadounidenses, satisfechas con el trabajo realizado
por Tsien en el Laboratorio de Propulsión Aeronáutica, del cual lo consideran
uno de sus fundadores, lo emplearon en diversos proyectos clasificados como
sumamente secretos.
Más
tarde, en 1949, tras la derrota de los nacionalistas chinos a manos de los
comunistas de Mao Zedong, Tsien decide dejar atrás para siempre la memoria de
su patria y solicita la nacionalidad norteamericana. Sin embargo, con el
estallido de la guerra de Corea, en 1950, y debido al polarizador ambiente de la
Guerra Fría, Tsien fue puesto bajo detención domiciliar, acusado de estar
afiliado al Partido Comunista y de trabajar como espía para el Gobierno de
Beijing.
Era
el tiempo de la caza de brujas impulsada por el senador MacCarthy, que cristalizó
en la Comisión
Investigadora de Actividades Antiamericanas, organismo senatorial que se dedicó
a investigar la “amenaza roja” y a sembrar la incertidumbre ciudadana.
Tsien
fue juzgado y hallado culpable de los cargos que se le imputaban, en 1950. No
obstante, nunca se pudo probar su militancia en el comunismo ni hubo evidencia
alguna de su presunta labor de espionaje. El genio de la física y la aeronáutica
fue mantenido bajo arresto domiciliario por cinco años.
En
1955, Tsien fue deportado y devuelto en barco a la China de Mao Zedong, de la
cual había renegado y a la cual se había prometido jamás volver. Al momento
de zarpar, juró que nunca volvería a pisar suelo estadounidense.
De
vuelta en su patria, Tsien escaló posiciones en la Academia de Defensa
Nacional, agencia militar que dirigió la fabricación de los primeros misiles
nucleares, hasta ocupar el puesto de director. Asimismo, colaboró en el
desarrollo del primer satélite chino.
Tsien
fue el científico clave en el desarrollo de la serie de misiles balísticos
Dong Feng «East Wind», cuyas versiones actuales, en opinión del Congreso
estadounidense, están siendo mejoradas con tecnología robada de laboratorios
norteamericanos. El físico fue también el cerebro detrás de la fabricación
de los misiles Silkworn (Gusano de seda), y el principal responsable del
lanzamiento exitoso del primer misil armado con una cabeza nuclear, en 1966.
Los
analistas militares creen que sin la inesperada ayuda de Tsien, China estaría
hoy a una distancia de veinte años de Estados Unidos en materia de balística
nuclear. La escritora chino-estadounidense Iris Chang, autora de la biografía
de Tsien, «El rastro del gusano de seda», intentó entrevistarlo en Beijing,
hace cinco años, pero el científico rehusó hablar de su vida, dispuesto a
llevarse sus secretos a la tumba.
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