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El desafío de las migracionesEn los medios de comunicación masivos se menciona con mucha frecuencia el tema de las migraciones, una de las características de la vida de las personas a lo largo de todos los tiempos. Sin embargo, el grueso de las informaciones que se incluyen en diarios, revistas y otros medios de información son, en la mayoría de los casos, de carácter sociológico: flujos migratorios, estadísticas de trabajo y desocupación de la población migrante, siempre desde una óptica masiva y con preocupaciones estadísticas. Esto me parece muy acertado, sin duda, pero también me parece incompleto. Allí falta la dimensión psicológica: ¿Qué les sucede a las personas que emigran? La perspectiva psicológica se refiere a qué sienten las personas ante un hecho tan importante como cambiar de región o de país, por las razones que sean. Esta columna se dedicará a explorar la dimensión psicológica de la emigración. Con especial mención, evidentemente, al caso que más nos preocupa e interesa: el de la migración de latinoamericanos a Japón. En esta primera columna, mi preocupación se centrará en plantear de forma sencilla algunos problemas generales, ya que el tema de la migración es tan vasto como el Mundo y muchas veces objeto de confusión. En las siguientes, los comentarios estarán focalizados en la situación de los dekasegi latinoamericanos en Japón y, especialmente, en las situaciones y problemas que se plantean a las mujeres latinas que vinieron a este país, a menudo acompañando a su marido, que viaja por estrictas razones de trabajo. Podemos entender por migración la movilidad geográfica de las personas que se desplazan de un lugar a otro, con el fin de desarrollar en este nuevo emplazamiento las actividades de la vida cotidiana. Estas migraciones pueden darse dentro de un mismo territorio. En muchos países, incluido Japón, algunos campesinos se mudan a las grandes ciudades donde hay más oportunidades de trabajo. También pueden ser desplazamientos a otros países; a menudo vecinos (paraguayos a Brasil, mexicanos a Estados Unidos); aunque también los desplazamientos puedan ser a lugares sumamente lejanos, como indios o pakistaníes a Inglaterra o el caso de los latinoamericanos, que por diversos motivos, emigraron a países de Europa, América y, desde hace algunos años, a Japón. Además, estos desplazamientos pueden ser por períodos breves o una gran cantidad de años. Si pensamos en una emigración motivada, por ejemplo, por razones profesionales, el tiempo de estancia de esta persona será definido previamente. No así una emigración por razones económicas donde seguramente el inmigrante no sabe cuántos años le llevará ganar algo que valga la pena para retornar a su país. Estas dos formas, ¿en qué se diferencian? El profesional no vive la incertidumbre de cuántos años va a pasar fuera de su país. Si su estancia en el país de adopción se prolonga, seguramente tiene que ver con razones personales (sentirse a gusto en el lugar, las personas, la cultura o su propio interés profesional); en el caso del inmigrante económico, éste necesitará seguramente algunos años para cumplir con su plan (independientemente de cómo se sienta animicamente) y donde la perspectiva de retorno a su país, si no se han cumplido las expectativas económicas, se sentiría como un fracaso. Como podrá verse, estas dos experiencias de emigración son muy diferentes. Pero tienen un punto en común: la libre elección del cambio de país. Son, pues, emigraciones voluntarias. Casos muy distintos son el de las migraciones forzadas, como las políticas o religiosas (e incluso algunas migraciones económicas) donde no hay posibilidad de retorno, o la posibilidad de volver al país de orígen es prácticamente imposible. Como ya voy sugiriendo, las características de las migraciones son de muy diferente tenor y cada uno de estos factores influirá psicológicamente en la persona que migra. Pero, al mismo tiempo (y a pesar de las características de cada caso), se podrá decir que existen algunos elementos comunes en las reacciones emocionales de los sujetos que emigran. Y esto ¿por qué? Básicamente porque todas las personas que emigran sufren la pérdida de los objetos familiares, de las referencias afectivas habituales, del lenguaje propio, del código conocido, etcétera. Esta separación de los referentes personales produce, en mayor o menor medida un estado de crisis en la persona. En el primer momento la persona puede sentirse abrumada o puede vivir con verdadero pánico las exigencias con las que se tiene que enfrentar en el nuevo país, la soledad, el desconocimiento del idioma, las dificultades laborales. Es precisamente por esto que influye tanto la reacción de la comunidad local frente a la llegada de inmigrantes. El estado anímico del recién llegado llegado (algunos autores lo comparan con la llegada del recién nacido) es notablemente sensible. La necesidad de sentirse bien acogido es tan importante que la demostración de afecto o interés de cualquier persona o cualquier gestión que se resuelva favorablemente lo hace sentirse querido. Por el contrario, la dificultades lo hacen sentirse rechazado de su nuevo hogar. Toda esta situación de estrés que le toca vivir al inmigrante, lo lleva a un estado de desorganización psicológica que necesita no solamente una reorganización posterior, sino que ésta se realice en un período más o menos breve. Esto unas veces se logra y otras no. Algunas personas, incapaces de superar tales exigencias o por temor al fracaso, deciden en esta etapa el retorno precipitado si su situación aún lo permite. Pero, ¿de qué depende que unas personas puedan salir adelante, transformando la experiencia migratoria en algo positivo, y, por el contrario, otros no lo consiguen? El resultado obtenido dependerá de las característica globales que haya tenido la migración y de la capacidad potencial de cada persona que lo experimente. Es difícil, por ejemplo, que una persona excesivamente arraigada a su lugar de origen pueda lograr una emigración fácil. Generalmente este tipo de personas se muestra muy resistente a cualquier posibilidad de cambio. Intentarán por todos los medios reproducir lo más posible las características de su lugar de orígen, se rodearán exclusivamente de personas de su nacionalidad, tratarán de mantener una dieta alimentaria lo más parecida posible a lo que comía en su lugar de origen, se resistirán a conocer la lengua y costumbres del nuevo país. La persona puede sentir que incorporar cosas de la nueva sociedad hará peligrar su propia identidad. Estas son las personas que terminan víctimas de la nostalgia. La sensación de desarraigo es tan grande que no pueden, aunque lo deseen, despegar de los lazos afectivos de su país de orígen. Tenemos otro tipo de personas que son la otra cara de la moneda. Sufren una verdadera mutación buscando una rápida integración. Aprenden rápidamente la lengua, huyen de las relaciones con sus compatriotas y subestiman su país de origen, destacando todas las cualidades del país de adopción. ¿Viven estas personas una inmigración más fácil? Seguramente sí. Pero, ¿es positivo para el desarrollo de la persona? Puedo decir con seguridad que no. Es importante en el proceso migratorio que las personas
paulatinamente sean capaces de superar el temor al cambio y que logren
incorporar los elementos que le brinda la nueva sociedad. Pero, por otro lado,
toda persona que migra es alguien con una historia que no puede ser borrada por
la experiencia migratoria. El contacto con música, comidas, encuentros
con compatriotas, es decir, la búsqueda de compartir la experiencia de migrante
con sus pares le permitirá mantener el sentimiento de su propia identidad. Es
precisamente la integración de los elementos de la cultura nativa con la nueva
cultura lo que facilitará a la persona la adaptación al nuevo lugar,
indispensable para que su experiencia migratoria sea gratificante. |
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