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Por medio de campañas comunicativas y la aplicación rigurosa de la legislación:La policía japonesa se esfuerza por frenar la prostitución infantilLA POLICÍA provincial de Osaka viene publicando desde hace un par de semanas un llamativo cartel en cada vagón de metro de la ciudad. La pieza reproduce una fotografía en blanco y negro de una inusual pareja, vista de espaldas, compuesta por un hombre de traje, símbolo del oficinista japonés, y una joven vestida de uniforme marinero, identidad inconfundible de las estudiantes de secundaria. Al pie del anuncio se lee en grandes caracteres: Las enjo kosai (citas de ayuda económica) son prostitución. Más abajo, el afiche reza que cualquiera de las partes involucradas, adultos o menores, deberán rendir cuentas ante la Justicia por violar las leyes vigentes contra el comercio sexual. Las penas comprenden presidio menor y multas que no sobrepasan los 10.000 yenes (12.000 pesetas).
Cartel de la campaña que la provincia de Osaka ha lanzado para erradicar la prostitución infantil. © A.E. El anuncio, que ha tomado por sorpresa a millones de pasajeros del metro, coincide con los esfuerzos policiales por detener el crecimiento del comercio sexual infantil. La policía de Osaka, hace una semana, levantó cargos contra tres adolescentes bajo sospecha de haber violado la ley que prohibe la prostitución. Las jóvenes son acusadas de haber solicitado clientes a través de uno de los muchos clubes de conversación telefónica que se utilizan en Japón para buscar parejas sexuales. Aparte de los burdeles que existen desde tiempos inmemoriales en el país, con la bonanza material de la burbuja económica de los 80, las redes de prostitución se han diversificado y han comenzado a utilizar tecnología de punta. Se han abierto miles de clubes de conversación erótica y servicios de búsqueda de compañeros sexuales que aprovechan complejas centralitas telefónicas automáticas. La teleprostitución, concertada por telefonía móvil, es tan común como los usuarios: uno de cada cinco japoneses lleva un portátil. Un filón valiososo del mercado sexual lo constituyen las adolescentes que cursan la secundaria o el bachillerato, entre los 15 y 18 años. A temprana edad, las muchachas japonesas se hacen con buscapersonas y móviles que la fiera competencia comercial pone en sus manos a precios razonables y que el elevado poder adquisitivo de la sociedad puede solventar. Las jóvenes llaman a los servicios de búsqueda, operados por proxenetas de la mafia japonesa, a través de los que se contactan con hombres mayores, quienes alquilan un cubículo telefónico en el mismo club o pagan la conexión desde un lugar más remoto. Conciertan una cita en una cafetería o les dejan un número de buscapersonas para recibir los mensajes del patrón. De esa manera, las muchachas pueden controlar las llamadas y pasar inadvertidas en casa. Las citas no siempre terminan en relaciones sexuales, pero las adolescentes reciben por sesión entre 20 y 40 mil yenes (23 y 46 mil pesetas), dinero que destinan, por lo general, a la compra de ropa, accesorios de marca o cosméticos. Muchos de estos productos sólo pueden usarlos fuera de casa para no despertar sospechas familiares. Una encuesta reciente del Gobierno Metropolitano de Tokio, efectuada a más de 1.300 estudiantes de secundaria y bachillerato de 110 establecimientos educacionales, reveló que un 25% de los estudiantes había utilizado, por lo menos en una oportunidad, un servicio telefónico de concertación de citas. De las 527 adolescentes que respondieron, el 14% señaló que había hecho más de 21 llamadas. En otra consulta, destinada a conocer el arraigo social del fenómeno, 24 de las 840 estudiantes encuestadas señaló haber concertado, al menos una vez, una cita con un varón adulto. La policía de Tokio y Osaka ha investigado meticulosamente los servicios de búsqueda de compañeros sexuales que emplean adolescentes para atraer a sus clientes. Al menos dos profesores de secundaria y bachillerato han caído en las redes policiales y han sido acusados de proxenetismo. Tampoco faltan las estudiantes que, ante el ostensible husmeo oficial, prefieren obtener "padrinos" de manera directa. Para ello, dejan copias de fotos tamaño pasaporte con el número de su buscapersonas en diarios murales, postes callejeros o en cualquier sitio público donde los oficinistas puedan verlas. Las opiniones de los jóvenes están divididas. Hay quienes rechazan el criterio policial y justifican las relaciones de patronazgo, según se desprende de una docena de entrevistas realizadas en un barrio juvenil de Osaka. Muchos adolescentes consideran que las enjo kosai deberían estar permitidas. "No son tan graves como la prostitución", señala una estudiante de bachillerato de 18 años. Un estudiante de 15 o 16 años añade: "No conozco a nadie que las sostenga, pero no me parece que estén mal". Otras, las consideran una "práctica estúpida de chicas tontas", pero ellas tampoco están a salvo: "Un 'tio' que parecía un oficinista se me acerco en la calle y me ofreció mantenerlas", dice una retractora de apenas 17 años. "Me ofreció dinero y una cita", recalca. Tres universitarias de primer año están a favor. Una afirma que son buenas, porque les dejan dinero: "Conozco a cuatro o cinco amigas que las mantienen", dice con seguridad, como si hablara por experiencia propia, "en cada cita los tíos dejan 20 o 30 mil yenes". Los comentarios juveniles hablan por sí solos de lo que padres y educadores concuerdan en reconocer como un indicador inequívoco de la decadencia moral y el exacerbado consumismo de la sociedad japonesa. Osaka, 11 de abril de 1997
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